El documental de Valeria Mapelman que se proyectará hoy en el Bafici reconstruye el genocidio de octubre de 1947 en Rincón Bomba sobre el pueblo indígena pilagá, desde el testimonio de sus sobrevivientes. El film explica que allí existía un régimen de colonias coordinado por el Ministerio del Interior y que la Gendarmería Nacional reprimía todo atisbo de resistencia. En ese contexto, cientos de personas se habrían reunido en una celebración religiosa que fue blanco de las ametralladoras. Demanda de hace cuatro años contra el Estado nacional mediante, las víctimas aún exigen justicia.
Por María Daniela Yaccar
Fotografía de María Luz Carmona (2) y gentileza de OP (1)
Buenos Aires, abril 15 (Agencia NAN-2010).- En más de un aspecto, el próximo 25 de mayo no será un verdadero “cumpleaños feliz” para la Patria. Un suceso de estas características es –como en la vida de una persona– una buena oportunidad para hacer un balance. Mirar atrás, reconocer aciertos y errores, pensar en posibilidades de avance. Los doscientos años de historia argentina demuestran que, en diferentes períodos, hay un error –la palabra no es acertada para la gravedad de los hechos– constante. En menor o mayor escala, con niveles intermedios y con el genocidio como punto cumbre, está el atropello y el desdén hacia los pueblos originarios. En este sentido, hay masacres bien conocidas, como la que cubrió de gloria al general Julio Argentino Roca y lo llevó a la presidencia. Y otras más veladas. Octubre Pilagá, relatos sobre el silencio, un film que Valeria Mapelman presentará hoy en la 12° edición del Bafici, reconstruye la masacre ocurrida en octubre de 1947 en un paraje llamado La Bomba, provincia de Formosa, a partir del testimonio de los sobrevivientes.
La primera vez que Mapelman escuchó hablar de esta tragedia fue en el marco de las proyecciones de Mbya, tierra en rojo, documental que codirigió con Philip Cox y que aborda la situación de la comunidad del Valle del Cuña Pirú (Misiones), con eje en sus problemas de tierra y explotación laboral. “Este trabajo me llevó a los pilagás. Era un tema del que ellos hablaban, pero también gente de otras comunidades”, repasa la documentalista en una charla con Agencia NAN. Mediante la palabra de los ancianos pilagás y documentación oficial de la época, Mapelman se propuso contar una historia que, hasta el momento, no había salido de los confines de la tierra indígena. Sobre todo porque los protagonistas de los hechos y, por ende, sus testigos más fieles, no habían tenido posibilidad de contarle al mundo lo que comenzó aquél 10 de octubre de 1947, durante la primera presidencia de Juan Domingo Perón. “Decir que es la primera vez que hablan no es real porque los padres contaban la historia a sus hijos y los abuelos a los nietos. Es la primera vez que lo cuentan para afuera”, aclara Mapelman.
El film, resultado de una investigación de tres años, explica que entonces existía en Argentina un régimen de colonias coordinado por el Ministerio del Interior que sometía a miles de personas al trabajo en ingenios, algodonales y obrajes. La Policía y la Gendarmería Nacional se ocupaban del orden y de la represión; las industrias pagaban una suma al Estado a cambio del desempeño de los obreros. “Había vigilancia militar, explotación en el trabajo, traslados de gente todo el tiempo. Mucha gente moría o perdía familiares en esas caminatas”, indica Mapelman. Ese 10 de octubre, los pilagás se habrían reunido para una celebración religiosa en la que conocieron La Biblia. Cuenta un sobreviviente en el documental: “Corrió la noticia de que el poder de Dios estaba acá. Comenzaron a llegar aborígenes de todos lados”. Mapelman subraya que se trató de “un momento sincrético para la comunidad” y que “la coincidencia de todos estos factores hacen al contexto de la masacre de La Bomba”, signado por el control y el hostigamiento.
Es que la celebración habría llegado a su fin cuando la Gendarmería apuntó sus fusiles a la multitudinaria reunión. Después de la masacre, los diarios de la época –cuya actuación en torno a los hechos es patética– comenzaron a hablar de sublevación. Al tiempo, Gendarmería le informó al Ministerio del Interior que “1500 pilagás encabezados por el cacique Pablito Navarro se concentraron cerca de Las Lomitas en actitud de franco alzamiento”. Días antes de lo acontecido, nadie había hablado de conspiración. Los sobrevivientes revelan que la masacre se extendió diez días. Pese a que existen otras versiones –que ignoran, por ejemplo, la existencia de aquél encuentro místico–, Mapelman asegura que le interesó contar “la historia de los sobrevivientes” y que, por tanto, “el eje de la película es la memoria de los ancianos, que lo vivieron, lo sufrieron y tienen detalles”.
Bartolo Hernández y Roberto Zalazar, presidente y comunicador de la Federación del pueblo Pilagá respectivamente; Cipriana Palomo, suplente del Consejo de Mujeres; y Pilancho González, cacique de la comunidad, llegaron a Buenos Aires para contar la historia de sus padres –sobrevivientes del genocidio– que es también su historia. Luego de las funciones, los cuatro dialogan con el público acerca de la masacre. “No pasó hace quinientos años. Fue hace 63 y apareció ahora, con fuerza”, recalca Hernández en diálogo con esta agencia. “Estamos en representación de una población. Esto implica la posibilidad de reconocimiento de lo que pasó y de revelar lo que se sabe en las comunidades. Significa mucho porque podemos transmitir lo silenciado durante muchos años”, agrega Palomo, con la vehemencia de quien se siente hijo de la impunidad pero también de quien toma la palabra después de mucho tiempo.
“De los pilagás quedaron pocas familias. Nuestros padres, por suerte, no murieron en montes por las balas. Por eso existimos, pero casi se termina la comunidad”, reflexiona Hernández. Sus padres tuvieron la “suerte” de escaparle a los tiros de Gendarmería al huir en diferentes direcciones: Pozo del Tigre, Pozo Molina y Campos del Cielo. En esos caminos, transitados por 450 indígenas, hubo violaciones, nuevos fusilamientos y sangrientas persecuciones. El destino final era el cautiverio en las colonias Bartolomé de las Casas –por ejemplo, el de la madre de Palomo– o Muñiz –donde acabó el cacique Pablito–. Algunos de los cuerpos nunca fueron hallados. “Cuando uno es chico no le importa tanto su historia. Mis abuelos, ambos testigos de la masacre, fallecieron en 2002. Hay historias muy terribles de mi parte como aborigen. Fue una violación a la ley humana”, sentencia Zalazar. “Mi padre me contó que estuvo en el tiroteo del monte. Que sufrió hambre y disparos”, cuenta González. Lo que Zalazar dice respecto de sus abuelos no es un dato menor: muchos de los que vieron de cerca la masacre se están muriendo.
En este sentido, el film de Mapelman excede el objetivo de contar lo que pasó aquél diez de octubre: es una forma de conservar aquellas voces en pit´laxá (idioma de los pilagás), de registrar un relato que se había mecido por los finos hilos de la tradición oral. Y para los miembros de la comunidad, el documental es también un arma de lucha. En 2006, la Federación del Pueblo Pilagá demandó al Estado nacional para que “reconozca lo que hizo y quede claro el propósito de la matanza”, explica Palomo. Dos años antes, también lo habían intentado pero les habían dicho “que no eran una etnia, que no tenían personería jurídica y que el caso había prescripto”, recalca Mapelman. “Como se trata de un crimen de lesa humanidad, todo eso se desestimó y finalmente pudo continuar”, concluye. La realización del documental coincidió con la búsqueda de restos humanos llevada adelante por un forense y por algunos sobrevivientes, y eso puede verse en el film. Pasaron cuatro años desde que la demanda tomó su curso, y hasta hoy ningún testigo fue citado a declarar. “Queremos que el juez Mario Quinteros los llame con urgencia porque son viejitos y se les está terminando la vida”, anhela Palomo.
Como la causa aún está abierta, la herida también. Lo que ellos quieren es que el Estado reconozca la masacre de La Bomba como un genocidio. Como otra de las razones por las que el próximo 25 de mayo no será un verdadero “cumpleaños feliz” para la Patria. Pero la problemática de los pilagás no acaba en lo expuesto en el documental: también afrontan problemas de tierra y les están siendo quitados los montes, pese a su armoniosa y valorada “convivencia con la naturaleza”. Los hijos del silencio muestran un gesto de rabia al recordar las atrocidades por las que pasaron los pueblos originarios, mueca que se acentúa cuando se les menciona la naturalización de términos relacionados con fragmentos oscuros de la historia –como los nombres de las calles– o, retomando el caso de Roca, el monumento en su honor que aún se erige en Microcentro. Ellos, no obstante, están muy seguros de su verdad. “No es un cuento que me contó mi mamá. Ella me contó la historia, y también lo hizo para el documental. Y el resto de los ancianos hablan de lo mismo”, expone Palomo. González agrega: “La gente aborigen demostró que es buena y que nada más estaba rezando a Dios para no pelearnos en el mundo”.
*Octubre Pilagá se proyectará hoy a las 15.45 en la Alianza Francesa (Córdoba 946) y el sábado a las 16.30 en Hoyts Abasto (Corrientes 3247), en la Sección Panorama “La Tierra Tiembla”.