En la cartelera porteña, la pieza fascinante de William Shakespeare toma otra vuelta, de una forma solvente y novedosa. Si bien mantiene la estructura del texto original, en la obra de Rubén Pires el rey muerto es un jefe narco del cartel de Juárez.
Por María Daniela Yaccar
Fotografía gentileza de Hamlet, el señor de los cielos.
Buenos Aires, junio 28 (Agencia NAN-2011).- En Latinoamérica no hay bodas reales, por la sencilla razón de que no hay monarquías. Latinoamérica es otra cosa, por ende los reyes de Latinoamérica son otra cosa. Si en Europa los reyes son los de la felicidad triste, en Latinoamérica los reyes son los de la triste felicidad. Al releer Hamlet una y mil veces (como debe ser, pues es la pieza más fascinante de William Shakespeare), y con la intención de construir su propia versión del clásico, el director Rubén Pires se hizo una pregunta: ¿Cuáles son hoy los reyes latinoamericanos? Así comenzó a germinar Hamlet, el señor de los cielos (sábados a las 21 y domingos a las 20 en La Mueca, Córdoba 5300), una obra con arriesgado vuelo propio, a pesar de que la estructura es la del texto original.
Pires encontró en el narcotráfico el marco para justificar a Hamlet hoy, porque es el ámbito en el que gobiernan los reyes. El rey muerto, en esta versión, es quien da nombre al título: El señor de los cielos, Amado Carrillo Fuentes, jefe del cartel de Juárez, fallecido en una cirugía estética para no ser descubierto. Hamlet, el señor de los cielos, transcurre en los noventa, en México, y plantea una problemática que no es exclusiva de ningún país sino latinoamericana, y en la que incluso la Argentina aparece involucrada (con la instalación de laboratorios de efedrina). En este caso, el teatro se propone edificar, reconstruir y hasta analizar –todo depende de la predisposición del espectador– un fenómeno real, que implica una desmedida lucha mediática, territorial, política y de sentido. Así es como, evidentemente, Pires entiende a Hamlet, y esto tiene mucho que ver con lo que su puesta nos dice.
Lo que Pires hizo con Hamlet equivale a adquirir una camisa en una feria americana y moldearla a gusto para que se adapte al propio cuerpo: el argumento está profundamente apoyado en el original. Aquí también hay un rey muerto, un hijo que debe vengar su muerte, un tío descorazonado que pretende adueñarse del poder de su hermano, así como también de su mujer. Hay, también, jóvenes perdidos y obligados a actuar de una determinada manera porque las circunstancias así lo requieren. Pero todo eso tiene un marco y no solamente eso, también un porqué.
Uno de los encargados de explicitar ese porqué es Marcos Camacho, preso en la cárcel de San Pablo, jefe del Primer Comando de la Capital (PCC), y otro de los personajes “reales” que aparecen en la pieza. Uno inventado es el joven H (Lucas Ferraro), que es el hijo del señor de los cielos, un cineasta que vive en Argentina hace mucho tiempo y que entrevista a Camacho –hermosamente compuesto por Miguel Terni– para un documental. El narcotráfico aparece en las palabras de Marcos como la consecuencia directa de la implantación de políticas neoliberales, con su sello imborrable de exclusión y pobreza.
Más adelante en la trama será el mismo H el encargado de ponerle voz a esa hipótesis. Luego de que su padre le pidiera que dé muerte a Mauricio, su tío (Alejandro Dufau), H entra como Hamlet en el terreno de la duda. Obsesionado con las verdades que encontró en Marcos, el joven H le dice a su amigo Orlando. “Tengo la cabeza llena de gritos. Más de 20 mil muertes sin sentido. ¿Qué es un muerto más, al lado de los muertos que deambulan por las calles? Los muertos bajo el asfalto, en el río, en los sótanos, en las cárceles, en el campo… ¿Y todas esas muertes por qué?” Antes, el espectro de su padre le había dicho al joven H que estaban en medio de una guerra, y que no había “revolución sin sangre”. Además, le había blanqueado que fundó hospitales, iglesias y barrios enteros para los pobres.
Esta versión libre de Hamlet es solvente y novedosa (se sumerge en una problemática real y cercana, aunque parezca lejana, como pocas veces lo hace el teatro). La única grieta notoria que presenta es que resulta poco creíble el momento en que Ivonne (Silvia Dabove), la mamá de H, le cuenta la verdadera historia –o sea, quién fue su padre–, una vez que él retorna a México. La pieza adquiere aquí un tinte melodramático, y se percibe que la versión de Pires pujó por encajar con el clásico shakespeareno. Es el único momento en el que esta versión parece ser esclava del original. Por lo demás, la obra tiene ritmo a partir de la intercalación de monólogos al estilo brechtiano, momentos musicales (que todavía tienen que aceitarse un poco más, para no romper con la tensión) y una división en dos del espacio escénico que permite contar esta historia que, por cierto, es ambiciosa, compleja.