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Audiovisuales Performances en Milion Bar.-

Una semiosis surrealista tuvo lugar en un edificio aristocrático de Barrio Norte, donde el domingo pasado el colectivo cinematográfico proyectó siete cortometrajes de videodanza y videoarte, piezas que remiten en algún punto al cineasta Luis Buñuel y que llevan la impronta de la experimentación de luces, colores y sonidos.

Por Nicolás Sagaian
Fotografía gentileza de Pablo Ahumada

Buenos Aires, enero 19 (Agencia NAN-2010).- Intervenir artísticamente un espacio no convencional, como una forma de salida o, precisamente, una apertura de los circuitos de cortometrajes establecidos. Esa fue la propuesta del grupo Audiovisuales Performances, que el domingo pasado se apropió del viejo edificio porteño del Milion Bar para realizar un ciclo de proyecciones sobre Videodanza y Videoarte en una hora continuada de presentaciones experimentales. Una especie de semiosis surrealista de la que fueron parte los juegos visuales, el sincretismo de colores, la luz, la refracción, los encuadres expresivos y la fluidez de la imaginación de varios artistas latinoamericanos, sobre todo, argentinos.

Por eso, por un momento, el aristocrático bar de Barrio Norte vivió una experiencia de aurora que quebró largas noches de hermetismo. Las viejas paredes del altillo de la casona estilo inglés se empaparon de films de gran calidad y del talento de directores, productores y actores comprometidos. Proyecciones, en su mayoría, henchidas de danza y algunos videos (Espejos y Pieza para rostro y espalda) paráfrasis de Luis Buñuel –no por ser mudos o en blanco y negro, sino por trasgredir los esquemas narrativos canónicos– evidenciaron ese continuum de arte audiovisual sudamericano que exhibió, a su manera, desde típicos bailes norteños hasta expresivas coreografías actorales poco vistas en cortometrajes contemporáneos.

Alrededor de 50 personas lo disfrutaron. Un público reducido pero habitué a esta clase de eventos porque forman parte de un circuito cerrado que tendría que ser desmitificado. Debería llegar a todos la ejemplar dirección de cámara y producción de films como Gerli, paisaje de maniobras, al igual que la gran presentación de Daniel Böhm, Sólo hombres solos. En esta pieza de casi 20 minutos, con la que culminó la jornada, el productor explora con el tiempo, apariciones del pasado y el presente. La historia de tres hombres que se presenta al mismo tiempo individualista y colectiva, genera una narrativa poética del relato que toca la topología del sueño y la realidad. Es por eso que se siente como una película antigua, que transcurre en el pasado, aunque tiene mucho de actualidad.

Quizá ahí se entienda por qué tardaron tanto en llegar los aplausos de los espectadores, que parecieron anonadados ante la fluidez fílmica de cada una de las piezas. Es que los cortos estuvieron atravesados prácticamente por un mismo hilo conductor, a pesar de sus claras diferencias, por ejemplo en las herramientas de filmación utilizadas. A saber, en la primera presentación (Gerli…) se utilizaron cámaras de última generación, mientras en los dos films siguientes (Espejos y Pieza para…) las secuencias se grabaron con una cámara digital y una webcam, respectivamente. “Una muestra de que se pueden elaborar obras de gran calidad con cualquier tipo de presupuesto, sin importar las limitaciones”, remarcó Gabriela Espina, una de las organizadoras de la movida.

También podría servir de muestra el corto de Alejandra Ceriani, que con un escaso presupuesto logra indagar sobre la relación entre el cuerpo y el dispositivo, a través de la creación de una pieza audiovisual la cual podría encasillarse dentro de la coreografía del gesto. La imagen experimenta su articulación sonora y la exploración permite documentar un cuerpo real –el de una mujer– y transformarlo en acto frente a las posibilidades técnicas de la edición. Una investigación cinematográfica de la movilización de lo inmóvil. Tan complicado como sencillo.
Además, se proyectaron Refracción, de Cecilia Bazán; Calló desnuda, de Laura Alderete, y Frontera danza, de Ladys González. Todas producciones de menos de 10 minutos que se caracterizaron por la incorporación de estrategias creativas en la búsqueda de un “algo más”: con músicas y sonidos que acompañaron cada uno de los movimientos de los actores, variaciones de luminosidad, ritmos, flashbacks y planos esfumados que jugaron con la atención de los receptores. Así, de a poco, el Milion Bar se abrió a un espacio que no es el que ocupa de forma convencional; un lugar cinematófilo que tendría que extenderse no sólo allí.

Sobre todo para difundir en nuevos espacios las obras de artistas que trabajan a pulmón, con la idea de abrir el circuito de esta área del arte audiovisual. Para ampliar el campo de juego a esta tipo de intervenciones no convencionales. Como la que abrió las puertas e inundó el viejo edificio de Barrio Norte, la noche del domingo, no de forma esporádica, sino más bien pensada y desarrollada con meses de organización.

¿El resultado? Una semiosis surrealista que si bien fue limitada, no tuvo inconvenientes en cautivar a los asistentes en ese movimiento pendular entre el conflicto; el caos y la paz; la distorisión y el silencio; en una jornada amena que tuvo su fin cuando la pantalla se ennegreció por completo. Aunque la iluminación se expandió más allá…

Porque en sólo una hora, el proyector le dio impulso a creaciones que podrían participar de cualquier festival internacional, y también un envión a una corriente cinematográfica que hoy no encuentra su lugar por fuera de los circuitos experimentales.