Por Luis Paz
Fotografía gentileza de Jorge Larrosa
Buenos Aires, agosto 13 (Agencia NAN-2010).- Por qué no comenzar por pensar que la libertad, en definitiva, depende de una oportunidad. Su propio historial libertario, lector, es el mejor ejemplo. Revise los casos típicos: ¿Se fue de la casa de sus padres? ¡Tuvo la oportunidad económica! ¿Vota cada cuatro años? ¡Tiene la oportunidad democrática! ¿Convino con su amante una relación libre? ¡Tuvo la oportunidad filosófica! Casi todo lo entendido como ejercicio de la libertad es, en el fondo, una oportunidad de acción, de elección o de reflexión. Postales tumberas, el primer libro del en realidad fotógrafo y poeta uruguayo Jorge Larrosa, es un compendio de oportunidades. Narra una oportunidad, la de la banda del Gordo Valor de fugarse del Penal de Villa Devoto. El libro fue, en sí mismo, publicado por la oportunidad editorial que ofrecía el año pasado el quinceavo aniversario de la recordada gesta. Y es, incluso más allá, la oportunidad de zambullirse en la cárcel al reparo de un libro, de espiar entre los barrotes desde un sillón al lado de una estufa, y de quedar desnudo y dejando a la vista la propia reclusión, aún quien nunca haya pisado una comisaría.
Jorge Larrosa asegura que en la cárcel, el espacio donde ocurren sus Postales tumberas, la búsqueda de la libertad va de la mano de los códigos y del respeto. De hecho, su primer libro narra una historia de libertades conseguidas a través de códigos y respeto, la de la banda del Gordo Valor. El Zurdo es el eje narrativo, el testigo y en parte el protagonista de aquella gesta. Pero lo más grato es que Larrosa, conocido como Poeta de la Zurda y como letrista de Andrés Calamaro, usa la oportunidad de que le presten atención y, tras de los hechos más duros y las situaciones más anecdóticas del tiempo que el Zurdo pasa allí, pone al personaje a mirar, a pensar(se) y le da una voz bien personal, muy rica para la narración pero más para la reflexión.
Las sonrisas escapan de las comisuras y buscan trompear a los pómulos en cada cambio de capítulo o en cada mirada ácida de Larrosa. Sus palabras escritas (e inimputables en tanto narración) reproducen el ritmo de los pasos del autor de “La ranchada de los paraguayos” y gen del Convoy Larrosa, la banda en la que los Nikita Nipone sí ponen la música y Calamaro la voz a las canciones de Jorge. Cuando el petiso uruguayo camina, va más allá de todo y de todos. Y cuando escribe, va igual: va, va, va. Hace ir al Zurdo a estudiar en la cárcel. Lo hace aprender a los gritos los códigos de los guardias penitenciarios. Lo hace pasear por el palito, las escaleras meadas, el pabellón después de una requisa, el camino de una fuga. Es tan gráfico, simple y en la mayor parte de las ocasiones ocurrente, que el que lee se va, va y va.
“El libro arranca en la insistencia continua, en ir a criar orín en la recepción de las editoriales”, cuenta Larrosa. La que finalmente cambió el balde fue Aguilar. Y la presentación del libro vino a fines de agosto del año pasado. Tal vez lo recuerde, fue el evento en el que Calamaro prendió un porrito y los medios recalcitrantes se olvidaron de Postales tumberas. Una injusticia, porque es un muy buen libro.
–Cuando la fuga ocurre, uno se siente libre, se va con ellos. Es como si al terminar Postales tumberas se hubieran recorrido tantos pasillos de Devoto como carriles de la mente, de la conciencia. ¿Por qué ocurrirá eso?
–Estas Postales tumberas son las sensaciones de quien perdió su libertad y cómo se maneja en el encierro. La mente humana es un cúmulo de sorpresas y cómo funciona en la cárcel o cómo cuando leés este libro es totalmente impredecible. Adentro, algunos de los más duros se entregan a la fosa de la tumba y se olvidan de todo. Cuando Robledo Puch pudo salir en libertad, no lo hizo, prefirió seguir adentro. Creo, no soy un experto en el tema, que entenderlo así se puede deber a la situación en que se encuentra el lector. Estar preso significa que uno debe encontrar una salida o quedarse en el molde.
–Como en la vida, en definitiva. Ahora, ¿qué pasa con la libertad del que no está adentro pero que tampoco es un lector? ¿Con la libertad del que está a la intemperie o el que no goza de otras oportunidades?
–Creo que en eso el libro marca una posición. La inseguridad la crea la política, al ser indiferente con la caída del sistema educativo. Con mayores penas no se solucionan las cosas que están ocurriendo. Si se ocuparan de crear y de mantener más establecimientos, con abrigo, con higiene y con una alimentación real, y no ésa que es un negocio para las empresas de los amigos del poder, los pibes irían a estudiar en vez de salir a delinquir.
–De hecho, el Zurdo va a estudiar, hace el CUD ni bien pisa la cárcel, rinde el primario libre, empieza el secundario en cana.
–Estudiar, en la cárcel, no es un tema de tiempo libre, sino que el tiempo libre se debe usar para estudiar. Estudiar en cana es estimular el músculo de la creatividad. Fijate el caso de Camilo Blajaquis… (el pibe que tras leer a Arlt en un penal fundó una revista literaria cuando salió en libertad). Además, estudiando zafás de tumbearte.
En un momento de su relato, en la página 99 precisamente, el Zurdo rinde el primario libre estando en la cárcel, frente a una docente que lo intriga. Cuando la profesora –a la que, en un rapto de liberación, él Zurdo llama “señorita”– le comenta que se volverán a cruzar en el secundario, donde da Literatura, el Zurdo toma una decisión: “Seguir estudiando. Ya no lo haría simplemente para que pasara el tiempo; cuando estuviera en la calle también iba a estudiar, aunque siguiera delinquiendo. Porque él, de alguna manera, era un bandido revolucionario y urbano”.
–El bandido revolucionario, ¿es opuesto al tumbero?
–Hacerse tumbero es entregarse a la tumba, entrar en los bártulos de las pastillas o quedarse a vivir ahí. Es abandonar la búsqueda de una salida, de formas autodestructivas a veces. Es como estar afuera y abandonarse al alcohol hasta perder el conocimiento o a las drogas destructivas, como el paco. Tumberos hizo mal porque fue una ficción cachivache que confundió a tumberos con bandidos. El bandido que se precie de tal piensa en salir y no anda tranzando con la yuta. Los delincuentes de los cuales hablo en el libro no metieron la mano en la lata del estado, eran ladrones de códigos por naturaleza aprendida. Robaban bancos, sí. ¿Y los bancos no lo hacen a sus clientes?
–En la cárcel debe haber muchas cosas ilegales que se sienten legítimas. Como fuera hay cosas legales totalmente ilegítimas. ¿Es así? ¿Darías algún ejemplo?
–Ayudar a un compañero que está detenido en un penal es legítimo e ilegal. El corte ruralista de Gualeguaychú es legal pero ilegítimo.
–¿Cuánto de eso y del modo en que narrás la historia tiene que ver con el respeto y con los códigos?
–El respeto te lo enseñan los mayores pero los códigos son una regla para tener una identidad. En el libro apunto a que si estudiás nuestra historia y aprendés, entendés lo valioso del respeto, que hay que ganárselo pero aplicarlo con todos siempre que puedas. Los códigos son para el grupo que integrás. Hay bandidos de verdad, chorros que son chorros-chorros, que no han estudiado pero conocen los códigos. En los viejos códigos, el chorro es chorro. En la política no hay códigos. ¿Viste algún político robando de caño en un banco? Son acusados de narcotráfico, de sostener puteríos. López Rega, Stroesner, el de Pinamar, Imbelloni y muchos políticos más que estaban en otro país.
–Incluso sin delincuentes, con tantos hijos de puta como esos sueltos, ¿es posible un mundo sin cárceles?
–Antes que eso, ¿es posible un mundo sin policías? No, porque siempre habrá reglas que romper. Son hechas por hombres y siempre hay alguien que no va a estar de acuerdo. En eso, la Humanidad es como el Quijote de la Mancha.
–Tres cortitas como ducha de preso: ¿por qué sacás fotos?
–Porque cobro y es algo agradable de hacer.
–¿Para qué escribís canciones?
–Para lograr algún hit, ha de ser el ego.
–Y ¿para qué hiciste este libro?
–Para dar a conocer mi religión.