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Felco: “Lo simbólico que representa el arte como capital social está completamente relegado”.-

Así lo subraya Juan Morcillo, uno de los organizadores de la octava edición del Festival Latinoamericano de la Clase Obrera, que se desarrollará durante todo el mes en variadas sedes de la Ciudad de Buenos Aires, las localidades bonaerenses de Temperley y Quilmes y la provincia de Tucumán. El abanico de actividades, todas gratuitas, incluye talleres de lectura, obras teatrales, espectáculos de danza y recitales al aire libre. “El Felco no es un fin en sí mismo, sino una herramienta de una lucha más compleja y grande que incluye no sólo al argentino, sino a todos los pueblos del mundo. Al fin y al cabo, la gente que trabaja es la mayoría de la humanidad”, afirma.

Por Ailín Bullentini
Fotografías de María Luz Carmona (2) y gentileza de Felco (1)

Buenos Aires, mayo 14 (Agencia NAN-2010).- Machete en mano, un obrero con exceso de energía que se acumula en sus venas y las empuja a romper las barreras de la piel, desmaleza un campo de pastos que cubren su altura, abriendo camino, a lo largo de América latina, a la unión de artistas que “por laburantes”, pero principalmente porque “el arte es la expresión más humana en la sociedad de hoy, en la que el resto es alineación para ir a trabajar, tratar de zafar y descansar viendo la tele”, se ubican “en la trinchera de la clase obrera”, en “la lucha por su liberación”. Esa es, probablemente, la escena que mejor representa la esencia del Festival Latinoamericano de la Clase Obrera (Felco), que está cumpliendo, en mayo y en Argentina, su VIII edición. Agencia NAN recorrió junto a Juan Morcillo, uno de sus organizadores, la historia del evento que, en su paso por el país y Bolivia, Chile, Brasil y Uruguay, recogió experiencias artísticas y culturales que “tanto por la obra en sí, como por el tipo que la produce, apuntan y adhieren a la liberación de la clase obrera. Es un ‘contá con nosotros‘ que les decimos a los obreros, en esta ocasión, desde el arte”.

— ¿Para qué sirve ese “contá con nosotros”? ¿Qué aporta?
— Nadie puede comer un cuadro. Nadie se va a tapar de la lluvia con una película y se podrá vestir con una obra de teatro. No es la producción artística propiamente lo que ayuda, a pesar de que lo haga el desarrollo del capital simbólico, que es tan importante como taparse de la lluvia, comer o vestirse. Lo más importante es la posición de ese artista en la lucha de clases.

Durante un mes, todo aquel al que le venga en gana puede disfrutar, de manera gratuita, películas, obras de teatro, muestras plásticas y jornadas de lectura que luego generarán mesas debate y, hacia el final del festival, una asamblea general. La iniciativa nació en 2004, desde la agrupación de cine documental y militante El Ojo Obrero. “Formábamos parte de un conjunto de grupos que buscaba con el cine documental, registrar justamente la situación social y política de Argentina, básicamente desde el ’99. Pero además de documentar el presente, también recuperar una historia de arte militante que creció a fines de los ’60 y principios de los ’70 que la dictadura liquidó. Pensábamos que debía haber en el resto de Latinoamérica gente haciendo lo mismo que nosotros, al calor de los devenires políticos y sociales, y se nos ocurrió construir una red que nos mantuviera en contacto. Entonces, hicimos la primera convocatoria de características políticas, por supuesto”, expuso Morcillo.

— ¿A qué te referís?
— La idea de invitar no era reunirnos para ver cuántos éramos; no era “vení, presentá tu película”, sino “frente al cuadro de situación de explotación, vamos a debatir”. La convocatoria estuvo siempre destinada a artistas de organización independiente que están de un lado de la trinchera de clase y al mismo tiempo tienen sus propias reivindicaciones por las cuales pelear; a tipos que saben a qué apuntan con su arte y por qué quieren luchar en su vida. Queríamos reunir todo el material que había surgido a partir del arte militante en Latinoamérica e intercambiar experiencias políticas de cada país, de cada grupo: queríamos compartir cuál era la visión de cada grupo documentalista o realizador individual de aquéllo que estaba filmando. Pero todo esto no era más que una intención nuestra, no contábamos con ninguna certeza. Lo primero que ocurrió fue que llegaron 150 películas, cuando los más optimistas pensábamos que no iríamos a recibir más de 20 o 40.

— Respecto de sus sedes, el Felco parece una fusión de dos mundos: el de la circulación oficial y comercial del arte y el de la alternativa. ¿Lo ven así?
— Es un debate que está vivo al interior del festival. El desafío se presentó no bien arrancamos, cuando recibimos las 150 películas: ¿cómo hacíamos para pasarlas todas? Salimos a buscar sedes: asambleas populares, comedores barriales, fábricas recuperadas, centros de estudiantes y culturales. Pero también queríamos que el festival tuviera una semana central, así que le pedimos al Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales (Incaa) que nos cediera algunos de sus espacios. Finalmente, nos dieron un par de días en el Espacio Tita Merello y en el Palais de Glace, pero tuvimos que luchar, movilizarnos, porque estaban totalmente en contra. Para ellos no tenía ningún peso el festival. De hecho, el cine que nosotros hacemos, filmado en digital, no es considerado cine por la ley nacional porque no está terminado en (el formato) 35 mm. Las primeras respuestas del Incaa fueron que no teníamos nada que ver con ellos. Pero les ganamos poco a poco. En 2007, logramos una semana entera en el Tita y que el Incaa sacara una resolución apoyándonos. A regañadientes, claro, pero ya no lo podían ocultar.

— ¿Por qué la necesidad de obtener el reconocimiento del Incaa?
— Para tener una semana central, darle otra entidad al festival y, además, porque siempre fue parte de la intención del Felco el recuperar para el pueblo todos los espacios que el Estado no utiliza para la difusión de determinados géneros. Tiene complejos, espacios y recursos económicos que no pone a disposición del caudal de producción artística que nace del pueblo, sino al del mercado comercial, para subsidiar o publicitar arte de ricos para ricos. No apoya ningún tipo de producción, distribución ni exhibición de muchísimas disciplinas artísticas populares. La política educativa al respecto de las escuelas artísticas es de vaciamiento y cierre. Vivimos desde hace bastante tiempo un ataque permanente a la producción cultural; el capital simbólico que representa el arte como capital social está completamente relegado. Es un ataque directo a la superación propia del pueblo argentino, así que toda cosa que le podamos arrancar al estado, al respecto de recuperarla para la distribución y exhibición de diferentes disciplinas artísticas, es una victoria.

— ¿Qué cualidad tiene que tener una expresión artística para formar parte del Felco?
— Ninguna. Otro punto que sigue vivo en el interior del festival, en debate, sobre todo al calor de su crecimiento y expansión a otras disciplinas. Felco nació como un festival de cine militante, pero en la asamblea final de Brasil 2006 decidimos abrir el telón a otros rumbos del arte. No paraban de llegar propuestas de artistas que estaban completamente de acuerdo con la convocatoria política, pero su arte era otra cosa. Y ahí surge el punto gris: ¿cómo hace uno para determinar el posicionamiento político de la obra en sí? Si el tipo no la titula La toma del palacio de invierno, quizá el cuadro que muestra una serie de colores y formas no te lleva a su ideología directamente. Lo mismo pasa con alguien que hace música instrumental. ¿Al festival qué le interesa, entonces? La ideología política de la obra o el posicionamiento del artista. En 2007, tal debate devino en un documento con la postura del festival respecto a esto, en el que definimos “arte militante” como toda aquella producción artística que esté, tanto por la producción como por artista que la produce, del lado de los trabajadores y la lucha por su emancipación política. Nos colocamos del lado de la total libertad formal en la presentación al festival. Lo que nos importa es eso último. Así, logramos reunir un grupo de producciones artísticas tan ecléctico como éste, que cuenta con un graffiti de la cara de Julio López, una foto con una bandera que dice “Treinta años en lucha”, la instalación “El agua vale más que el oro” y un paisaje liso y llano. No existe período de selección para integrar el Felco tampoco. El arte no tiene que competir con el arte. Eso nos obligó a buscar más sedes y a hacer más grande al festival, y nos sigue obligando hoy en día.

— ¿Cómo se sostiene la organización de un festival de las magnitudes del Felco, que cuenta con más de cien sedes en el país?
— A partir de comisiones. Felco nació en Buenos Aires, de la mano de los integrantes del grupo de cine militante El Ojo Obrero, así que casi todos los integrantes de la comisión de Argentina tienen unión con esa organización. Pero además se conforma una comisión organizadora en cada provincia donde hay sedes, y en cada país adonde viajó el festival, como Brasil, Bolivia, Chile, Uruguay. Estamos organizando uno en Costa Rica ahora. Y hace un par de años decidimos conformar una comisión de coordinación internacional para mantenernos siempre en contacto. Para que el Felco viaje a un país o se abra a una ciudad nueva tiene que haber un acuerdo con las tres patas que le dan entidad al festival: la convocatoria, que siempre tiene que ser política, más allá de cultural; la forma de organización, que debe ser horizontal; y la realización de mesas de debate en relación a las expresiones artísticas que forman parte del festival, y la asamblea, al final, que no es un resumen artístico de lo que sucedió durante el mes sino una reflexión política del encuentro. De las asambleas participan público y artistas, pero principalmente artistas.

— ¿Alcanza un mes en el año para reflexionar políticamente sobre el arte y su relación con el movimiento de liberación de la clase obrera que propone el festival?
— Una de las propuestas del Felco es que en cada lugar adonde llegue, el espacio generado siga funcionando durante el resto del año. Claro que no somos inocentes y sabemos que todos, o la inmensa mayoría de los artistas que participan, tienen una tendencia política previa al evento. No es que vienen vírgenes de toda posición y su integración modifica su manera de leer el mundo. Pero la idea es generar una red que nos una, que reúna a cada vez más artistas y espacios con esta visión. Un ejemplo fue lo que sucedió cuando la toma de Indugraf. No había un Felco en Buenos Aires en ese momento, pero nos reunimos varios y armamos un festival en apoyo a los laburantes de la fábrica recuperada. Esa red funciona permanentemente. No es que nos juntamos durante un mes y el resto del año nos vamos a dormir. Sigue funcionando como artistas unidos en sí.

— ¿Cómo manejan la relación con el pueblo? ¿Cuál es la respuesta?
— Es muy complejo resolver ese intríngulis, porque hay una historia previa que se basa en más de tres décadas de aplastamiento de la clase obrera. Vivimos un desgaste de todo, incluso y sobre todo la esperanza. Venimos de una larga historia de liquidación de la vanguardia del conjunto de la población. El descrédito hacia la política está construido sobre la base de la falta de respuesta. Como finalmente no se fueron todos, desde los partidos políticos no han hecho nada por romper el descrédito. Y esta situación se soluciona con compromiso en la organización social. Hay muchos movimientos de resistencia y de avance que hay que seguir nutriendo. El Felco no es un fin en sí mismo, sino una herramienta de una lucha más compleja y grande que incluye no sólo al argentino, sino a todos los pueblos del mundo. Al fin y al cabo, la gente que trabaja es la mayoría de la humanidad.

* Horarios, sedes y días de las actividades del Felco: www.felcoargentina.com.ar