Lo llama “primer y único amor”, aunque recuerda que le costó conquistarlo. Así habla Lautaro Andrada del malabarismo y el vínculo que los une, que se fortalece a diario, no bien abre el telón la luz roja de diferentes semáforos de Buenos Aires. Este tucumano que ama su arte, también ama el escenario donde lo ejerce, el asfalto a cielo abierto. «Acá me formé como artista y si bien me gustaría que paguen una entrada por ver mi show, eso no me inquieta. La calle es como mi segunda casa”, aseguró a Agencia NAN. Ésta es su historia.
Por Nicolás Sagaian
Fotografía de Agencia NAN
Buenos Aires, octubre 29 (Agencia NAN-2009).-A cielo abierto, cuando la luz roja del semáforo marca el stop, comienza el show. Las clavas dan vueltas incansablemente por el aire, pasando de una mano a otra con un orden y una coordinación envidiables. Van-vienen; vienen-van. Todo en tiempo record: aproximadamente 40 segundos. Es que el espectáculo ni siquiera dura lo que tarda en encenderse la luz verde, porque tiene que quedar margen para pasar la gorra, que no siempre vuelve a la vereda con algo adentro. Así y todo, Lautaro Andrada subsiste con los malabares callejeros, su “primer y único amor”. Dice que, como toda pareja, tienen “sus tiempos difíciles”, pero que por lo general este arte le “llena el alma”. Ya sea cuando les saca una sonrisa a los automovilistas, cuando cosecha un par de aplausos o por el simple hecho de hacer lo que le gusta. Hace poco más de un lustro que camina de la mano, esquina por esquina, con aquella pasión que se trasluce en cualquiera de sus funciones, y ahora, con esa experiencia a cuesta, se entusiasma con crear su propio espacio cultural en conjunto con otros artistas de la calle.
“Es una ambición difícil, pero nada es imposible”, señala Lautaro, de 26 años, mientras los autos pasan como manada por la esquina de Bartolomé Mitre y 9 de Julio. Quizá sea esa premisa la que nace de los recuerdos de sus inicios como malabarista, cuando en su tierra natal, la tucumana Villa Medinas, tenía escaso apoyo y pocos recursos para formarse como artista. Sin embargo, de a poco logró salir adelante. “Me la fui rebuscando solo. Aprendí por mi cuenta porque en mi pueblo no existían talleres de circo, y así le agarré la mano”, empieza a deshilar su historia que tuvo un inicio complicado con una primera “gran frustración”: de adolescente, un día decidió viajar 87 kilómetros a San Miguel de Tucumán con la sola razón de empezar a trabajar en un circo. “No tenés condiciones”, le dijo el director. “Increíble, pero real. Y entre tantas malas…”, reconoce el joven, se le cruzó por la cabeza la idea de “largar todo porque no pegaba una”. Pero la pasión pudo más.
Con cierto ánimo de revancha, un monociclo al hombro y lo mínimo e indispensable para subsistir, Lauta –como lo conocen en la calle— salió a buscar su chance en Buenos Aires. Corría el año 2001 y un recurso que nacía como “salida” a la profunda crisis, se convertía en tendencia: Arte callejero, a la luz del semáforo y a la gorra. Fue la posibilidad de darle una vuelta de tuerca a ese amor que se le venía negando, y además, una forma de subsistencia porque, según cuenta Lautaro, llegó a la capital “sin un lugar fijo para dormir, y unos pocos mangos”. Los primeros tiempos fueron duros, recuerda: “dormía en cualquier estación de trenes. Y como no tenía tan clara la movida de la calle, laburaba 10 horas y con suerte recaudaba 20 mangos promedio. Eso cuando me iba bien, sino ni para la comida tenía”.
Si bien, de a poco, el oficio no resultó difícil de desentrañar, el malabarista aprendió de memoria los secretos que, hoy y ya experimentado, maneja a la perfección. Como si tuviese un manual de la calle, explica que “las esquinas más cotizadas son las que convocan mayor caudal de autos, como las avenidas o las que tienen los semáforos más largos (que pueden extenderse de 55 a 65 segundos)”. Y también conoce esa otra pata; la que marca el éxito del trabajo: una buena presentación, una rutina con trucos fuertes para llamar la atención y una gran sonrisa. “Ahí hay éxito asegurado”, sostiene Lautaro, que practica una hora por día antes de salir al escenario elegido, ubicado “en cualquier parte de la ciudad y del Gran Buenos Aires”. Su preferido es el cruce de las calles Figueroa Alcorta y San Martín de Tours, Palermo, donde hace malabares de 6 a 8 horas por día y saca “un buen sueldito” para pagar la pensión donde duerme y se convierte en el profesor de malabaristas recién iniciados.
La idea surgió para “darle una mano” a quienes recién están dando sus primeros pasos en esta rama del arte, y con la meta de fomentar el malabarismo, sea en un circo o en la calle. “El malabarismo es pura magia, utopía, libertad…por eso me parece que es importante pasar ese legado”, remarca segundos antes de que el corte del semáforo levante el telón. Entonces, las clavas empiezan a dar vueltas por el aire nuevamente. En el medio de la rutina una de ellas se posa en el cuerpo del malabarista, pero pese al truco no hay retribución. “Son cosas que pasan, además estamos a fin de mes”, señala. “Igual tanta mala suerte no tuve hoy. Por ahora no vino ningún policía a corrernos, algo que es habitual en el centro”, cuenta Lautaro y recuerda experiencias previas cuando le “pidieron” que se vaya a “barrios más tranquilos”.
No existen legislaciones que regulen la labor de los malabaristas, ni normas que les impidan trabajar en la calle –como en la ciudad de Mendoza, donde una ordenanza municipal impide que ellos, los limpiavidrios y vendedores ambulantes trabajen en los semáforos porque “entorpecen las normas de tránsito”–, pero cada tanto, la Policía “obliga a los artistas a dejar sus puestos, bajo la amenaza de incautarle los elementos de trabajo”, relata Lautaro. Por eso prefiere las calles más alejadas del casco céntrico de la Ciudad, en zona norte, o del otro lado del charco, sobre Hipólito Irigoyen, en Avellaneda o Lanús, porque “ahí se puede trabajar más tranquilo”, y hasta puede realizar rutinas más elaboradas con compañeros de calle. “Quizá nos ponemos de acuerdo y sobre un monociclo hacemos malabares con ‘palos del diablo’ –similares a las antorchas –, lo que requiere mucha concentración y coordinación”, afirma sobre el truco que aprendió con ayuda de otros artistas de la calle.
Como forma de retribución y para seguir ampliando el trabajo de los malabaristas callejeros, desde hace tiempo y «en forma de ideas sueltas» ronda por la cabeza del tucumano el proyecto de crear su propio espacio cultural. “La meta es generar un lugar por y para los malabaristas de la calle, para enseñarles a los más jóvenes y para que los más experimentados intercambien técnicas y destrezas”, explica. El proyecto todavía tiene forma de brote, pero día a día el joven y otros artistas que se prendieron en la iniciativa, la difunden y la mastican para que ese pimpollo florezca como una organización de artistas callejeros.
¿Por qué? “Simplemente porque hay muchos artistas de la calle que no participan de ningún circo, que no conocen ni tienen acceso a las convenciones que se hacen en ese espacio. Ésta sería una posibilidad más para ellos”, señala, tras remarcar que el espacio también serviría para difundir la actividad. El lugar dónde llevarlo a cabo y los fondos para costearlo todavía no están definidos, pero saldrían del trabajo diario y de un posible festival de malabaristas que, en principio, está ideado para fin de año. Sería algo así como “una tarde de semáforos” en la que todos los que participen puedan mostrar sus mejores shows.
Con ese impulso, Lautaro sigue andando la calle y, haciendo malabares, se transforma en un sobreviviente más con el arte como herramienta. Ese primer amor, que “pese a las malas rachas” hoy le permite tener un lugar para vivir, algo para comer. “El arte del circo te enseña a disfrutar, a ver las cosas con una mejor cara y a aprender a estar atento, como en la vida”, dice Lautaro sin dejar de lado ningún detalle.
Desde hace tiempo que el escenario a cielo abierto es “su lugar”, y a pesar de todo, afirma, que no cambia por nada el trabajo sobre el asfalto. “Acá me formé como artista y si bien me gustaría que paguen una entrada por ver mi show, eso no me inquieta. La calle es como mi segunda casa”, remarca el malabarista, parado allí, en esa esquina, donde intenta divertir y sacarle una sonrisa a todos los que pasan por el lugar.