En una charla distendida pero muy profunda con Agencia NAN, el escritor de Apuntes para una biografía (Simurg) habla de todo: su última novela, la revolución, su militancia, la representatividad, la dictadura, la memoria, el pasado y la literatura.
Por Facundo Gari
Fotografías de Cecilia Villegas
Buenos Aires, abril 30 (Agencia NAN-2010).- En cuanto a su estructura dramática, Apuntes para una biografía (Simurg), la nueva novela de Alberto Ramponelli, podría dárselas de curtida y gritarle a otros varios libros en la biblioteca: “¡Cuando vos fuiste, yo fui y volví!”. Y de los presentes –en un estante imaginario, claro– sólo Crónica de una muerte anunciada podría devolverle un gesto de incredulidad. Pues similar al efecto logrado por Gabriel García Márquez es el que el escritor con residencia en la ciudad bonaerense de Morón obtiene en el devenir de las 186 páginas que hacen al objeto: el suspenso crece a pesar de las certezas otorgadas al arranque. De todas formas, el punto de partida no es un asesinato, sino la llegada a la Argentina de fines de 1969 del gurú Edward Echenique, deportado de Estados Unidos y vuelto a las pampas vernáculas con la esperanza de conformar un cuadro político de tendencia maoísta. O eso es lo que creen quienes primero se le aproximan, porque detrás de ese velo se ocultan sus verdaderas intenciones. “La famosa ‘estrategia Echenique’ consiste en reclutar gente a través de una actividad política. A aquellos en los que ve inquietudes distintas, este personaje los lleva a un grupo secreto de búsquedas espirituales”, cuenta Ramponelli, mientras echa un vistazo a los acrílicos que encierran las fotografías grises de presencias ilustres que agraciaron el café La Perla del Once, donde ocurre la cita con Agencia NAN.
“Alguna vez, Macedonio Fernández, Leopoldo Marechal y Jorge Luis Borges se dieron cita en este bar”, añora el novelista de El último fuego y Viene con la noche, y convida una costumbre añeja: “Desde hace mucho tiempo, ejerzo una rutina: todas las mañanas voy a un barcito de Morón a tomar un café, fumar y leer. Es una especie de ritual espiritual, entro en otra dimensión, una experiencia cuasi religiosa. Los bares y las tabernas son lugares de encuentro, de proyectos”, afirma con su voz de bajo. La charla se bifurca luego hacia el sendero de la inmortalidad, tal vez por la finitud que transmite encontrarse en el camarote para fumadores: “Los grandes escritores son atemporales, van más allá de la genuina actualidad. Borges peleó con el peronismo y con los nazis, pero perdura porque escribió de lo actual hacia adelante y porque los conflictos de una época se repiten con otros ropajes”. Curiosamente, es él quien lanza la primera interrogación: “¿Cómo se interesaron en hacer esta nota? Porque una cosa es entrevistar a Fogwill, que es un escritor conocido y se saca fotos en cuero, y otra es a mí”. La respuesta es la primera pregunta.
— Uno de los puntos interesantes de la novela es que aborda una época en la que la palabra “revolución” resonaba en la boca de muchos jóvenes, pero a través de un protagonista que la concibe no como un cambio en la Tierra sino en el espíritu.
— Todo cambio que se haga en la superficie no es un cambio sustancial. En algún momento se dio la controversia sobre qué hay que cambiar: las condiciones materiales de vida o la conciencia. El marxismo postula que cambiando las condiciones materiales se cambia la conciencia. Y hay quienes dicen que no, que primero es preciso cambiar la conciencia porque los cambios materiales no son suficientes. Hay un libro del escritor ruso Isaak Babel, que acompañó la Revolución Rusa, que se llama Caballería roja. Es espléndido, un puñado de cuentitos, crónicas en las que describe la campaña revolucionaria del Ejército Rojo contra el zarismo. Los bolcheviques derrotaban a un grupo de soldados del zarismo y tomaban preso al general. Y como les faltaban cuadros militares, lo obligaban bajo amenaza de fusilamiento a dirigir los ejércitos bolcheviques. Entonces el general cosaco aceptaba. Babel decía que a pesar de que ese general pasaba de la reacción a la revolución, se continuaba subiendo al caballo del mismo modo. Las condiciones materiales hay que cambiarlas, sobre todo porque hay gente que se muere de hambre. Ahora, que eso sea realmente un cambio… Pero es una controversia, una polémica. ¿Tiene que cambiar primero la sociedad y después los hombres? ¿O viceversa?
— ¿Guarda relación con la cuestión de la representatividad?
— Ése es un tema. Somos millones de personas. Un presidente no puede conocer a todos los ciudadanos. En el siglo XIX, la doctrina de malthusiana decía que el gran problema de la humanidad sería la superpoblación. En ese entonces se cuestionó, pero yo creo que es un problema porque el número de habitantes crece y crece. Y va a llegar el día en el que el mundo va a rebalsar. Ya hay grandes problemas con la energía, con la provisión de alimentos. Administrar una masa humana tan grande es un tema complejo.
— Volvamos a Echenique…
— El personaje viene de EEUU, donde conoce todo el movimiento contracultural norteamericano de los años ’60 que después se empalmó con la Guerra de Vietnam. La juventud de esos años practicaba tanto el hipismo como la protesta social y política juntos. En ese tiempo podías ser hippie, protestar contra la Guerra de Vietnam, hablar de los derechos de los negros y las minorías oprimidas y la liberación de la mujer. Acá en Argentina, en cambio, se cuestionaron todas esas cuestiones porque había que hacer la revolución. Fue muy duro desbaratar algunos prejuicios e integrar algunas cosas. Y a mí me interesó poner un personaje así, que viene con esa cultura de EEUU y la quiere aplicar acá, en la militancia política de los jóvenes argentinos.
— ¿Es un personaje completamente ficticio?
— Puede haber existido. Hubo un tipo entre los ’60 y los ’70, pero que lo hizo de modo separado: Silo. Él era un líder esotérico, pero después dejó eso, se fue a hacer política y fundó el Partido Humanista. A mí me gustó hacer un personaje que juntara los dos aspectos para, digamos, trabajarlo con una parte oculta y una visible. Siempre hay una zona misteriosa en el hombre. Echenique postula que la revolución social y política no alcanza, sino que debe haber un proyecto mayor. Cortázar pensaba algo parecido. Él polemizó mucho, siendo durante el último tramo de su vida, después de la Revolución Cubana y el sandinismo, de una postura de izquierda. David Viñas lo cuestiona, lo llama “pequeño burgués”. Pero Cortázar decía que para alcanzar al hombre nuevo, no basta solamente con cambiar ciertas cuestiones materiales, sino que debe surgir de la mezcla entre socialismo y poesía.
— La novela se llama Apuntes para una biografía. ¿Es una revisión del pasado?— No del pasado general. Me permitió hacer un repaso por épocas que yo viví muy intensamente: el hipismo, el nacimiento del rock argentino, la politización. Milité en el trotskismo, en el Partido Socialista de los Trabajadores (PST). Primero era el Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT), y en los ’60 se dividió en el PRT-La Verdad, de Nahuel Moreno, y PRT-El Combatiente, (de Mario Roberto) Santucho, de donde nació el Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP). La escisión se dio porque había un sector del PRT que, siguiendo el pensamiento de la Revolución Cubana, quería dedicarse a la guerrilla. Entonces, Nahuel Moreno se quedó con el sector trotskista, que reivindicaba la movilización de masas. Después él hizo el PST, en el ’73, cuando volvió (Juan Domingo) Perón, y nos presentamos a elecciones. Luego, en la clandestinidad, se formó el Movimiento al Socialismo (MAS), y ahora hay como doscientas derivaciones. Viví intensamente esa época: el salir de la militancia durante el golpe militar, la desaparición de un cuñado mío, mi suegra en Madres de Plaza de Mayo… Fue una situación familiar muy fuerte y un rearmar mi vida.
— ¿Cómo fue para usted abandonar la militancia?
— Fue muy difícil. Había militado del ’70 al ’76. Me captaron en una fábrica en la que trabajaba, porque era un obrero intelectual, leía cosas. Primero buscaron conectarme con la guerrilla, pero un grupo me hizo entender cuál era el camino. Fue difícil porque en la militancia política de esa época te entregabas absolutamente si eras de un cuadro político. Los simpatizantes eran otra cosa, pero yo estaba en la mesa política del PST. Toda tu vida se organizaba en torno a eso, era fulltime. Salir de ahí con una dictadura alrededor fue complejo. Salimos con mi mujer, decidimos tener hijos y hacer nuestra vida. A partir de ahí me fui replanteando cosas. Tengo una mirada crítica sobre la izquierda, que deslizo en la novela, como también la tengo sobre el sistema y demás.
— No, ya escribía, pero la militancia te hace dejar todo. Escribía volantes y los compañeros de dirección me cuestionaban que eran muy literarios. Hace poco en una marcha uno de mis cuñados que militaba conmigo se encontró con un viejo dirigente colorado de aquella época, que era mi dirigente regional. Él le preguntó por mí y mi cuñado le contó que escribo, que publiqué libros. Y el colorado se agarraba la cabeza: “¡Pensar que yo le corregía los volantes!”. Lo que pasó es que volví a escribir y a tocar la guitarra, pero en el ’77 empecé a hacer talleres literarios y me metí en ese camino. — En la novela el golpe militar aparece de forma solapada. ¿Qué buscó?
— Quería que fuera un marco. Se han escrito novelas, hay productos artísticos acerca de la dictadura. A mí me interesaba tomar esa época como un marco muy particular pero meter conflictos individuales, personales.
— ¿Y la Iglesia? Es crítico con ella no sólo desde la elección de personajes interesados en las ciencias herméticas sino en que los dos curas que aparecen son uno un sinvergüenza y el otro, un “tercermundista” que alega que la Iglesia “domestica”.
— Yo no rechazo lo religioso, lo sagrado en el hombre, pero desconfío de la institución como en política desconfío de los partidos. Me considero precristiano, cercano al paganismo. De hecho, a Echenique lo hice con una postura neopaganista cósmica. Está linda la teoría de los vuelos espaciales, la tomé un poco de (Ray) Bradbury.
— A ver, ¿en qué consiste?
— La teoría que esboza Echenique es que los vuelos espaciales van a producir un cambio en la conciencia humana. Los que habitamos la Tierra tenemos una especie de cordón invisible que nos ata. Salir fuera de la atmósfera implica librarse de la gravedad. Y eso genera un cambio mental, una transformación psíquica. Romper con la Madre Tierra. Y eso en parte ha sucedido. Muchos astronautas han vuelto con ideas místicas, porque esa experiencia es muy fuerte. Repentinamente estás en otra dimensión, en otro plano. Echenique postula que los viajes espaciales van a producir cambios en la psiquis, con una teoría esotérica que dice que la ciencia, la tecnología, la materia produjo una “desespiritualización” del hombre. Hemos remplazado la fe por el culto a lo tecnológico. Hay gente que va a la iglesia los domingos pero después venera más los objetos materiales que a su dios. Los mismos curas realizan la misa de una manera muy rutinaria y gastada. William Blake tiene “La canción del pequeño vagabundo” en la que le pide al cura que vaya a dar la misa a la taberna porque la iglesia es fría y el bar es cálido, hay cerveza y están los amigos.
— Con personajes que se remiten tanto al pasado, ¿cuál diría que es la importancia de la memoria?
— La memoria tiene un valor colectivo y un valor personal. En el segundo caso, te permite ser una constante revisión de lo que fuiste, de las ideas que tuviste, de tus creencias. Yo estoy en constante polémica con el joven que fui. Una sana polémica. Me replante qué fue lo que hicimos los jóvenes de los ’70 que no prosperó el cambio y que, por el contrario, tuvimos semejante desgracia que fue la dictadura. Creo que nuestro error fue la desmesura, querer un cambio drástico y absoluto cuando la sociedad no lo quería. Eso me planteo.
— Además de escritor, usted es docente de literatura, ¿cómo analiza la producción artística actual?
— Durante los últimos años de la dictadura ya habían empezado a surgir talleres literarios en catacumbas, discretamente. Con la democracia sí hubo un estallido. Hay un movimiento cultural interesante, se escribe mucho. Pero me parece que, salvo excepciones, no se escribe un buen nivel literario. ¿Dónde está el Borges de hoy? ¿Y el Marechal, el Cortázar? Y en música, ¿dónde está el Spinetta actual? ¿El Charly? ¿El Indio Solari de ahora? Hay escritores y músicos, pero no sé si están a esa altura. Se dio un proceso de caída de valores y de paradigmas. En los ’90 hubo una cuestión de frivolidad hacia el arte. Ahora son todos premios literarios y el escritor es una figura pública. Antes, vivían y se comprometían profundamente con la realidad. En poesía sigue habiendo grupos, pero los narradores son figuras individuales. Y ahora es tan importante la figura pública del escritor como lo que escribe. Y me parece que no debería ser así. Un escritor es lo que escribe. No me importan las excentricidades, aunque siempre las hubo.