
Por Hernán Panessi
@hernanpanessi
Si a un griego del Siglo de Oro le mostráramos la televisación de una entrevista,
se sorprendería menos de la existencia de un aparato capaz de transmitir las imágenes
que de la insólita conversación entre dos personas
que se conducen como si estuvieran solas,
aun cuando saben que son vistas y oídas por muchedumbres.
“El contestador de reportajes”, Alejandro Dolina
ON. Con las patas en la fuente, se conoce al 17 de octubre como el Día de la Lealtad Peronista. Y esa misma fecha, de un conmocionado año 1951 —iniciando una tendencia que se profundizaría con los años, teniendo al peronismo como Doctrina Nacional—, pasó a la historia por ser la de la primera transmisión de TV en la Argentina. Fue un acto en vivo. De Aristóteles a Perón, sin solución de continuidad: la única verdad es la realidad.
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¿Quién construye el show business? ¿Existe la figura del “imprescindible”? ¿Quién la tiene más larga? ¿Qué pasa con las teorías de comunicación? ¿Cómo se forma un líder de opinión en televisión? ¿Son funcionales a qué intereses? ¿Cuál es el rol de la política? Como fenómeno universal y desde las visiones más apocalípticas, los medios masivos de comunicación trabajan sistemáticamente para estupidizar a las personas. Y el poder, a través de los medios, intenta colonizar la subjetividad de los sujetos. Aparece —psicología social mediante— la figura del sujeto sujetado. El tedio cotidiano es acompañado por la pavada, esa que distrae e impide pensar en profundidad. Obnubilándose, disipando las opiniones propias. Aquí no hay nada para entender, todo es para ver. Y así, hasta el fin.
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En el ostracismo (¿voluntario?) de Marcelo Tinelli en Miami está uno de los principales cambios de paradigma de la televisión argentina. Sus programas larvarios se adaptaron o perecieron. Y mientras Susana Giménez rodaba barranca abajo y Mirtha Legrand volvía con balas de cebita, el mundo del entretenimiento nacional y popular cambió de piel. Se instauró otro modelo de pensamiento: la opinión (blanda o dura, por blandos o duros) sobre todo (que es nada y todo) y para todos (que son todos y es ninguno). Emerge la era del panelismo reinante. De 678 a Duro de domar, de Santiago del Moro a Beto Casella. Y en el medio, dos figuras que se cortaron con la tijera del éxito: Alejandro Fantino y Jorge Rial. Dos clase A que, ahora, mueven prácticamente solitos el pulso de la (nueva, nueva, nueva) televisión local.
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Un culo concentra la atención de todos. Un par de tetas se mueven como un Tiki-Taka al ritmo de un hit de la vieja escuela. Un futbolista cuenta cómo era no tener plata. Alguien de la noche narra la forma de ganarse a tal o cual mujer. Y Alejandro Fantino, entre dimes y diretes, reúne, en una alquimia natural, información blanda con mensajes —subrepticios— profundos. Pese a que se baña en inocencia, es un gran entrevistador. Hábil para el manejo de grupos, débil con la repregunta, Fantino tiene un poder: es un hechicero de la empatía. El público consume “lo que se parece a él”. Se empata con él. Y así, desde Mar de fondo hasta Animales sueltos, forjó un estilo. Y además: el fútbol. Su conocimiento de fútbol lo acerca al público, lo hace popular. Y la televisión es el relato de lo popular. ¿Y qué puede ser más popular que un carismático relator de fútbol devenido anfitrión de programa de entrevistas nocturnas?
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En el prólogo de Polvo de estrellas: inconfesables secretos de la farándula, la política y el deporte, la versión local de Hollywood Babylon de Kenneth Anger, el periodista Jorge Rial escribe: “En la farándula criolla existe una especie de pacto de silencio —algo similar a la célebre ormeta de la mafia siciliana— que impide hablar demasiado de sus vaporosos integrantes”. Pero él se animó. Rial se animó a cruzar todos los umbrales hasta convertirse en una voz autorizada del periodismo de espectáculos. “Soy periodista, el espectáculo es un accidente, es como ser periodista deportivo o político”, le dijo a Juan Pablo Varsky en El péndulo, el notable programa de entrevistas del Canal (á). Y desde hace un tiempo, también, es un referente a la hora de fijar temas de agenda en asuntos políticos.
¿Su público? En su mayoría, amas de casa. Muchas. Cantidades infinitas de mujeres a la vera de los rayos catódicos esputados a la hora de la siesta. Y Rial, a su vez, mezcla una extraña dosis de credibilidad con otra tanta de popularidad. Uno de sus tantos certificados: es dueño de una de las diez cuentas de Twitter con más seguidores de la Argentina. Su mejor arma: la información. “Rial es pueblo”, rezaba una curiosa bandera en uno de los tantos cacerolazos de 2001. Lo dicho: tiene una pata metida en el mundo del espectáculo y otra en el mundo de la política. Y eso, por alguna imperfecta sinergia, su auditorio lo respeta. Por aquello se empata con él, lo percibe cercano, lo tiene como un referente.
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Es tiempo de las “campañas cholulas”: los candidatos se pasean por televisión pegoteando frases hechas. Atrás quedaron debates profundos como aquel de John F. Kennedy y Richard Nixon para unos cincuenta millones de televidentes al calor de la TV norteamericana. En la prehistoria de nuestro país, los políticos mostraban su mejor perfil almorazando con Mirtha Legrand. Desde la vanguardia, Moria Casán los acostaba en su cama. Hoy, los principales candidatos de la provincia de Buenos Aires se pasean en programas desacartonados de la televisión abierta. Desaparecieron las polémicas. ¿La razón? Los programas políticos empujan a contestar preguntas rebuscadas. Y así, el mundo del espectáculo fagocita las dialécticas profundas en frágiles preguntas-respuestas que pintan —con una sola mano y utilizando témpera— las personalidades de los hombres que dirigirán el destino de la Argentina.
Se develan los “costados humanos” y emergen sus “lados más bromistas”. Otra: cada punto de rating equivale a unas 100 mil personas. El escritor, ensayista y docente de la UNLP Fernando Alfón apunta: “No hay política sin espectáculo. Un resabio iluminista nos impide aceptar el espectáculo como parte de la política. Creemos que, hecha exclusivamente de razones y realidades empíricas, todo lo que sea fantasía y teatralidad es una ‘degradación’ de la política, una ‘banalización’. Quizá sea esto lo banal: excluir la ficcionalización de la vida pública”. Y el escenario líquido le dio un F5 a su propia existencia. La realidad se anuncia simplificada, dicotómica.
“Los gobiernos, los empresarios y los políticos viven su lucha por la información como si fuese el centro de la democracia y el poder. Mientras tanto, la gente de a pie pasa de la información, le importa cero estar informado, igual ya sabe que todos dicen mentiras y hablan de mundos inexistentes. Entonces, la gente huye feliz en el entretenimiento y las ficciones, y por eso, ahora, los políticos deciden ir allí, porque es ahí donde está el rating, los votos y las querencias. La información ya no importa”, señala Omar Rincón, crítico de televisión colombiano, autor de una decena de libros dedicados a los medios de comunicación. “El político actual parece haber comprendido bien esto de la espectacularización de la escena pública. No se pregunta si está bien o mal, participa de ese espectáculo porque quiere hacer política. No percibe que sean cosas distintas”, completa Alfón. Los puentes entre los políticos en campaña y el público terminaron siendo los programas de Alejandro Fantino y Jorge Rial. La propuesta de ambos se ajusta a las pretensiones de los políticos 2.0.
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—A mí no me llamó Zannini. No lo conozco. Es más, ¿querés mandar a revisar mi teléfono? —dice, presumiblemente enojado, el Jorge de América.
—No seas boludo, mirá si voy a hacer eso —responde, reculando, el Jorge de Canal 13.
—No tengo drama. Lo único que te pido es que desmientas lo que dijiste —retruca.
—Lo estás haciendo vos en este momento y yo te estoy diciendo que está todo bien. Te creo que no tuviste ningún llamado de Zannini —acepta.
Zannini: actual secretario Legal y Técnico de la Presidencia de la Nación. Y aquel diálogo corresponde a dos periodistas entronizados en un caso de faranduralización de la política. El “Jorge de América” es Rial. El de “Canal 13”, Lanata. Y el Fariña Gate —aquel escándalo de acusaciones por un supuesto caso de lavado de dinero, con actuaciones estelares de Ileana Calabró, Karina Jelinek y compañía, ¿se acuerdan?— la rompió toda. “Me interesa pensar el caso Lanata, que es en el que se operó más intensamente la fusión entre espectáculo y política. Lanata no pretende mostrar lo real, porque la realidad sólo le interesa como insumo de la ficción, a la que sí parece conocer mejor y saber los réditos que le depara”, dice Alfón. Y sostiene: “Creo que repensar el vínculo entre política y espectáculo debería redundar en una neutralización de la farándula”. Por su parte, Rincón postula que “la política siempre ha sido fiesta, espectáculo, entretenimiento y farándula. O mejor: farsándula. Pero ahora es más evidente, más obvia, más burda. Todo se ha convertido en farsa: la política, los medios, el poder, la democracia. Por eso, todo se faranduliza”. El poder entremezclado con el espectáculo como novedosa forma de labor. Y el público siguiendo el caso como una novela. No importa si es de Agatha Christie o de Corín Tellado o de Adrián Suar. Lo importante es consumir, estar sujetado.
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La realidad argentina —como cualquier otra— es múltiple y polimorfa. “La dicotomía es una forma muy popular de pensamiento. Sabemos que la realidad no es dicotómica, sino compleja, pero no se la puede presentar con toda su complejidad en todos los lugares y en todas las instancias. A menudo, esa complejidad precisa ser presentada en forma antagónica”, señala Alfón. Y en esa tónica, panelistas eyaculan verdades que son defendidas a capa y espada. Opinólogos jurisprudentes que se ponen de un lado de una línea. O de otra. “Las dicotomías evitan pensar, sólo basta con creer. Y para creer sólo se necesita de la emoción de la fe”, expresa Rincón. Profesionales que, delante de los rayos catódicos, instalan discursos en el vaivén del juramento hipocrático de la profesión: aquel que trata la salud mental de la población.
Y el periodismo militante tiene un doble rol: el verbo y el sustantivo. Como verbo, “militar” puede resultar interesante. Como sustantivo, polémico. Alfón: “La expresión ‘periodismo militante’ no hace más que restituir la materialidad del sujeto: enfatiza el lugar del enunciador y expone abiertamente el deseo”. Rincón: “Que haya periodismo militante no es malo, lo que es perverso y nefasto es que lo haya y lo disfracen de ‘verdad’, ‘objetividad’, ‘calidad’. Para mí, todo periodismo debería ser transparente y decir públicamente en qué milita para que con eso todos sepamos desde donde habla, enuncia, escribe, opina”. Y de allí se desprende el concepto de transparencia enunciativa. ¿Cómo funciona? Lo responde Rincón: “Sería muy bueno ver cada noche algo así como ‘bienvenidos a la información anti-K’, ‘buenas noches a las noticias en perspectiva K’. Ese tipo de periodismo militante obliga a la existencia de la transparencia enunciativa”.
El convoy de adolescentes de Una tarde cualquiera, conducido por Bahiano, o las opiniones viperinas de Yanina Latorre terminan moldeando una nueva forma de hacer televisión: la opinión de la opinión de la opinión. Ahí mismo, programas como Implacables o Infama degluten la no–noticia para convertirla en ciento veinte minutos de pura doxa. ¿Y la episteme? A eso se aproximan ciertas voces autorizadas de 678 —por el que han pasado desde Ignacio Ramonet hasta Estela de Carlotto— o, en menor medida, las de Duro de domar —por su formato, más propenso a la humorada, pero siempre dispuesto al tratamiento periodístico de las noticias, fundamentalmente en boca de Mariano Hamilton y Mauro Federico—. Aunque, es cierto, muchas veces muestra las grietas del periodismo militante. Como verbo. Como sustantivo.
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La única verdad es la realidad. Y, entonces, la revolución para volver a ganar la libertad subjetiva tendrá una única acción: apagar los televisores. OFF.
Fuentes: NaN #14 (septiembre-octubre 2013)

Periodismo pop
Hernán Panessi
Editorial Bigote Falso (2014)
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