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“Julieta y Julieta” en El Camarín de las Musas.-

Testimonio de época, la obra teatral de Lorena Romanín desaparece a Romeo: la historia de amor es protagonizada por dos mujeres, Sofía Wlihelmi y Lucila Németh. Los Montesco y los Capuleto de esta relectura de Shakespeare son suplantados por pandillas de skaters, pero la escena del balcón sobrevive al quiebre.

Por María Daniela Yaccar
Fotografía gentileza de Julieta y Julieta

Buenos Aires, noviembre 23 (Agencia NAN-2010).- Lo que ciertas leyes generan trasciende ampliamente lo que refiere a normas que cumplir o derechos que respetar. Es emblemático en tal sentido el caso de la ley del matrimonio igualitario: no puede negarse que, además de eso, implicó el reconocimiento de una minoría molesta para muchos. Legitimidad para el amor entre dos personas del mismo sexo, no solamente para su casamiento. Ése es el cambio profundo, el de la visión de una sociedad. Un cambio conceptual. Y si las artes tienen funciones, una de ellas es hacerse eco de esos cambios, reflejar los estados de ánimo de una sociedad. Ha ocurrido en el cine: la homosexualidad salió del closet con films como Vil romance, de José Campusano; Adopción, de David Lipszyc; Plan B, de Marco Berger; y Otro entre otros, de Maximiliano Pelosi.

“En teatro, ser hetero es ser minoría.” Esta frase de un hacedor teatral quizás explique por qué no existió el mismo fenómeno en el teatro. Es que no predominan las obras centradas en la homosexualidad, sí aquellas en las que es un tema periférico, un aspecto más de la trama o de la situación narrada. Quizás hasta el público que mueve el teatro esté más acostumbrado a rozarse con el amor “prohibido”. Por lo pronto, el sello de testimonio de época de la cartelera teatral porteña se lo gana Julieta y Julieta, estrenada al poco tiempo del mítico 15 de julio.
La pieza de Lorena Romanín juega con lo prohibido en más de un sentido: Romeo desaparece y la historia de amor la protagonizan dos mujeres (Sofia Wlihelmi y Lucila Németh). Son dos Julietas que, como en el original de Shakespeare, están unidas por un amor con varios obstáculos para concretarse. En tercer lugar, la propuesta juega con lo prohibido en relación con los efectos: los clásicos son, en cierto modo, sagrados. Resisten al tiempo por sí solos, no hay entonces necesidad de cambiarlos. Escuchar a dos féminas locas de amor pronunciando textos de suma belleza que datan de 1547 –en tiempos en que la homosexualidad no era un justamente un tema– es “faltarles el respeto”, en palabras de la directora, quien viene “militando” la temática queer hace rato. Entre otras cosas, escribió y dirigió (junto a Maruja Bustamante) Plan V, la primera serie lésbica argentina para Internet.
En la versión de Romanín, la puja no se da entre dos familias enfrentadas, sino entre dos pandillas de skaters. Una la integran gays; la otra, heterosexuales. Es un cambio acertado si se piensa en la actualidad que el clásico pretende adquirir, en momentos en que la identidad se entreteje en grupos de pertenencia. Lo imposible y la homosexualidad son lo mismo en este caso. Estos grupos están igual de enfrentados que los Montesco y los Capuleto, por su visión de la vida. Y mucho recuerda a la Argentina de estos tiempos, cuando las cruces fueron el gran símbolo para opinar que no, que el casamiento entre gays estaba mal. Aquí, los skaters aportan también una estética colorida.
Un punto positivo de la pieza es la renuncia al estereotipo en el amor lésbico: si bien se entiende perfectamente cuál de las Julietas vendría a representar a Romeo, no hay en esta relación una mujer bien masculina y otra bien femenina. Y otro es el otorgar a la trama un peso más social, como ya lo hacía la película Amor sin barreras, de Robert Wise y Jerome Robbins, basada en la historia de los amantes de Verona. Es que entre las Julietas hay, además, una diferencia de clase, que se hace evidente cuando los armarios pintados con estética grafiti abren sus puertas y permiten el ingreso a las casas de cada una de las enamoradas. Mientras una es una niña bien, con una mucama que hasta la ayuda a ponerse el vestido, la otra vive con un abuelo que, se nota, cuenta las monedas para llegar a fin de mes.
No faltan las escenas típicas, como la del balcón. Los diálogos cotidianos se funden con textos de Shakespeare, que instauran un quiebre, una reavivación de lo escrito tiempo atrás. ¿Un quiebre? Es curioso: las primeras versiones de esta obra estuvieron en manos de un elenco íntegramente masculino. Pero sí, un quiebre. Porque en aquél entonces uno de los hombres hacía de mujer.
* Julieta y Julieta se muestra los jueves a las 21 en El Camarín de las Musas, Mario Bravo 960, Ciudad de Buenos Aires.