Nacido en 1996 para saldar una deuda discursiva a propósito de la última dictadura militar boliviana, el sexteto de rock urbano se propuso “retratar a los personajes” de la ciudad de La Paz. “En ese momento, se cantaban telenovelas hechas canciones. Lo mismo pasó con Palito Ortega en Argentina, quien mientras se cometían crímenes de lesa humanidad seguía con canciones de amor”. Retrato de un grupo que se le anima incluso a la música árabe, la milonga y el tango “sin intentar lavar cabezas sino llegar al corazón de la gente”.
Por Sergio Sánchez, desde Bolivia
Fotografía gentileza de Atajo
La Paz, abril 9 (Agencia NAN-2010).- La ciudad de La Paz puede resultar sorprendente para aquellos ojos desprevenidos que se topan por primera vez con esa inmensa olla integrada por calles que bajan y suben por los rincones de las montañas y casas que desnudan ladrillos. En el fondo, el imponente nevado Illimani de más de 6400 metros de altura parece vigilarlo todo. Y una vez en el corazón de la urbe, son los habitantes, muchos de ellos originarios de las zonas rurales, los que le dan la identidad a la vida paceña. Los mercados, los negocios que huelen a frituras, las cholas cargadas con mercaderías, los lustrabotas que se tapan la cara por pudor a ser reconocidos y las bocinas de los vehículos forman parte del paisaje cotidiano. “¡16 de Julio, Plaza Ballivian, Alto Lima!”, gritan repetidas veces los “voceadores”, jóvenes y niños que trabajan en minibuses y colectivos y que informan el recorrido a los posibles pasajeros.
Sobre esas costumbres urbanas y la realidad política, cultural y social de Bolivia, con un lenguaje popular, canta sus canciones hace 14 años el grupo de “rock urbano” Atajo. A base de ritmos tradicionales de Latinoamérica y el mundo, la banda surgió en 1996 para saldar una deuda musical en el país: la mayoría de los grupos de música no denunciaba la represión de la dictadura militar que culminó en 1982 y tampoco repudiaba los atropellos de los gobiernos neoliberales de derecha, como el de Gonzalo “Goni” Sánchez de Lozada, sino que se ocupaban de contar historias de “amores que no existían”.
“Necesitábamos vernos a nosotros mismos, hacia dentro, lo que estaba pasando en nuestra sociedad, en Latinoamérica y en el mundo. Y reflejarlo en una canción. Eso no estaba en parte de las cosas que habíamos aprendido o que habíamos escuchado, pero sí se daba en otros lados. En Argentina, Chile, Brasil o México los grupos le estaban dando duro al momento histórico que se estaba viviendo”, recordó el líder de Atajo, Francisco “Panchi” Maldonado, durante una entrevista con Agencia NAN.
“Yo decidí –continuó el vocalista– parar con una banda de blues que tenía y armar una nueva. Pero empezar ‘de volapié’, como decimos aquí, que significa ‘arrancar de una’, sin pensar demasiado en las consecuencias. Y por eso también elegimos el nombre Atajo, para tomar un camino cortito, hablar sobre nuestra realidad y cantar cosas que nos pasan con ritmos no sólo locales sino también del mundo, sin límites ni techos. Fue una lucha dura porque al principio, cuando arrancábamos un concierto, la gente se iba. Entonces teníamos que insistir, porque el público estaba acostumbrado a que los grupos tocaran canciones de moda. Nos pedían temas de Maná o Guns N’Roses. Entonces tuvimos que educar un poco al público. ‘Esta es nuestra música y esperamos que les guste’”.
— ¿Sobre qué “realidad” no se estaba cantando?
— Estábamos acostumbrados a que hubiera desaparecidos y torturados. El país se estaba hundiendo. Y los grupos que en ese momento tenían que decir algo cantaban canciones de amores que no existían, telenovelas hechas canciones. Creo que lo mismo pasó con Palito Ortega en Argentina, quien mientras se cometían crímenes de lesa humanidad seguía cantando letras de amor. En Bolivia, nadie contaba las cosas que se debían contar. Y no sólo en los tiempos de transición de la dictadura, sino también durante los gobiernos neoliberales. Además de que los milicos hicieron pelota el país, los partidos neoliberales dieron el remate. Entonces, teníamos ganas no sólo de cantar canciones de denuncia sino también contar sobre el típico heladero que va con su cajita por el barrio vendiendo o sobre el tema de la caserita del mercado. Es decir, retratar los personajes que hacen a esta ciudad mágica. Creo firmemente que cuando un joven o alguien que le gusta la música escucha una canción que habla sobre su chofer, su casera, su barrio o su calle dice “joder, yo vivo en esta calle y hay una canción sobre eso”. Y eso hace que el rock tenga una identidad, más allá de que sea nacional o local. Lo importante es que sea popular. Por eso se ha calificado a la música de Atajo como “rock urbano”.
— ¿Y qué implica esa urbanidad?
— En realidad, “urbano” no se refiere a la parte geográfica sino más a la poesía urbana. Se refiere a lo que se vive en la ciudad, pero no se deja de lado al campo. De hecho, hay una canción que habla sobre los “aparapitas”, que son los cargadores que trabajan en los mercados transportando roperos, cocinas o refrigeradores. Es gente que emigra del campo a la ciudad para probar suerte y como no tiene trabajo se dedica a eso. Son personas que dejan sus familias, casas y tierras para venir a trabajar.
— ¿Creés que la música puede ser un motor de cambio?
— Siempre decimos que Atajo quiere llegar al corazón de la gente, tocar su alma y encender su mente. Y con eso no queremos lavar cerebros, convencer ni fundamentalizar nuestra forma de pensar para que todos piensen igual. No queremos hacer una religión de nuestra música ni un partido de fútbol ni político. Nada. Queremos tocar. La gente que quiera escucharnos, bien, y la que no, también.
En la música de Atajo se respira la variedad de ecosistemas, ritmos y comunidades que conviven en Bolivia: la calma del lago Titicaca descansa en los huaynos; el vaivén de La Paz se repite en las morenadas; las coplas pintan las ciudades del sur del país; las diabladas rebelan las huellas precolombinas en Oruro y las sayas evocan la festividad de los afrobolivianos de las yungas de Tocaña. Sin embargo, los músicos de Atajo no respetan fronteras y se animan a interpretar sonidos del mundo. Por eso, también exploran estilos como el reggae, el blues, el ska, la música árabe, la milonga, el tango, la murga, el candombe y los corridos mexicanos. Y todas esas composiciones se pueden encontrar en ni más ni menos que nueve discos, de estudio y en vivo: Personajes paceños (1998), Atajo en vivo, Calles baldías 1 y 2 (2002), Nunca más (2004), Sobre y encima (2005), Vivitos y coleando 1, 2 y 3 (2008). Además del DVD Hechos en Bolivia (2006).
— ¿Se ponen límites para interpretar ritmos?
— La música está para hacerla. Se la ha creado para compartir y tocar. Y firmemente creo que está hecha para jugar. Porque es un juego en el que pones las reglas y empiezas a jugar con cada canción que te llega. Entonces, tratamos de experimentar, mostrar ritmos no sólo mestizos y criollos sino más tradicionales. No queremos ponernos límites. La gente sabe que de Atajo se puede esperar todo: desde una canción súper metalera hasta una muy tradicional.
— ¿Y eso se da de manera azarosa o intentan universalizar su música?
— Las bandas que se dedican a hacer un solo ritmo musical están codeándose con los otros y diciendo: “Yo soy metalero, yo soy ‘punketo’”. Creo que es todo lo contrario: la música está ahí para tomarla libremente. Son miles y miles de ritmos en todo el mundo con los que se puede trabajar. Y lo lindo es eso: poderse divertir con esa variedad de ritmos y no quedarse sólo con uno.
— También sirve para integrar a las sociedades y personas…
— Sí, eso es lo lindo. Yo recuerdo una anécdota: estábamos tocando un huayno en una reunión alternativa, durante un encuentro de presidentes de Latinoamérica en Santa Cruz, en 2003. Y de repente vi bailar un punk con una Madre de Plaza de Mayo ¡Y no lo podía creer! Fue muy hermoso para mí ver eso. Se notaba que el “punketo” era de La Paz, porque bailaba el huayno súper bien y a la viejita la movía para todos lados. Y eso es lo que nos gusta: poder juntar al abuelo con su nieto en un concierto o a la madre con su hijo. Lo importante es que se mezclen todos y que no tengan lugar las diferencias que ponen para separar. En el fondo, tanto ‘punketos’ como rastas buscan las misma meta, la misma luz.
Aunque “Panchi” es el principal compositor de las letras y melodías que suenan en la banda, la riqueza de las canciones se completa gracias a la batería de Edgar Arene, la guitarra de Germán Romero, la percusión de Elmer Cuba, el teclado de Marco Flores y el bajo de Gonzalo Molina. Debido a su larga trayectoria, fueron invitados a realizar dos giras por Alemania, Suecia, Luxemburgo, Holanda, Austria y países latinoamericanos. “En Venezuela y en Brasil nos trataron muy bien, como reyes. Es lindo saber que algunas veces te reconocen el esfuerzo de tantos años. Cuando vamos a Europa sabemos que no somos los Rolling Stones, sino una banda que canta cosas raras, porque casi nadie conoce Bolivia. Cantarles sobre el chofer de minibús es muy exótico para ellos. Pero siempre nos trataron con mucho respeto”, se enorgulleció el músico, que se enamoró de la guitarra a los cinco años.
Vientos de cambio
Los últimos años Latinoamérica empezó a escuchar –no sólo musicalmente– un poco más a sus raíces y alejó la mirada de Europa y Estados Unidos. No es casual que ése incipiente cambio de perspectiva se haya dado después de la caída de gobiernos de derecha neoliberales y la aparición de modelos más socialistas 0 progresistas. “Nos dimos cuenta que hay otras formas de vivir. ‘Se les está jalando el mantelito” y les estamos demostrando que ‘el fin de la historia’ que profetizó Francis Fukuyama había sido una mentira. Nos han mentido una vez más ¿Qué ‘fin de la historia’? Hay nuevas ideas y formas de vivir, y lo estamos demostrando. Ha sido un error grande, no sólo de este filósofo, sino de las gentes y los gobiernos que han creído que la verdad absoluta era el neoliberalismo y el capitalismo. Pero se han equivocado una vez más. Y les está saliendo cara la cuenta, porque ahora hay un continente que huele fuerte a cambio. Y eso es algo que molesta y mucho”.
— ¿Qué postura toma la banda ante el actual proceso de cambio en Bolivia encabezado por el presidente Evo Morales?
— Los que tocamos hace tiempo, cuando estaban en el poder los gobiernos de derecha, cantábamos canciones que parecían un sueño. Como una canción que se hizo muy famosa que se llama “Que la DEA no me vea”, en contra de la policía americana que lucha contra el narcotráfico internacional y que tenía intenciones de prohibir el consumo de coca. Para mucha gente era chistosa la canción, era pensar en algo que nunca iba a pasar. Y cuando entró este gobierno echaron a la DEA de Bolivia. Son cosas que a veces cuesta imaginarse que han pasado. En “Tiempo”, decimos que necesitamos tiempos de cambio. Y de repente llegamos a un momento de cambio muy importante en nuestro país. Y vemos que muchos sueños se hicieron realidad. Considero que la revolución no es sólo el cambio de un gobierno o un sistema sino que parte de la revolución más importante es cambiar uno mismo. Si uno no cambia como persona, desde su entorno, su casa, la revolución no existe.
— Ustedes ya exigían un cambio antes de la llegada de Evo…
— La gente nos dice que somos “masistas” o “evistas”, porque defendemos los derechos y reivindicaciones de todos los indígenas, campesinos, mujeres y hombres. Siempre lo hemos hecho. Y como ahora entra un gobierno que reivindica, ya nos califican de eso. Y nosotros lo defendemos y estamos de acuerdo con este cambio porque creo firmemente que es lo mejor que le ha pasado a este país. No digo que no hay otra cosa mejor que esta. Sí hay. Y sé también que el mismo presidente lo sabe. Y que todos los bolivianos lo sabemos. Pero también es un momento en el que tenemos que trabajar para hacer una sociedad mejor. Atajo está en eso ahora. No sacamos una bandera del Movimiento al Socialismo, apoyamos este proceso pero también lo criticamos.
— Pero también sería hipócrita haber pedido reivindicaciones indígenas y ahora oponerse al presidente, ¿no?
— Hay muchas organizaciones que hacen eso, que le dan palos a los indígenas, cuando antes decían lo contrario. Hay un ejemplo que es claro: tener un presidente que habla como el lustrabotas, como el chofer, como el que limpia la calle, que habla en ese tipo de lenguaje, es realmente importante porque te das cuenta que ha cambiado algo en este país. Antes los presidentes, sin ir muy lejos, el anterior, el “Goni”, hablaba como gringo. La mayoría de los presidentes te hablaban con palabras recontra buscadas y el pueblo no entendía. Ahora, cuando habla este presidente, todos entienden lo que dice. Por eso el pueblo se ríe cuando el hace un chiste, lo hace en el mismo nivel. Y eso es lindo, es un cambio muy importante en un país. Me siento orgulloso de eso. Ojalá algún día una mujer indígena pueda ser presidenta.
— Más allá de eso, ahora la mujer tiene más espacio en la política…
— Sí, pero ojalá que se le dé más lugar, porque sabemos que vivimos en unas sociedades muy machistas. Y creo que no sólo es importante que participen porque estamos en épocas de equidad sino también porque es lo más humano. Porque salimos de una mujer y debemos tenerle respeto. Creo que parte de la descolonización que las mujeres tengan más participación en la sociedad. La colonia, junto con la religión, nos ha metido que el hombre es el jefe de la familia, que es más forzudo, más inteligente y que puede más. Desde chiquitos nos dijeron eso. Esa es una idea que nos metió la colonia y no es cierta. Por lo menos en nuestro país, la mujer maneja la economía, es valiente, llevadera, puede bancarse como madre soltera con muchos hijos y seguir adelante. En cambio, el hombre ha demostrado todo lo contrario: abandona a los hijos y el hogar, no se preocupa por nada. Creo que es un mal ejemplo para la sociedad y lo digo siendo hombre. La mayoría de los hombres se olvidan que han venido de una mujer.
— Culturalmente genera vergüenza realizar “tareas de mujeres”…
— Cuando me preguntan de qué vivo y qué hago, respondo que “vivo gracias a la música”. Y me repreguntan: “¿Qué más haces”. “Soy amo de casa”, respondo. Y se ríen. Yo lo digo con orgullo porque me gusta. Pero la gente no está acostumbrada a escuchar eso. Lo digo porque el trabajo que hago en mi casa lo hago para la gente que más amo en mi vida: mi esposa y mis dos hijas.
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