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Libros: “Taper Ware” (Blanca Lema, 2009).-

La primera novela de la poeta de La rosquilla, o menjunje degenerado de poemas paranoicos, prohibido para menores de 18 fracasos recrea la búsqueda de un joven semiólogo: en primera persona, recolecta basura para rearmar el tiempo que la última dictadura argentina le robó.

Por Esteban Vera

Buenos Aires, abril 5 (Agencia NAN-2010).- Blanca Lema militó en el anarquismo y en diversas agrupaciones de izquierda durante los 70s hasta que el terrorismo de ultraderecha de la Triple A le pisó los talones y tuvo que exiliarse en 1974. Es poeta, narradora y guionista de cine, y el primer poemario que publicó fue La rosquilla, o menjunje degenerado de poemas paranoicos, prohibido para menores de 18 fracasos, cuando tenía sólo 16 años. A los 20, siguió con Poemas de tristeza violenta. Ambos antes de emigrar por la temida organización de José López Rega. Treinta y seis años separan esas obras de Taper Ware (Paradiso), su primera novela. La historia gira alrededor de la apropiación de menores durante la última dictadura cívico militar (como sostiene Estela de Carlotto en el caso de Marcela y Felipe Herrera de Noble, hijos adoptivos de la directora del Grupo Clarín, Ernestina) y el vaciamiento del lenguaje. Lema lo hace desde el realismo, pero también desde lo fantástico y la ciencia ficción.

Pablo es un semiólogo sobresaliente, hijo de un médico que trabaja en la Patagonia para las fuerzas armadas, que abandona su empleo en un centro de investigación lingüística para quitarse la “sensación de ser un taper ware, o sea uno de esos pocos jóvenes en ascenso que envasados herméticamente conseguían, entre otras cosas imposibles, que su primer trabajo tuviese algo que ver con la carrera que había estudiado”.

Entonces, se dedica a indagar en bolsas de basura de sus vecinos y luego de barrios de “personajes espectrales”, que lo ven como un pendejo con auto que les roba “inescrupulosamente el abrigo o la cena”. En esos barrios, conoce a las parteras Priscila y Nidia (él las llama “las hermanas hormiga”), y a un pibe flacucho de 12 años llamado Bowling por su alopecia prematura. Brillante y crudo en sus ideas, Bowling le afirma a Pablo que su madre no es tal: “Esa señora no es tu vieja. Ciento por ciento, te pongo la firma. El tipo ése de uniforme sí puede ser tu viejo, pero la de acá tu vieja no es”, le dice el flaquito.

De todos los residuos acopiados (recolecta de 30 a 60 bolsas por día), sólo se quedará con 20 zapatos, el diario de un psicoanalista, el cuaderno de un cameraman, el informe de una presa y unos manuscritos. Esa basura está relacionada con una abuela que busca a su nieto apropiado en la dictadura. El muchacho, que registra sus sueños en un cuaderno, conoce a una zurcidora de textos (que recupera la “memoria de los zapatos poniéndolos en agua” o de las hojas conectándolas “a un polígrafo”) que lo contactará, a su vez, con Stein, una señora que también recolecta basura para hallar a su nieto. Finalmente, tras sufrir un ataque cardiaco, Pablo descubre en un hospital militar toda la verdad sobre su historia y la del nieto de Stein. Incluso saca a la luz una conspiración militar para dominar los símbolos y los sentidos.

Por otra parte, la novela, narrada en la primera persona de un muchacho, refiere al surgimiento en los últimos años de las pequeñas editoriales independientes: “No somos una editorial sino un bar con parrilla por la zona de villa Ortúzar. Hicimos una cooperativa entre los chicos que vienen por acá a leer sus cositas”, aclara uno de los personajes.