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Discos: “The Roots of Chicha – Psychedelic Cumbias From Peru” (Varios artistas, 2007).-

Diecisiete canciones de grupos fundamentales de un género popular que mezcla los sonidos de la región norteña de Sudamérica en soporte cumbia, la música indígena con lo urbano de la tecnología.


Por Luis Paz

Buenos Aires, junio 7 (Agencia NAN-2010).- Hubo un género que nació y se expandió cuanto pudo, en simultáneo al Swingin’ London que fue base para la psicodelia sajona, pero aquí nomás, en el Altiplano y en el Perú amazónico. La chicha, mezcla de los sonidos de la región norteña de Sudamérica en soporte de cumbia, una experiencia psicodélica que resignificó el uso de teclados, percusiones y pedales de efectos para guitarra y los revolvió en ayahuasca con los oficios andinos tradicionales. Por mala prensa o por el maléfico plan de quien intentó y logró ocultarla (y este tipo de acusaciones, a medida que se analiza más de cerca la cultura, parecen menos una paranoia y más una sana desconfianza), la chicha no llegó a ser todo lo importante que pudo, en tiempos del Club del Clan y de versiones rioplatenses de los grupos de moda del Reino Unido sumido en la psicodelia del ácido. Como un buen gesto apareció en 2009 editado aquí el compilatorio The Roots Of Chicha – Psychedelic Cumbias From Peru.

Diecisiete canciones de grupos fundamentales como Los Hijos del Sol, Juaneco y Su Combo, Eusebio y Su Banjo o Los Mirlos, mucho más conocidos aquí por su “Danza de los Mirlos”. Pero no sólo cumbia es la chicha: “Cariñito” de Los Hijos del Sol o “Mi morena rebelde” de Eusebio y Su Banjo están tan cerca de la canción folklórica peruana como del beat de las bailantas, si en las bailantas hubiese sucedido la psicodelia, si allí hubiera despertado el LSD, poniendo a todos en una gran siesta de delirios soporíferos. De tan heterogénea, la chicha termina unificándose como relato experimental y moderno de la diversión del paisanaje, desde la selva al Alto Perú.

Si bien se trata de grupos sobre los que los melómanos tenían cierto conocimiento antes de la edición de este compilado (que aquí publica Random Records), estas músicas no dejan de ser populares y su encanto es fácilmente hallable, para el más como para el menos cercano a la cumbia, a los bailes tropicales o a la psicodelia de la urbe posmoderna. Llantos felices como “Ya se ha muerto mi abuelo”, de Juaneco y Su Combo; fascinaciones como “Elsa”, de Los Destellos, y hasta una relectura cumbiera del “Para Elisa” de Beethoven, en manos también de este último grupo, tienen tal pulso que aún al más reacio le arrancarán su puro movimiento.

Que se ha aprendido a disfrutar, celebrar y hasta defender a la cumbia en los últimos años, podrá bien ser parte de una estrategia de marketing viral o de haber llegado finalmente a comprender su pulso, pero lo que en definitiva importa es que este rescate, como bien lo han tenido el rock, el pop, el blues, el chamamé o la rumba, aporta reales herramientas para el análisis musical y cultural de la región: se trata de textos fundacionales del ritmo autóctono. “Cumbia amazónica”, como fuera originalmente bautizada, por su cercanía a la cumbia colombiana, es lo que incluye este disco fundamental. Pero unas cumbias atravesadas por las escalas pentatónicas de la música andina, festivas, con un desarrollo carnavalesco (o lo que vale también, con fisonomía de carnavalito), momentos de son cubano y distorsiones del surf rock tan clásico y moderno, ocurrido allí nomás de Los Saicos. Música indígena, en fin, cruzada con lo urbano de la tecnología (y lo tecnológico de las ciudades), en un resultado similar al reggae jamaiquino o los ensambles de percusión africana que incorporaron sintetizadores.

O también una música sin tiempo, dotada del mejor tempo; canciones de protesta y de festejo, como los carnavales en los barrios o los bailes en las sociedades de fomento. Pequeñas experiencias de socialización musical interclasista y de múltiples orígenes. O el definitivo canto de los hijos de los hacheros amazónicos y los mineros andinos, con Stratocasters en la mano.