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Libros: “Zombies!” (Luciano Saracino, 2009).-

Desde sus comienzos hasta la actualidad, las películas sobre muertos vivientes fueron un clásico del cine. Sobre este tipo de films, de vasta producción a nivel mundial, el autor realiza un racconto y análisis con una versatilidad envidiable desde otras incursiones enciclopédicas.

Por Facundo Gari

Buenos Aires, abril 18 (Agencia NAN-2010).- El tiempo y el espacio no cambian, sólo la percepción que se tiene sobre ellos. Ergo, cambian. Y lo hacen campo a traviesa: objetos, sujetos y circunstancias se modifican en el entramado que esas coordenadas implican. En Zombies! Una enciclopedia del cine de muertos vivos (Fan), Luciano Saracino realiza un racconto y análisis de las obras fundamentales (y de las otras también) del cine dedicado a los muertos vivientes, atento al contexto histórico social y al tipo de discurso que se busca multiplicar, con una versatilidad envidiable desde otras incursiones enciclopédicas.

“Yo vi El regreso de los muertos vivos, ¿hay alguna otra?”, cuenta el autor de 32 años que le preguntó un amigo. No le habrá roto la nariz por amistad: los títulos que Saracino repasa en su libro exceden los 400. ¿Tantos hay? Bueno, para un subgénero que tuvo su primer atisbo en 1920 son, en rigor, pocos. La obra “maestra” que abre el libro y la historia del cine de “zombies, sangre y tetas” es El gabinete del Dr. Caligari (Robert Wiene), en la que “un sonámbulo llamado Césare es dominado por un terrorífico y desquiciado Caligari que lo obliga a cometer atroces crímenes”.

Zombie a zombie, Saracino repasa la sinopsis de algunas películas y su trascendencia en lo que se llamó el cine clase B, así como realiza una lectura de estos seres tan de regreso en los últimos diez años como vampiros y hombres lobo. Por ejemplo, de Caminé con un zombie (Jacques Tourneur, 1943) otorga un breve diálogo que pone en el tapete la construcción de una otredad: uno de los personajes escucha un ruido y pregunta quién es, y cuando el zombie contesta que es “un zombie”, recibe por respuesta: “¡Qué susto! por un instante pensé que era un sucio esclavo de nuestra plantación familiar.”

En los ‘50, cuando la Unión Soviética era la gran enemiga de Estados Unidos y el macartismo, las películas de chupa cerebros fueron vehículo de propaganda política: “Haití no era una amenaza, quedaba lejos. El cine de terror y de catástrofe era perfecto para crear pánicos desmesurados contra el comunismo”, explica Saracino. En esa línea se encuentran Invaders from Mars (William Cameron Menzies, 1953), Vinieron del espacio (Jack Arnold, 1953), La invasión de los ladrones de cuerpos (Don Siegel, 1956) y The brain eaters (Bruno Ve Sota, 1958), entre otros.

Ese fue el camino hasta la aparición de “un tal George Romero”, con La noche de los muertos vivos (1968). Los Beatles, la lucha pacífica, las drogas, la igualdad racial, la Revolución Cubana, el Mayo Francés y las minifaldas: “Las miradas parecían estar cambiando”, contextualiza el autor. A partir de este film, el terror ya no provendría de lejanas tierras. “Los zombies serían nuestros vecinos, familiares, nosotros mismos. El mundo supo que con el terror se podían decir algunas cosas como que el capitalismo es tan voraz y salvaje como el poder de los monstruos”.

A fines de los ’70, los zombies llegan también a España e Italia de la mano de Jesús Franco, Jean Rollin, Andrea Bianchi y Lucio Fulci, que entendieron que “el cine fantaterrorífico debía realizarse para divertir”. En EE.UU. sucedía lo que el autor llama “la era de los nombres”. Una nueva camada de directores había llegado, integrada por David Cronenberg (Escalofrío, 1975), John Carpenter (La niebla, 1980) y Sam Raimi (Diabólico, 1981) .

“Fue entonces que llegaron los adolescentes”, se lamenta el escritor bonaerense, que lleva publicada una veintena de libros. “El terror marcaba a sus espectadores un estilo de vida: los drogradictos y los promiscuos (y los negros, de paso) mueren. La chica virgen llega hasta el final. ¿Existe acaso un planteo más aburrido?”. Un ejemplo: Tierra de zombies (Brendan Faulkner, 1985). Aunque haya, también, algunas buenas producciones en esta etapa, como El video de la muerte (Robert Scott, 1987).

Luego de un repaso por la escasa producción vernácula y también la reducida de los ’90 en todo el mundo, Saracino se aboca al período posterior a “la caída de las Torres Gemelas. El cine de terror se volvió zombie casi en su totalidad, para avalar la guerra ‘contra el terrorismo’ o para denunciar su farsa”. De allí, Extermino (Danny Boyle, 2002), La llave maestra (Ian Softley, 2005) y Planet terror (Robert Rodríguez, 2007) y Rec (Jaume Balagueró), entre tantas.

Luciano Saracino: http://lucianosaracino.com.ar