Entre la trova y los saberes académicos, una nueva generación de músicos busca otros horizontes donde expresarse. Trascendiendo las fronteras del rock, ancla sus raíces en cada región desde donde suena, con un signo de pertenencia notable. Así lo asegura el periodista Martín Graziano que recientemente publicó “Cancionistas del Río de La Plata”, libro en el que analiza este nuevo panorama extendido en toda Latinoamérica con la vista centrada en su contexto cultural en busca de resistir «un poco más el paso del tiempo».
Por Sergio Sánchez
Fotografía gentileza de Eliana Graziano
El futuro llegó hace rato /
todo un palo, ya lo ves!
Veámoslo un poco con tus ojos /
El futuro ya llegó!
(«Todo un palo» – Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota)
Buenos Aires, agosto 26 (Agencia-NAN).- La frase “el futuro está a la vuelta de la esquina” parece cobrar fuerza con la publicación de Cancionistas del Río de la Plata, libro del periodista Martín Graziano. No. No se trata de un libro futurista, sino que es bien atento a los tiempos que corren. Tiempos de movimientos en la cultura. De relecturas y revalorización de las raíces. Aires frescos que sientan muy bien. Después del rock: una música popular para el siglo XXI, se puede leer debajo del título ¿Acaso el rock es parte del pasado? ¿O será que ya no increpa a las nuevas generaciones? Entonces, ¿cuál es esa “música para el siglo XXI”? ¿Cuándo sucederá? Para Graziano, está sucediendo ahora. El libro vendría a ser “una fotografía de un momento, una fotografía colectiva”. El monstruo ya está entre nosotros, aunque aún sin forma definitiva. Y así lo describe: “Son cantautores, compositores, ‘cancionistas’ -como los llamo yo- que vienen del rock, cuya formación afectiva tiene que ver con ése género. Sin embargo, en algún punto de la década pasada, por un montón de razones, entre ellas porque el rock se convirtió en un mercado y sintieron que los asfixiaba o no hablaba por ellos, decidieron dar un paso al costado o saltar del barco y salir a buscar otras cosas, otras culturas, el folklore, lo latinoamericano, el tango, la chanson y la música académica”.
Y ellos tienen nombre y apellido: Pablo Dacal, Gabo Ferro, Pablo Grinjot, Lisandro Aristimuño, Ezequiel Borra, Alvy Singer, Julieta Rimoldi, Lucio Mantel, Alfonso Barbieri, Juanito el Cantor, Nacho Rodríguez, Tomi Lebrero y tantos otros. Del otro lado del Río de la Plata ocurre algo similar. Ana Prada, Martín Buscaglia y Eli-U Pena son algunos de los “cancionistas” uruguayos que “encontraron un espacio inédito” y que aparecen retratados en el libro. En el paisito, según analiza el periodista, “llegaron naturalmente a ése estadio estético al que los cancionistas de acá les constó más llegar, porque allá hicieron un proceso intelectual, nacieron en una casa donde se escucha todo eso”. En cambio, del otro lado el proceso requirió más tiempo. “Muchos de los cantautores argentinos fueron a estudiar a los conservatorios, aprendieron la música africana, la trova renacentista. Entonces, cuando volvieron para llevar ese caudal a la canción, la canción ya era otra cosa, se había metabolizado todo ese influjo. Y ya no era un cantautor de rock haciendo folklore, sino otra cosa. No es fusión, algo que quizás muchos músicos de los setenta quisieron hacer. Es una canción donde el rock se escucha como un cauce más”. Algunos de los precursores -entiende Graziano- fueron primero Luis Alberto Spinetta (en la etapa de Almendra), Lito Nebbia, Fito Páez y más tarde Palo Pandolfo. “Desde Los Visitantes trabajó con la estética del rock acercándose a los géneros criollos, a la identidad latinoamericana”, recordó quien escribe en Rolling Stone, G7, Rumbos y La Pulseada.
“Cuando hablás de referentes con estos cancionistas, no terminan en Los Gatos o Los Beatles, van mucho más atrás: desde el ‘Cuchi’ Leguizamón a Caetano Veloso, pasando por Ramón Ayala. En la Argentina, esos campos estuvieron compartimentados. Hubo un intento de diálogo pero no se llegó nunca a construir un espacio. Por ejemplo, León Gieco intentó construir algo. Y ahora eso cambió. Es evidente que a partir de esta generación se construye un espacio. Ahora hay un contexto para esa música, existe. Por ejemplo, en Tomi Lebrero está la música del noroeste y el tango, como si fueran de la misma familia afectiva. Por eso, me parece importante buscar una genealogía musical y cultural”. Claro, se trata de un campo en construcción. “Hay toda una búsqueda que primero tuvo que ver con lo musical, con lo ideológico, con lo estético, y recién ahora está llegando a lo ‘letristico’, que curiosamente quedó para el final. Forjar una cultura es también forjar un campo ‘letristico’, y eso es lo que le faltaba a esta generación. O sea, lo musical se logró bastante rápido, pero quizás todavía no lograron un campo temático. Por ejemplo, el rock, el tango y el folklore tuvieron sus tópicos”.
–A diferencia de otras épocas, abandonan la canción de protesta ¿Cuáles serían los rasgos de la “canción política” de la que hablás?
–Es una canción política, como lo eran las de Invisible en los setenta. No me extrañó para nada que cuando se hizo Por Algo Será (un disco que buscó la mirada de 19 músicos de esta escena sobre la última dictadura cívico-militar) los convocados fueran ellos. Toda esta generación, toda esa búsqueda cultural, estética y de identidad, está en sintonía con el país. Durante el neoliberalismo todos los músicos miraban afuera porque era fácil comprar los discos importados. Pero eso se cortó violentamente. Entonces, tuvieron que empezar a mirar hacia dentro del país, a construir de vuelta. En toda Latinoamérica está pasando esto. Cada lugar con su signo de pertenencia, está revalorizando lo suyo. Es una canción política porque habla desde un lugar. A pesar de que no esté presente la jerga política. Pero, por ejemplo, la obra de Gabo Ferro es política de acá a la China. Sin embargo, las canciones hablan de amor, muerte, de la tierra, de la gente, del hoy. Pero en su mirada está la carga política y también en el contexto cultural en el que la produce, desde donde se para. El tipo construye desde un lugar independiente. La idea de esto también es buscar una canción que pueda resistir un poco más el paso del tiempo.
Oportuno y coherente con su época, Graziano entrega un libro documental sobre “lo que se ha venido incubando durante la primera década del siglo XXI” y que funciona como una continuidad de Cómo vino la mano, de Miguel Grinberg, una clásica bibliografía sobre la historia del rock en la Argentina. “Me importaba que saliera ya –dice Graziano-. Porque podría haber salido antes de ayer o dentro de un año. Pero me pareció que, como estaba sucediendo ahora, era importante que en el libro se sintiera ese caldo de cultivo que está eferveciendo”. Compuesto por un jugoso ensayo sobre los rasgos y antecedentes de la escena, y una veintena de retratos –a partir de entrevistas en profanidad- de sus protagonistas, el libro registra un novedoso acontecer cultural desatendido –y en ocasiones banalizado- por los medios hegemónicos. Esa escena no sólo está integrada por músicos. “También son bares, libros, casas, fotógrafos, escenarios, periodistas, discos, programas, un público y, sobre todo, canciones”. Un puñado de ellos, fueron convocados para escribir acerca de sus aportes a la escena. Una fundamental es la fotógrafa Lula Bauer, acaso quien mejor retrata este movimiento colectivo. Además de haber esbozado unas palabras, una selección de sus fotos acompaña los retratos de los músicos. El dibujante Liniers, Talata Rodríguez –creadora del espacio La Aromática-, el periodista Humphrey Inzillo y Carla Sanguineti, del sitio web Sonido Ambiente, suman sus plumas a esta publicación editada por Gourmet Musical.
–El objetivo de la escena es conseguir un cierto federalismo, ¿no?
–Si bien todos confluyen en la cuenca del Río de la Plata, el anhelo y la intención es federal. Incluso hasta geográficamente: Aristimuño y Julieta Rimondi vienen del sur; Lucio Mantel se la pasa yendo a Brasil, Alfonso Barbieri vivió en Córdoba y Dacal en Rosario. Tomi Lebrero y Faca Flores están todo el tiempo en el noroeste. Y Seba Ibarra es chaqueño. Es como si quisieran volver a tender un puente con esa fuente rural. En otros casos, es mucho más urbana, como el de Alvy Singer. Su música es urbana al punto “woodilanesco”: es muy de la noche, de la ciudad, del hot jazz, el fox trot, esos ritmos urbanos de la cosmópolis. Está todo, como en el tango. A veces uno pierde de vista que Gardel tenía la edad que tenían estos muchachos -30 años- cuando organizó la canción popular. Era una estrella pop: organizó la música criolla (huellas, milongas, ritmos de La Pampa) de la que él venía con la vanguardia. Pero la vanguardia de la villa, la de Pablito Lescano, era la música que iba más allá, que contestaba, que dialogaba con la ciudad en ése momento. No sólo conectó el pasado con el presente, sino también con el mundo: porque el incluyó fox trot, que era la música pop.
–¿Y ese legado recogen estos músicos?
–Un poco la intención de esta generación es volver a organizar una canción popular, muy coralmente, a través de un montón de personas que no son solamente compositores. Y en el contexto cultural de un país. La intención también es luchar por recuperar la dignidad del oficio. Por eso se vuelve a instalar el ciclo, como hacían las orquestas típicas de tango. Y por eso salen a pelear, como cuando salieron a protestar (para que se aplique la Ley de Concertación Musical en la Ciudad de Buenos Aires). Es una generación más horizontal, menos personalista que el rock. Es como si hubiera pasado a otra instancia.
–¿Y en qué medida los medios atienden a este movimiento?
–En muy poca escala. Hay actividad todos los días ¿Qué medios deberían dar amplificación a lo que está sucediendo? Porque para los medios especializados hay una dificultad allí que radica que, en algún punto, esta generación está criticando el status quo del rock. Sostienen que el rock debería ser otra cosa que la que los medios dicen que es. O si lo llevás más allá, el rock no es más la música que late en la ciudad, que la representa ¿Y por qué hay tantos festivales? El mercado fue creado por el rock. En los sesenta, en el mundo (y acá en los ochenta) el mercado de la música joven nació para el rock. Todos los que organizan los grandes eventos vienen del rock ¿Qué va a pasar con esta generación? ¿Se va a meter por el nicho que le permite el rock y se van a convertir en cantautores neo-hippies acústicos? ¿O va a ser otra cosa completamente distinta que va a discutir con el rock en tanto música joven? Y ya no joven como consumo adolescente. Ya no el Si! (de Clarín), porque si ese suplemento es lo que hoy es la música joven, estamos en problemas. Es como un mercadito para adolescentes, el vaciamiento de sentido.
–¿Y qué sucede con los periodistas?
–Muchos periodistas especializados sólo saben de rock ¿Por qué no se toman el trabajo de escuchar bien a esta generación y criticarla? Porque esta generación no dialoga sólo con la cultura del rock, sino también con la música académica y la folklórica del noroeste. Pero los periodistas de rock se encerraron en sí mismos: saben de películas y libros que tienen que ver con el rock y no se permiten otra cosa. Si no es rock, no existe. No les interesa Macedonio Fernández o (Juan Carlos) Onetti. Esta escena obliga a que los periodistas tengan que capacitarse. Conozco bien la historia del rock argentino y escribí mucho sobre el tema, pero me parecía que el mundo no podía ser sólo eso. Todo esto no significa que no se haga buena música en el nombre del rock. Pero ya es música para gente que le gusta sólo eso y no para la que está por fuera. El rock ya no quiere articular el inconsciente colectivo.
— Ante eso, ¿cómo se diferencia la nueva escena?
–Hacen canción popular. No se trata de música para entendidos: ellos están tratando de establecer contacto. Por eso, sería una pena que quedara atada al gueto. Porque lo que están haciendo es hablar ¿A quiénes? Es una generación que está en contra de las dictaduras del consumo, los medios masivos y las tecnologías. Esa es la clave. Así como el rock en los setenta estaba en contra de la dictadura de los que tenían uniforme. Si bien usan internet como herramienta fundamental de difusión, reconocen que es sólo una herramienta y no es el fin. Hoy la cultural del rock es la cultura del consumo.