Por Paula Sabatés
Fotografía gentileza de Después del Borde
Buenos Aires, abril 20 (Agencia NAN-2011).- Quien quiera buscar significados efectistas en Después del Borde, pieza teatral de la joven y prometedora Heidi Steinhardt, probablemente vaya en camino directo al fracaso. Es que siempre quedarían significaciones sin descubrir –textuales y propias de la puesta- e interrogantes sin resolver. Si, por el contrario, se renuncia a la pretensión y al conformismo del espectador-pasivo, y se busca un poco más allá, entonces nos encontramos con una puesta en escena cuyos diferentes signos de la representación se unen en un sistema global final con una pluralidad de sentidos tan infinitos como espectadores hay. Y es que no hay respuesta unívoca sobre ese mundo onírico que se va en el escenario y que alberga, como si fuese realmente un cielo (simula serlo con algodones desparramados por el piso y un sabio juego de luces tenues), a seis mujeres que están entre el límite de la vida y el borde de la muerte.
Lorena Damonte, Sofía Wilhelmi, Silvia Villazur, Florencia Naftulewicz, Ana Clara Schauffele y la multifacética Heidi Steinhardt encarnan personajes desesperados, sumergidos en un infierno interno que las atormenta y las ahoga. Unas y otras, conscientes de la finitud del hilo del que penden sus vidas, no temen que se rompa porque, total, aquello no sería tan distinto a esto otro. Una bulímica soberbia que coquetea con su instante final pero no soporta las habladurías de su terapeuta porque, en el fondo, duelen; una doncella bien que sufre la tiranía de unos padres que no la comprenden; una monja moderna con deseos incestuosos que no puede reprimir; una niña-mujer que extraña a su padre muerto y se pierde en un mundo de irrealidad esperándolo; una cleptómana irrecuperable que “cosea” cosas y se da cuenta de que lo suyo-suyo es poco; una joven inocente y culposa a la que se le detiene el tiempo en el momento en que la muerte se lleva a su hermano. Esas son las mujeres de Steinhardt, desgarradoras por donde quiera mirárselas.
El mayor logro de Después del Borde sea, quizá, la reivindicación del monólogo como estrategia narrativa y recurso de exploración de formas teatrales (o un “angustioso mecanismo de palabras sin respuesta”, como lo definió alguna vez Mauricio Kartun). Las protagonistas vomitan su drama una a una mientras una luz las ilumina junto a un objeto propio y específico (cada una con el suyo: un espejo, una silla, una bañera, una puerta, una caja). Entre ellas no hay interacción aparente, más allá de compartir el espacio y de algún que otro jueguito engañoso que invita a creer que se escuchan entre sí. Pero eso no importa, porque la puesta logra darle al monólogo la identidad que en verdad tiene: no se trata de textos dichos para un nadie, sino todo lo contrario: se suceden como llamados desesperados hacia un otro, un alocutario ausente a la vista del espectador, pero necesariamente presente para esas mujeres.
Después de todo, Después del Borde atenta –y no podría no hacerlo- contra las formas convencionales de organización de situaciones dramáticas, ya que renuncia a la idea de construir una intriga articulada a la manera clásica, por un lado, y a entablar un diálogo convencional, por otro. Se trata, sin dudas, de una pieza anclada en la estética posmoderna, aunque los personajes puedan encasillarse en estereotipos y no se de una apertura del teatro hacia otros géneros artísticos, como suele ocurrir en puestas que pertenecen a esa textualidad. Una pieza que impide simplemente sentarse y contemplar, porque moviliza de principio a fin.
*Después del Borde se presenta los domingos a las 21 en el Teatro El Extranjero, Valentín Gómez 3378. Ciudad de Buenos Aires.