Por Paula Sabatés
Fotografía gentileza de Carolina Japas
Buenos Aires, agosto 24 (Agencia NAN-2010).- Parece tratarse de un argumento simple a primera vista: la muerte de una madre complicada, la reacción de sus tres hijos, los secretos que hay detrás de la tragedia (que incluyen una gran fortuna oculta y un presunto asesinato), la pareja homosexual del hermano del medio que detesta a la difunta y el devenir de las relaciones de una familia retorcida y oscura por donde se la mire. Pero basta sólo con echar una mirada más profunda para que empiecen a surgir nuevas maneras de pensar Godetia, la tragedia moderna del joven dramaturgo, actor y director Matías Vitali, que se presenta como una alternativa más al teatro comercial de la escena porteña. A las 18.20, todos los domingos, la puesta que se exhibe en La Ratonera Cultural (Corrientes 5552) bien podría definirse como la viva expresión del teatro alternativo, disfrazada de un atrapante psicodrama revelador de las cruentas relaciones sociales de estos tiempos, a la vez desgarradoras y apasionantes.
Protagonizada por Valeria Ariosto, Carolina Japas, Andrea Capria, Mariano Romero y el propio creador, Godetia muestra la fragilidad mundana; no presenta una solución al caos familiar y social, sino que enseña sus distintas facetas. Todos los personajes ocultan algo y cargan con una experiencia de vida que determina y condena su presente. La clave está en cómo aprenden a vivir con ello, si es que se puede aprender. Por lo pronto, los hermanos parecieran ser arquetipos de lo opuesto y lo demuestran en escena: una, el orden reinante, la heredera aparente de la “coherencia” familiar y la sólida responsable ante el inevitable devenir de lo trágico. El otro, el distinto, el hijo homosexual que la madre nunca pudo aceptar, el incomprendido. Y la menor, Silvana, un personaje realista en un trasfondo caótico y grotesco. Los acompaña Junco, la carismática y desenvuelta pareja de Francisco, el del medio, que viene a oscurecer aún más los vidrios empañados de la casa. Y detrás de todos ellos, Godetia, la otra cara de la moneda, viene a contrariar el reconocido discurso de que las madres siempre aman a sus hijos; porque ella no lo hace.
La obra cautiva debido a que, como dirá el director, presenta temas de la vida (la homosexualidad es quizá el más trabajado, pero definitivamente no el único) pero en realidad no hace más que hablar de la cotidianeidad misma. Desestabiliza, porque sumerge desde el vamos a lo más intenso y crudo de la conciencia propia. Emociona, ya que esos tres hermanos no tienen idea de lo frágiles que son/pueden ser/están siendo, y hace sonreír, porque parecen tan lejanos a descubrir la debilidad propia y no la del otro. Es que Vera, Francisco, Silvana, Junco y Godetia no son, en efecto, más que los unos y los otros del mundo, son todos; sólo que desde arriba de un escenario de la emblemática calle Corrientes. Divierte de a momentos verlos pelear, sí, -las peleas en teatro, y más si son violentas, parecieran ser un plus-, pero entretiene hasta que uno le grita al otro cuan poco lo quiere y qué tan patético lo considera. Ahí radica precisamente el golpe de la tragedia.
Godetia es juego constante. Desde que abre la obra con un exabrupto de Vera, la mayor, que desespera porque no llega el remis que los llevará al entierro de Godetia, el espectador no puede terminar de acostumbrarse a los gags antes que las vicisitudes de la escena le pidan a gritos a la pieza un cambio brusco a la emotividad. Con frases que conectan al espectador con su propia moralidad, sus prejuicios internos y las construcciones de su discurso, abundan escenas en las que lo amargo de la muerte convive con el dulce (y a la vez ácido) sabor de estar vivo, produciendo una mezcla agridulce a la que el paladar teatral debe acomodarse; no faltan las risas que de pronto son llanto, y de nuevo, en un instante vuelven a ser risas (y después de nuevo llanto). Es juego constante porque los ojos no saben si prestarle atención a una Silvana que no tiene un pelo de tonta pero juega a pedirle plata a sus hermanos o a un Junco comprador que transforma el conflicto minuto a minuto; tampoco los ojos no saben si prestar atención o cerrarse cuando Godetia despotrica en off ante un decorado que representa a la vez la casa y la tumba de esa madre que se quedó con tanto por decir.