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Discos: “Le Disc de Astrou” (Astro, 2011).-

El brillante cuarteto aporta una pieza notable a la tradición psicodélica trasandina, inaugurada con Aguaturbia 41 años atrás, hecha de orgullo generacional, recurso al surrealismo y confusión como dispositivo de perversión de la realidad.

Por Luis Paz

Buenos Aires, septiembre 19 (Agencia NAN-2011).- Hace 41 años y seis meses, la publicación del primer disco de Aguaturbia inauguró la tradición de música psicodélica moderna en Chile. Duró poco: hace 40 años y diez meses, el guitarrista Carlos Corales; su compañera, la cantante Denise, el bajista Ricardo Briones y el baterista Willy Cavada debieron exiliarse por las amenazas y el rechazo que los grupos conservadores manifestaban atacando sus shows y persiguiéndolos en Santiago de Chile con insultos y golpes listos para impactar. Entre 1973 y 1990, Chile fue regido por el ilegítimo gobierno de Augusto Pinochet, y los tibios esbozos de una posible psicodelia, que creció de la mano de bandas como Los Juglares, Destruction Mac’s, Congreso o Arena Movediza y artistas como Jhuliano, Almandina o Leslie Murray, sucumbieron por la persecución, las desapariciones o el exilio. Dos décadas después del final del mandato de Pinochet, acaba de aparecer otra pieza notable para la tradición psicodélica trasandina, ahora que el brillante cuarteto Astro acaba de publicar Le Disc de Astrou en toda la región.

No resulta demasiado curioso el hecho de que buena parte de la base musical de Astro (Andrés Nusser, Octavio Cavieres, Nicolás Arancibia y Daniel Varas) esté construida sobre sonidos y en base a instrumentos que poco tienen que ver con la cultura chilena. Por un lado, porque la propia cultura oficial de su país en cuanto a la música pop fue básicamente importada. Por el otro, porque los tratados de libre comercio que también determinan la vida social de ese país y ofrecen un marco fantasmático de “calidad de vida” para sus ciudadanos, sumados a las malas gestiones sucesivas en cuanto a cuestiones como el folclore, las comunidades originarias y el entramado cultural, han dejado a los jóvenes chilenos más cerca del animé, de las Mac, de los iPod y de los sintetizadores a bajo precio que del charango chileno o la trutuca. En ese marco, y si bien las cuerdas de nylon y los instrumentos percusivos locales tienen su parte en las muy buenas canciones del grupo, lo de Astro va más por el lado del pop psicodélico o el dream pop con sintetizadores á la MGMT, Animal Collective o The Radio Dept.

Lo que sí es notable es cómo, no obstante, los Astro se valen de los mismos elementos que Aguaturbia, Los Juglares o Arena Movediza: un orgullo generacional mediante el que el pulso de su juventud pasa al frente, un recurso al surrealismo como método de confusión y a la confusión como dispositivo de perversión de la realidad; y una poética que completa su condición mágica con el ingreso de “las plantas del poder” a su lírica. “Mono astral, mono maya; mango, guayaba del trópico; ascenso mítico, dioses; ritual, ofrenda frutal”, enumeran en la brillante “Mono tropical”, que cierra con el soberbio verso “no son electrónicos, no usan pilas”. Aunque quizá uno de los elementos más prácticos de su relato psicodélico tenga que ver con lo que suena en “Ea Dem!”, donde sus livianos arreglos apelan durante sus tres minutos y cuarenta segundos a la teoría matriz del arte psicodélico: la capacidad de deconstrucción de los mecanismos del ego reflexivo, y a partir de esa abstracción, la habilidad de “gotear” como participante del Universo en una cascada de energía de deshielo en camino al mar eterno.

Una de las más bellas canciones de este breve disco, que siendo su primero oficial trae pocas canciones (siete) en poquísimos minutos (veintidós), es la preciosa “Le Golden Ballon”, en la que las ideas anteriores acerca de la vida, la magia y la muerte en la naturaleza se expresan en un grito salvaje que también es generacional (porque los Astro tienen también la edad de los estudiantes organizados y de los ejércitos de empleados flexibilizados del sector de servicios, pilar de la economía trasandina) y apela al último elemento central de la psicodelia, la no admisión de la concordia con la moral dominante: “Pintar todos los globos color oro, llenarlos de peces exóticos, eróticos; soltarlos para que vuelen, dejarlos que vayan lejos… y reventarlos de lejos a escopetazos, explotarlos desde acá abajo a pistolazos, hacerlos brillar de lo lindo; arriba, lejos, donde no hay nada”. Un pasaje que, en sí y para sí, también pinta de color óxido al comportamiento de las generaciones chilenas curtidas por la dictadura y por las primeras épocas de la concertación, para las que intentar elevarse era un peligro: no había nada allí y siempre se corría el peligro de ser estallado desde abajo o explotado desde arriba.

La violencia, el terror y la imposibilidad de confiar de los que la sociedad chilena sigue tratando de limpiarse a dos décadas de la dominación del hombre civil por el hombre de armas es incluso más evidente en “Drogas mágicas”, un majestuoso cierre para este pequeño gran disco y una canción cuya letra, curiosamente, aparece publicada en cantidad de sitios cristianos, incluso cuando la fuerte raigambre católica (casi una política de Estado durante todo el último siglo, en el que la Universidad Católica fundó las “necesidades” profesionales del país) continúa en conflicto con las prácticas originarias en el marco de una única ciudad poderosa (Santiago de Chile) en donde las calles siempre parecen ajenas: “No tengo miedo a las masas, te tengo miedo a ti porque, si miro de lejos, me tirarás un misil sónico, me enterrarás tu cuchillo (…) Hicimos de todo en esta ciudad: era nuestra, rompimos los autos, colgamos pancartas que decían ‘te quiero así’. Eras tan gigante y loca de verdad, habrán sido drogas mágicas”.

Sitio: http://astroband.bandcamp.com