
La obra se incorpora a la rica producción teatral que influenció la ucraniana Clarice Lispector entre las dramaturgas porteñas y explora el subterráneo mundo de los afectos con el cuerpo y la palabra, el canto y la danza, el drama y el humor.
Por María Daniela Yaccar
Fotografía gentileza de Cariño
Buenos Aires, 1 de noviembre (Agencia NAN-2011).- “Si recibo un regalo hecho con cariño por una persona que no quiero… ¿cómo se llama lo que siento?” La pregunta podría haberla hecho un niño, pero es una de las tantas que pueblan la literatura de Clarice Lispector, caracterizada por su hermosa inocencia, la interacción con los límites del lenguaje y la búsqueda de la palabra que se escapa. La directora Mayra Bonard toma como lema aquella frase, escrita por la ucraniana para una crónica del Journal de Brasil, y la hace propia en Cariño, una estrafalaria y posmoderna pieza en la que convergen la actuación, la danza y el canto, que puede verse todos los sábados a las 21 en El extranjero, Valentín Gómez 337.
Cariño es el síntoma de un fanatismo, el que Lispector desata en las mujeres de entre 20 y 30 años desde que Adriana Hidalgo recopiló sus crónicas y comenzó a venderlas a un precio accesible (sus cuentos publicados por la española editorial Siruela, es vox populi, son inaccesibles para los bolsillos no abultados… ¡cuestan arriba de 200 pé!). Ahora, ¿qué tiene que ver esta mujer que falleció en 1977 con la Argentina de 2011? Tal vez sea que las situaciones que plantea Clarice abren el juego a un mundo de sensaciones –como las que desatan toparse con una rata en la calle y desear rotundamente un libro– más que a hechos que configuran una historia. Y no es difícil para una mujer de hoy quedar enroscada en ese universo –a la vez simple, complejo y angustiante– que se pregunta por el sentido de la vida.
Además, la tipa es una artista que escribe con una máquina de escribir en la falda. Claro, cualquier artista quedaría embobada con ese romanticismo y esas fotografías en las que se la ve tan enigmática. Por eso, el aluvión de obras de teatro inspiradas en ella. De todas, ésta es la más extraña porque propone una traducción del modo (muy singular, por cierto) en que Clarice escribe al lenguaje teatral. Las de Bonard –una de las creadoras de El Descueve– son las (no) reglas del fluir de la conciencia, es ésa su poiesis: hacer lo que pinte, guiarse por la intuición, respetar la frescura que brota del sentir y que el pensar pase a segundo plano.
Lo que más impresiona de Cariño es el talento de sus tres actores, que bailan, cantan y actúan como los dioses. Ellos son Victoria Carambat, Federico Fernández Wagner e Ignacio Monna. Arriba del escenario: tres jóvenes dando sus primeros pasos en el mundo adulto y Clarice se filtra a través de sus crónicas, la inicial es una de sus más famosas: narra cómo a una niña le matan a su gallina, su mascota. La dialéctica es la de David Bowie: el marco es cándido, luminoso; la escenografía consiste solamente en el pasto sintético que forra el escenario. Pero subterráneamente muchas cosas oscuras pueden suceder (después de todo, es una obra que explora las “emociones desnudas”, en palabras de su creadora). Esa ambigüedad arroja una pieza violenta, ajetreada, vertiginosa, con momentos de humor; pero también muy compleja. Si en la poiesis Bonard supo adaptar a Clarice, no puede decirse lo mismo sobre el resultado. Porque la obra requiere de mucha más atención que lo que requiere un libro de Clarice, que puede ser disfrutado incluso a las 3 de la mañana después de haber trabajado mucho.
En lo que a la obra se refiere, Clarice ofrece desde sus libros el sustento perfecto: las relaciones humanas. La fotografía, el rock, la electrónica, la danza clásica, la canción, el teatro y la palabra no son más que herramientas puestas al servicio de una exploración de las relaciones, las emociones, sus límites; lo primario y las reglas, la civilización y la barbarie, las contradicciones del ser humano. Sobre las tablas vemos a estos tres personajes relacionarse de todos los modos posibles. La masculinidad y la feminidad, la sexualidad y la sensualidad son cuestionadas, preguntadas y repreguntadas a través de los cuerpos de una mujer fuerte y grandota y dos hombres que son alfileres.
“Me baso mucho en las percepciones sobre las relaciones y las cosas no dichas. En el silencio. Y en la impresión que me queda en el cuerpo”, le dijo Bonard a esta cronista el año pasado, cuando la obra estrenó en el Rojas. No es casual que la directora y dramaturga haya elegido la frase que abre esta nota como lema para su obra. Porque Cariño es, ni más ni menos, una reflexión sobre la palabra que lleva por título. Y como la palabra a veces no alcanza, Bonard va al cuerpo, y como el cuerpo a veces no alcanza, va a la palabra. Los vacíos son inevitables, pero lo cierto es que la obra incorpora otros elementos a la pregunta sin respuesta de Clarice, en la Argentina de 2011.