«Si una cultura desaparece es casi una tragedia para la humanidad”, apunta la cantante mapuche. Por eso, desde su lugar de artista, tiene su manera de contrarrestar la desaparición: canta en su idioma nativo. Comenzó hace dos décadas y, desde entonces, esta “mensajera de la palabra entonada” –como ella misma se define– hizo de la música un bastión de resistencia.
Por Carla López Perelló
Fotografía de Santiago Meligeni
Buenos Aires, marzo 29 (Agencia NAN-2011).-Ella “cuenta y canta” cómo es su pueblo. Lo hace en su idioma nativo: es su forma de resistirse a la desaparición, porque “hablar en cualquier lengua hace a la esencia del ser dentro de la tierra”, relata a Agencia NAN, café de por medio, Beatriz Pichi Malen, cantante mapuche, que esparce su cultura por el mundo. “No quiero que me lleve la ola, como a todo el mundo. Nosotros somos distintos”, define. Es que de los 28 idiomas ancestrales reconocidos en Argentina, seis se encuentran en peligro de extinción, según un estudio publicado por la Unesco hace un año. La lengua mapuche es una de ellas. Y, con el objetivo de evitarlo, Pichi Malen grabó hace dos décadas “un puñadito de canciones para que quien se sintiera identificado pudiera escucharlo”. Sin embargo, la artista no tiene límites a la hora de difundir sus sonidos. Para que la repercusión sea global, ofrece, en el pequeño libro que acompaña los discos, las letras traducidas al español y al inglés.
Al cabo de unas cuantas idas y venidas entre citas con el dentista y viajes imprevistos, Pichi Malen aceptó charlar con esta agencia. En su entorno es denominada como “cantautora” mapuche, definición que, consideró, le queda “grande”. Más bien, prefiere ser tomada como “mensajera y transmisora de la palabra entonada”, de la cultura de su pueblo, uno de los que más lucha por la restitución de la tierra, para seguir existiendo. “La resistencia está en no desaparecer”, sentencia.
La artista proviene de Los Toldos, provincia de Buenos Aires. Cuenta con un extenso repertorio de reconocimientos que cosecha desde 1990. Aunque su presentación en el festival de Cosquín de 1994 fue la que la llevó al lanzamiento de los discos Plata (2000) y Añil (2002). También participó del disco Me mata la vida de La Portuaria, hizo presentaciones en España, Francia, Eslovaquia, República Checa y la Secretaría de Turismo nacional la contrató como embajadora del arte mapuche, para realizar una serie de conciertos en Argentina.
Pero aún con galardones, flores y aplausos acuestas, sus temas no suenan en las radios del momento ni los grandes medios de comunicación tienen interés en el trabajo que realiza. “Es como si fuera que hay un coro y a mi me dicen que canto muy lindo, pero me ponen atrás. Yo no me siento discriminada personalmente. Pero no soy sólo yo. Atrás está todo el pueblo mapuche. Se trata de lo que encierra”, se sinceró la artista, al reconocer que la “invisibilización y el sojuzgamiento” a las comunidades ancestrales aún hoy se puede encontrar hasta en el mínimo detalle.
–¿Qué rol tiene el conocimiento de la lengua a la hora de enlazar la cultura de los pueblos originarios con la de la Argentina hispanizada?
–Me parece que es vital. Hablar en cualquier lengua es construir y ver la vida de determinada manera. Eso significa que un sonido me va a representar un color y otro sonido, otro color. Ahí está la diversidad. En el mundo mapuche, la pronunciación con énfasis una letra es una sutileza de sonido que está marcando una identidad territorial. Y hace a la esencia del ser dentro de la tierra. Yo lo veo desde ahí. Es enriquecedor, porque uno supone que dentro del mismo pueblo existe el mismo arte, las mismas costumbres, pero esas sutilezas son las que nos diferencian.
–¿Por qué eligió cantar en su lengua nativa? ¿Es una manera de resistencia?
–Sí. Me resisto a la globalización. Me resisto a decir que todos los ritmos son iguales. Para mi cultura la música refleja la manera de ser del cuerpo, hace que uno construya la vida de acuerdo a los sonidos que emite, construya y piense la vida de esa manera. Si puedo cantar en ese idioma quiere decir que veo la vida desde ahí. Partiendo de esa base, uno da cuenta de que tiene que empezar a explicar todo, en un recital, por ejemplo. Y lo hago porque puedo hacer que el otro conozca. No solo cuento que vivo en Argentina, cuento que vivo aquí, pero que soy mapuche y que mi pueblo es una comunidad más dentro del Estado-nación. Cuento cómo es y además lo canto. Y la resistencia está ahí precisamente, en no desaparecer. Es resistir a decir que hablo español y nada más. Yo no sabía mapuche y todavía no lo sé lo suficiente, porque uno no termina de aprender nunca un idioma. Sobre todo un idioma ágrafo, que recién ahora empieza a escribirse.
–Entonces, la lengua es la que deja la huella en las costumbres, en la cotidianidad…
–Justamente. Creo que las mujeres en el mundo tenemos la misión de transmitir culturalmente a los hijos y a las hijas. Por eso, siempre digo que, cuando algo llegó a la cocina de un espacio, literalmente, está asegurado, porque es eso de transmitirse, de pasarse y decirlo. A veces completo y a veces cercenado, porque en la oralidad pasan esas cosas. A veces mutan un poco, pero la esencia queda. Entonces, nosotras somos transmisoras de esa cultura. Por lo tanto, la lengua, las creencias, las comidas, la platería, la poesía, el canto, la interpretación de los sueños, todo eso conforma una identidad que pretendemos que no desaparezca. Aunque hubo una gran pretensión de que sucediera con la Campaña al Desierto. Pero empezamos a trabajar en esa cuestión y así sucedió que aparecieron los cantos (como modo de resistir). Por otro lado, en mi vida me acompañó siempre. Pero no solo a mí, a todos nosotros y en todas las cosas. En el agua de la lluvia, la corriente de los ríos, el mar, el viento, los árboles y la especie humana. Ahora, hacer de eso una profesión es otra cosa.
–¿Considera que lo hace como profesión?
–Sí, por supuesto. Pero no es que lo elegí. Dije: “ahora voy a cumplir”. Si hubiera sido una cantante étnica estaría cargada de esa cuestión exótica. Pero no. Quise simplemente ser una mujer mapuche que encontró el canto. Fue una expresión neta y genuina en mi vida. Me acuerdo que cuando era niña me gustaban los actos del colegio porque cantábamos el himno…Lo cantaba más fuerte que todos. Así la vida me fue llevando, me encontré con artistas que tenían unos sonidos que eran diferentes a los que pasaban en la radio, pero…
–Había algo que faltaba…
–Claro y, en esa búsqueda, me di cuenta de que lo que faltaba era el sonido genuino, pero que yo lo tenía adentro. Y lo hallo cuando me encuentro con mi gente. Como cuando uno se mira en un espejo. Me di cuenta de que ésos eran los sonidos que yo necesitaba. Entonces, sin saber muy bien la lengua empecé a cantar.
–¿Cómo fue ese proceso de aprendizaje de su lengua?
–El que busca encuentra. Pregunté a uno, a otro. Hasta que encontré una Asociación. Ahí había una chica mapuche que conocía muy bien el idioma y que se apiadó de mi ignorancia, empezó a darme clases y a explicarme el sentido de la oralidad, aunque ahora se está empezando a escribir. Eso es lo que pienso hacer y lo que hago: llevar poemas mapuches y traducirlos al español y otras lenguas. Lo entiendo como una resistencia a desaparecer. Es decir que nosotros somos diferentes, ni mejores ni peores. Un grupo de gente que conforma el ser nacional y pertenecemos a él, porque acá hay muchos pueblos que aún hablan su lengua y, lo que hacemos con el canto, es transmitirlo por todos los medios, por eso cuando pude abrazar la profesión me metí de lleno, sin pensarlo demasiado. Me puse a cantar y me dijeron de grabarlo, y lo hice en un casete que llegó a manos de la compañía discográfica. Ellos me dijeron de hacer un disco y yo no tenía la menor idea, pero empezamos a tomar todas las decisiones para ver cómo lo armábamos. Fue el primero y hace diez años que nos lleva por el mundo.
–¿En ese momento pensó en formar parte del proceso de transmisión de su cultura?
–En realidad hice un puñadito de canciones para que no desaparezca. Además, para que todo el mundo la hiciera propia, para que aquel que se sintiera identificado pudiera escucharlo. Por eso está escrito en la lengua mapuche, con los sonidos de la cultura, pero también está traducido al español y al inglés en el libro que acompaña el disco. No es nuestro y de nadie más. Esto es de una parte de la humanidad que yo pretendo que no desaparezca. Sin embargo, los cantos tienen una impronta, yo les puedo colocar la voz, la afinación, todo lo que quieras. Soy la que recibe los aplausos y las flores, pero en realidad el mérito es del canto. Porque tiene cientos de años, la mayoría de los cantos son recopilaciones, es decir, que fueron de voz en voz, alguien alguna vez los creó y les puso su voz.
–¿Cómo definiría a la música que hace? ¿Qué importancia tiene conocer y reconocer a otras culturas?
–Son sonidos colectivos. La gente viene y me felicita, pero yo digo que me sostiene mi pueblo. No es que lo digo desde el escenario y ya me olvido de todo. Cuando hago una presentación, primero voy a la comunidad que hay en el lugar, es una necesidad. Porque sigo buscando. Un periodista decía que soy una buscadora, porque yo no sólo canto, estoy buscando la identidad que en algunos lugares todavía está bastante sojuzgada y en otros se pretende que desaparezcamos, entonces ésa es una manera de persistir, de decir que estamos vivos. Seguimos cantando en nuestra lengua, cantando nuestras rogativas. Si uno incorpora conocimientos de otras culturas, eso se vuelve enriquecedor, y hace que uno afiance y afirme su propia cultura.
–A pesar de la resistencia que ofrecen los pueblos, hay muchos que se extinguieron y otros que van por el mismo camino ¿Qué significa para usted que una cultura deje de existir?
–Siempre me pareció que si una cultura desaparece es casi una tragedia para la humanidad. Porque si desaparece quiere decir que las generaciones venideras no van a tener la ocasión de conocer aquello, es una pérdida en la historia. En cambio, si desaparece en el tiempo por una situación lógica de la misma vida, no podemos preservarlo nosotros. Pero si hay un propósito para ejecutarlo para que desaparezca me parece que más allá de un genocidio, es una tragedia.
–Usted se quejó de la cantidad de trámites burocráticos que debía hacer en la Sociedad Argentina de Autores y Compositores (Sadaic), ¿alguna vez tuvo inconvenientes con la autoría de las letras?
–Jajá. Esa es otra de las cosas con las que peleo con Sadaic. Ellos dicen que es anónimo y, en realidad, no, alguien lo creó. Después, te dicen que tenés que saber música y algunas canciones del folclore. Es toda una situación de no reconocimiento.
–¿Siente que la entidad aporta trabas para la visibilización de los pueblos?
–Para determinadas cosas te piden ciertos requisitos, que no me parecen mal pero, por ejemplo, te piden que sepas leer y escribir. Y yo, a pesar de que sé leer y escribir, vengo de una cultura oral y no tengo la obligación de saberlo. Y me resisto a que tenga que ser a través de esto. No por un capricho, sino por reconocimiento. Es una manera de nuestra resistencia. No quiero que me lleve la ola, como a todo el mundo. No, nosotros somos distintos. Una fracción de lo que es la Argentina, que es la comunidad mapuche.
–Dijo que el concepto de cantautora le queda grande, ¿cómo se definiría?
–Creo que soy una cantora y transmisora de la palabra entonada. Porque llevo y traigo mensajes de las comunidades. Soy una mensajera, ese es mi rol seguramente. El canto está en mí para abrirme ese camino. Creo que mi esencia no es ser cantora, sino “mensajear”. Llevar, traer. Si fuera por mí sola no estaría en ningún lado. Entonces, intento no perder de vista eso. Uno tiene un compromiso, para algo nació, esa es una concepción mapuche. Y cuando me vaya al huenu mapu (tierra de arriba), bueno, tal vez habré cumplido con mi misión.
