El hecho y el concepto de las canciones del poeta de Monte Grande nunca dejaron de ser extrañados. Luego de una década sin publicar un disco, Adrián Cayetano Paoletti regresa con un disco que recurre contundentemente a lo doméstico, la vida impoluta que ocurre entre paredes.Por Luis Paz
Buenos Aires, junio 26 (Agencia NAN-2011).- Una década pasó Adrián Cayetano Paoletti sin publicar un disco. Sin embargo, su espacio en el estacionamiento de la canción permaneció allí, vacío, llenándose de vecinos alrededor que supieron tanto como él dedicarle, más que tiempo o esfuerzo, su salud a la música. Pero la sensibilidad, la capacidad de identificar la palabra útil y, a la vez, bella, y la habilidad para ligarla con otras de su misma estirpe en un combinado que enaltezca el hecho y el concepto mismo de las canciones que tiene el gran poeta de Monte Grande nunca dejó de ser extrañada. Por más plenitud en el parking cancionero, por más cantautores en coche, bici o moto que se acomodaran en la explanada, la vista isométrica sobre la escena seguía dando al ojo la visión nefasta de ese lugar vacío. Se acabó: Paoletti se subió a su Casa rodante, ha vuelto al vecindario y ya está pintando nuevamente a su barrio para pintar al mundo de menos inmundo.
Pero además de eso, el regreso de Paoletti resignifica otro espacio: ya no sólo el del cantautor con sangre de poeta, sino fundamentalmente el del artista. Paoletti «desapareció» una década para completar su carrera en Abogacía y la suma de ese suceso con el hecho de su vuelta arroja un resultado por lo menos corrosivo acerca del arte: no es necesariamente un proceso continuo, no es que se ingrese a un estado de «arte permanente», no es que al arte no se lo pueda guardar en el cajón de las medias por un par de temporadas. El arte, así (y por lo menos en Paoletti), es tan sólo un espectro de la acción humana, es un espacio vacío en la banquina de la carretera de la vida, tan inmaculado, mágico y contundente como la banquina de las carreras universitarias, la banquina de la convivencia o la banquina de unas vacaciones. Se acabó: el arte no es una colectora profesional para los renegados del traje, el arte son los diez, cien, mil desvíos que vivir nos presenta viviendo.
Y Paoletti habla de esa vida, pero más aún de ese viviendo, éste sí como un continuo, como un estado de «vivencia permanente» que, en este disco, el ex Copiloto Pilato, elige mostrar con un recurso contundente a lo doméstico, a esa vida impoluta que ocurre entre paredes (pero no siempre, como propone en «Te enojaste» cuando canta eso de «con el cielo como techo desperté, ya no puedo aburrirme mirando a la pared»). La vida virtual que nos inventamos en nuestras casas rodantes propias (¿nuestras mentes o esas reglas que le imponemos al mundo cuando salimos de casa?) es lo que Paoletti viene a retratar con la inmensa capacidad y el ínfimo barroquismo de siempre. Se acabó: un gran disco no precisa de 15 canciones ni de una hora para desarrollar una idea conceptual, ni de arpas, ni de distorsión, ni de confeti, ni de cantantes invitados. No, un gran disco necesita sangre, necesita revelar una verdad, necesita denunciar una mentira. Y ser bello.
Paoletti hace todo a la vez, imprimiéndole a cada frase un sentido universal. Toda su sangre está ahí, y su sangre es ahora sangre con sabor a milanesas, olor a suavizante para la ropa y textura de champú. Su sangre es la de un tipo de 42 años que se pasó diez en casa (vale decir, a esta altura, que Paoletti fue coautor de letras en Fuerza natural, el último de Cerati), que estudió Abogacía, que no se comió la de vivir para la canción sino que sostuvo la de vivir como un cantautor que le da a su mejor canción posible (que en definitiva es su vida) un estribillo memorable. La verdad que revela se entiende con un par de escuchas: la vida es sueño y la vida es tener sueño, es el vórtice en el que se dirime la acción y la potencia, la realidad y la posibilidad, las ganas y el desgano, la necesidad y la energía disponible para saciarla. Eso nos sigue enseñando este tipo. La mentira que denuncia es justamente la contraparte de eso. «A su lado soy su sombra y es más de lo que merezco», ahí está comprimida la mentira de que la gloria es rimbombante. Se acabó: la gloria es silenciosa, como «la calma, la brisa, mi ola, tu orilla». La gloria no llega como un desfile de carnaval.
En un momento, Paoletti cuenta que «En un pequeño pueblo había una pequeña casa, donde nació un hombre pequeño, pequeño. Con el tiempo creció y, con él, la casa, por supuesto también el pueblo, el pueblo también. Nadie se dio cuenta, lo hicieron todos a la vez». Si eso no es belleza, juicio y castigo ya a todos los que en un casting deciden qué es bello para ser mostrado en una publicidad. Y se acabó: ya no hay más temas, «Mensaje» a «Manos nubes», todas se fueron recién, se escaparon en media hora desde ese pedazo de plástico circular. La bienvenida no alcanza a ser dada porque la Casa rodante ya parte, pira de nuevo y, otra vez, nadie sabe hacia dónde. Sólo él.
Sitio: http://www.adrianpaoletti.com.ar