Por Lola Kuperman
Fotografía de Natalia Forés
Buenos Aires, abril 27 (Agencia NAN-2011).- Sebastián González descuelga de la pared una muñeca que observa el taller del barrio Constitución con una expresión un tanto desganada. Es un instante, en el que el cuerpo del joven desaparece del campo visual y su mano se encarga de darle vida a una peculiar jovencita charlatana, que mira todo con curiosidad y tiene una energía digna de un niño al ingresar al mágico mundo del por qué. En ese momento, como en tantos otros, su único objetivo es hacer reír, en lo posible, a carcajadas. “A las personas que tomamos el camino artístico nos interesa dejar algo plasmado”, señala con convicción Sebastián en una charla con Agencia NAN. “No sé si la parte económica siempre va a cerrar, pero por lo menos esta profesión te hace sentir lleno”, agrega uno de los dos integrantes de Los realizadores, la compañía títeres que crearon a pulmón con su esposa May Zanone.
Una oficina como cartero o dedicarse de lleno al teatro de títeres eran las opciones para Sebastián, catorce años atrás, junto a May y Camila, su hija recién nacida. “Ideábamos, fabricábamos, íbamos a vender a ferias, a jardines, a plazas, tirábamos un paño en la calle, nos dedicábamos veinticuatro horas a los títeres. Teníamos que generar una fuente de ingreso para alimentar a una bebe”, recuerda. Con lo recaudado, alquilaron una pieza que de día funcionaba como taller y de noche como un improvisado dormitorio con unas frazadas desplegadas a modo de colchón. “Siempre hablo en plural porque somos dos acá y estoy muy convencido en el apoyo familiar, siempre el camino se te hace más sencillo”, agrega.
Publicidades, eventos, programas televisión, comedores infantiles, jardines, villas, shoppings, plazas y, básicamente, todo espacio apto a la recepción de títeres es terreno de Los realizadores. Su metodología apunta a trabajar con un grupo de amigos: “Si hacés las cosas claras y transparentes, nunca va a haber problema. Nuestra modalidad es pagar por día y ocuparnos de ellos de forma humana. Como pensamos que lo nuestro es artístico, uno como artista pretende estar mimado”, puntualiza Sebastián.
Desde el taller, pretenden que cada pieza fabricada se impregne de una buena vibración que luego le llegue al cliente. “No nos fijamos siempre en la calidad técnica de quien trabaje con nosotros, sino que por sobre todo sea buena persona”, aclara enmarcado por los colores vivos de las telas que cuelgan desprolijas del armario. La vibración, aclara, no siempre es la misma. “Nos planteamos ideológicamente el trabajar para empresas multinacionales”, señala y hacer un oso para Coca Cola o trabajar con Ricardo Fort emergen en un instante. “Ahí es cuando empezás a transar y te cuestionás hasta dónde llega el oficio. Intentamos evitar transformarnos en un grupo de obreros más de toda la industria del entretenimiento”, afirma.
“Lo importante es no abandonar la otra parte, el trabajo social y seguir yendo a comedores, a escuelas, a villas”, indica y cuenta sobre la experiencia con el chocolatero. “Trabajábamos en un barrio carenciado y después íbamos a su casa donde nos atendía en cuero, él hablaba de plata y nosotros de títeres. Nos llevaba a lo de Tinelli donde nos trataban como reyes, y después nos tomábamos el subte para volver a Constitución”. Realidades con abismos de diferencia y todo con el teatro de títeres en el medio. La autocrítica de Sebastián y May se resume en que, como padres, no miran televisión y creen que los medios son cada vez más berretas. “Fuimos muy criticados por colegas”, reconoce y agrega que si trabajaron con varios personajes de la farándula, es por la simple razón que tienen una familia que sustentar.
El taller de Los realizadores entiende sobre lo que habla Sebastián; una brisa lúdica a cargo de las cabezas gigantes del Sapo Pepe, un títere de un hombre mayor que espera en un banco a medida que alguien lo reviva, muñecos de ambos sexos y personajes en las paredes que remiten a la comedia dantesca escuchan serios lo que un hombre que cree en el arte tiene para decir. “El trabajo como titiritero consiste en proyectar toda tu inspiración espiritual al muñeco. Estás detrás del telón y tu ego queda al costado”, explica y puntualiza que en el plano comunicativo ocurren hechos difíciles de teorizar. “Al final de una función, una vez, se acercó un chico y como yo seguía con el títere me empezó a contar cómo su papá le pegaba a su mamá y cuando empezó a hablar, fue muy difícil pararlo. Probablemente, a mí como Sebastián no me lo hubiese contado nunca”, recalca.
Históricamente existe una imagen del titiritero como un hombre de los caminos, un artista de los pies embarrados, que es un borrachín, un poeta y un pintor. “Quizás esa mística se esté disolviendo y hoy el oficio se esté tomando cada vez más en serio por todo el trabajo de compañías independientes y porque hay quienes se están dando cuenta que sí podés vivir del arte”, especifica el trabajador que poco tiene de borracho, ya que no toma vino y que mucho tiene de caminos, por las ganas constantes de hacer hasta armar su productora en un futuro.
“Con el tiempo, empezás a buscar tu línea para dejar algo plasmado, como mensajes para tus hijos. Y seguís luchando contra la marea aunque sea a modo espiritual”, resalta y ejemplifica eso de lo que habla con una experiencia en un comedor de una villa bonaerense, donde llegaron y comenzó a diluviar. Empezaron la función igual y resolvieron seguir al ver que el comedor se estaba inundando. Cuando salieron a saludar al final, el número de espectadores, que no había disminuido, había aguantado las goteras toda la función con tachos en la cabeza.
Entonces, queda claro que la apuesta de Los realizadores es una razón más para creer en el arte, en uno sin fronteras ni edades, en un arte amplio, lúdico, terapéutico y colectivo.