Por Natalia Arenas
Fotografía de Iara Lag
Buenos Aires, junio 29 (Agencia NAN – 2011).- Vista de afuera –hay que reconocerlo– no dice nada. Sólo es, apenas, una puerta altísima pintada a los apurones, con vidrios que traslucen la idea de una escalera. Los escalones de mármol llevan a un hall pequeño, breve, que comunica con otras habitaciones. Recién entonces se convierte en otra cosa. Seis habitaciones, pasillos, puertas altísimas y fuertes, ventanas enormes, vitraux en algún techo casi infinito y arañas de película europea que cuelgan bastante más arriba de las cabezas de sus inquilinos. Juan Alberto Crasci y Sebastián Realini serán los encargados del city tour por la inmensa casa editorial que hace 4 años decidieron alquilar para empezar a delinear el sueño de cualquier escritor: publicar sus textos.
Casi Incendio La Casa –o CILC a secas, como les gusta llamarla a ellos– se dedica a editar libros de poesía, a difundirlos y distribuirlos. “Nos encargamos de la selección de los textos, la edición, el diseño y después hacemos un poco de publicidad y presentaciones”, cuentan sus ideólogos.
En la parte final de ese proceso es donde la poesía y las letras se funden con el rock. Porque, a prueba de prejuiciosos, en esa casa del estilo popularmente conocido como “chorizo”, con habitaciones que se comunican entre si y patios con baldosones cuadrados a dos colores, no se escuchan violines, ni canciones melosas, ni música clásica. En esa casa se escucha rock. De ahí los festivales Rocaenpoetry, que realizan cada tanto en distintos puntos de Buenos Aires y del Gran Buenos Aires. Pero ellos lo explican mejor: “El Rocaenpoetry surgió por la necesidad de juntar dinero para poder editar libros. La idea era que no sea el típico festival de poesía, donde hay una mesita, un velador, cinco personas sentadas y un solista, sino que sea algo más rockero”, detalla Juan. Convocan a dos o tres bandas, a cuatro o cinco poetas e intercalan bloques entre unos y otros. La CILC lleva impresos más de 40 títulos, con distintos formatos. Pero, primero a lo primero:
–¿Por qué “Casi Incendio la Casa”?
Juan– Uf… es medio raro. Esto empieza en 2003. Yo estaba chateando con Juan (Daza, otro de los fundadores de la editorial) y él estaba buscando un nombre no para la editorial, sino para un fanzine. De repente, me dice “Uy, casi incendio la casa”. Y yo le dije “Ah, mirá qué buen nombre”. Su respuesta fue “No, en serio, dejé la pava en el fuego y estaba todo al rojo vivo”. Y ahí quedó la sigla CILC. Él hizo el fanzine por su cuenta, pero, después de un tiempo, surgió la idea de armar la editorial, en 2006.
–¿Y cómo surge esa idea? ¿Cuáles eran las trabas que se les presentaban para publicar trabajos propios?
J:— Con Juan teníamos unos textos, habíamos armado un librito con cosas nuestras, con ilustraciones. Entonces empezamos a llamar y a averiguar en editoriales para ver cómo podíamos publicarlo. Nadie nos contestaba, y si nos contestaban, nos querían cobrar 6 mil pesos por 100 ejemplares… No podíamos hacerlo. Y ahí empezamos a ver cómo hacer para poder armarlo nosotros. Queríamos ver qué diferencia había entre simplemente armarlo y hacerlo nosotros a montar una editorial. La diferencia era mínima, había que registrar el nombre de la editorial, hacer un papelerío, cosas burocráticas, algunos trámites y ya está. Entonces, decidimos que todo lo que queríamos publicar, lo haríamos con nuestro sello. Fue por una cuestión económica.
–¿Empezaron con textos de ustedes y después se lanzaron a publicar textos de otros?
J:– En principio queríamos sacar un librito que tenía 64 páginas, 15 por 15, cuadradito, pero no fue lo primero que sacamos. Empezamos a pensar cómo hacer para juntar plata y entonces se nos ocurrió organizar nuestro primer Rocanpoetry. Ahí pudimos juntar algo de plata y con eso compramos una impresora láser negra, una gillotina chiquita y empezamos a hacer unas plaquetitas de poesías. Compramos los papeles con textura, imprimíamos las tapas con chorro de tinta y el interior con la impresora láser. Habremos vendido como 3 mil ejemplares. Con esa plata pudimos comprar papel y empezar a armar los libros nosotros, todo bien artesanal. Hasta que pudimos dar un salto y mandar el material a la imprenta, que es más práctico y queda con mejor terminación.
–¿Sólo se dedican a editar poesía?
J:– Más que nada, editamos poesías. Pero nos llega de todo: ensayos, novelas… Sin embargo, por un tema de costos y de formato, y también por una cuestión de gusto, decidimos editar poesía, en principio.
–¿Tienen la ilusión de algún día poder vivir de esto o es algo que no les preocupa?
J:– Es muy complicado… Gracias que, más o menos, llegamos a cubrir los gastos, pudimos invertir en otra impresión, pero no logramos que nos quede un resto de plata.
Sebastián– Si uno piensa en las editoriales que trabajan desde hace un montón de tiempo, ninguna vive específicamente de esto. Tal vez cuenten con algún subsidio, tal vez se convirtieron en fundaciones. Es muy complicado. Tenés que editar lo que a vos no te gusta. Podés empezar a vivir de esto, pero perdería la esencia. Nosotros editamos poesía porque nos gusta.
J:– Nosotros nos vinimos a vivir a la casa más que nada para poder juntar más dinero y así editar. Ahora estamos organizando fechas todos los fines de semana, viernes y sábados tocan bandas y domingo por medio hacemos ciclos de poesía y música. Con la plata que juntamos mantenemos la casa y lo que nos queda de resto lo invertimos en la editorial. Se hace complicado, porque para entrar a la casa nos prestaron plata y todavía la estamos devolviendo. Por ahí, cuando terminemos con eso, nos quede un resto para la editorial. Esperemos.
A través de su página web, el perfil de Facebook y los blogs, la CILC recibe material de manera constante. La realidad es que no pueden aceptar todo el trabajo que les llega, por una cuestión de costos. “Todos los libros que publicamos los bancamos nosotros, los autores no ponen un peso”, dicen, orgullosos y explican: “Justamente, como a nosotros nos costó mucho llegar a hacer esto y las editoriales no nos daban bola o nos querían cobrar, la idea es que la gente no pague, porque sino es lo mismo que nos pasaba a nosotros”. Juan y Sebastián reconocen que de esta manera se hace mucho más difícil, pero que así lo prefieren. “Si hiciéramos pagar a los autores, todos los meses tendríamos cuatro o cinco libros en la calle, pero eso de under no tiene nada. Con plata de otro cualquiera puede hacer cosas”, resumen.
–Y en este caso, entonces, ¿cuál es la contra prestación?
S:– El objetivo es que otros tengan la posibilidad de editar con el respaldo de un sello, aunque sea pequeño. Y que el sello se haga cargo de distribuir, de hacer una presentación y de venderlo.
J:– Al autor no le pedimos nada a cambio, sólo un poco de colaboración: por ejemplo, si hacemos una presentación, que traiga gente. Por supuesto que él puede difundir su libro, pero sin obligación, digamos, porque de eso nos encargamos nosotros. El fin de un escritor es escribir, no salir a vender lo que escribe.
Editorial Casi Incendio La Casa – Avenida Rivadavia 8029, Floresta.
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