
Por Sergio Sánchez
Pocas bandas dicen tanto de sí mismas con su nombre como Los Broster. ¿Por qué? En Bolivia no existen los McDonald’s, pero sí hay casas de comidas rápidas bien locales, como aquellas que venden pollo rebozado y frito, más conocido como “pollo broster”. Una receta súper popular y sencilla. Bueno, así saben las canciones de Los Broster. Fritas y al paso. Espontáneas, crudas, urgentes, rabiosas, desprejuiciadas y un tanto desprolijas. Como el hambre, sus canciones no esperan y suenan aquí y ahora. Se trata de un trío compuesto por guitarras criollas, en el que todos cantan y no hay líderes. El año pasado debutaron con su EP La cocina es una rave y más de 700 personas ya lo descargaron. Ese público también dice presente en los shows. Es que sus canciones abren corazones, invitan a viajar y a no parar de bailar.
Aunque nacieron “de pura casualidad”, durante un viaje mochilero sin boleto de vuelta, no se trata de una banda efímera, pero de ellos dependerá no quedarse sin recursos y seguir creciendo “profesionalmente”. Al cierre de esta edición, estaban recién llegados de tocar en el Festival Sensacional de Belo Horizonte y a punto de entrar al estudio a grabar su segundo EP. Pero, decíamos, todo comenzó un verano de 2012. La casualidad quiso que se cruzaran arriba de un bondi rumbo a Jujuy y su destino cambiara para siempre. Así de novelesco como suena. Zapada va, zapada viene, fueron pegando onda y terminaron viajando durante dos meses por el noroeste argentino, Bolivia y Perú. No contaban con más instrumentos que una guitarra criolla cada uno. “Es un instrumento muy amigo ―considera Lule Franco―. Todo el mundo tiene una guitarra en la casa. La trompeta, por ejemplo, no es un instrumento amigo. No da tener un compañero de cuarto que esté estudiando trompeta. Pero la criolla tiene un sonido mucho más folklórico. Es amable.” Y así nomás quedó la formación: un ensamble de tres criollas.
Según cuentan, vienen de mundos musicales muy diferentes pero tienen algunos artistas y estilos en común: Manu Chao, Mano Negra, The Beatles y la cumbia psicodélica peruana de las décadas del ‘60 y ‘70. Y eso se nota en las canciones. En su Bandcamp se definen: “Es cumbia, pero no hay timbales; es punk rock, pero no hay distorsiones; es reggaeton, pero no hay guiños al consumismo descontrolado; es swing jazz gitano, pero no hay trajes de vestir, aunque sí camisas tropicales y mucho color”. Efectivamente, corre todo eso por las venas de Los Broster, que es igual a la suma de Mato Ríos, Martín Menta y Franco.
Pero, ¿hacen cumbia? Técnicamente no. En todo caso, las guitarras ―que marcan ritmo y percusión― abordan varios estilos folklóricos latinoamericanos, entre los que la cumbia es un cauce más. Para ellos, el mote de cumbia va por otro lado. “Es más la actitud ―explica Lule―. Creo que la cumbia es la música que atravesó América latina de punta a punta. En Colombia, Santa Fe, la villa, en cualquier lado suena cumbia. Cada país latinoamericano adoptó su propia cumbia, que no se parece a otras. No tiene nada que ver lo que toca Pablito Lescano con Totó La Momposina y La Delio Valdez.” Para Mato también tiene que ver con el contexto en el que se formó la banda. “En Bolivia y Perú tuvimos mucha influencia de la cumbia de allá mezclada con otras cosas, como huaynos”.
―¿Tiene que ver también con una cuestión política e ideológica?
Lule Franco: ―Puede ser. Porque es una expresión propia de Latinoamérica. Lo más folklórico que tiene Latinoamérica es la cumbia. Vas a Santiago del Estero, que es la cuna de la chacarera, y en el Carabajalazo también suena cumbia. En algún punto, está demasiado atravesada por todo. Si vas a un country, hay cumbia. Donde hay fiesta, hay cumbia, y viceversa. Es más una reivindicación. Hay un tema que dice “cumbiala”. Se convirtió más en un verbo, en una forma. No sólo por cómo suena, sino más como una manera. Cada uno hizo de la cumbia lo que se le cantó.
Martín Menta: ―Es como una interpretación de la cumbia a través de nosotros, a través de tres guitarras. En vez de “rockearla”, nosotros la “cumbiamos”.

Este trío de veinteañeros no está ajeno al cambio de paradigma cultural que está sucediendo en los últimos años: el acercamiento de las nuevas generaciones urbanas a los folklores latinoamericanos. No hay un desplazamiento del rock (y, más atrás, del tango) en la ciudad, pero sí una creciente apertura a las músicas autóctonas y de la cultura del mundo no hegemónico (África, Asia y los Balcanes, entre otras). Los tres coinciden en que se trata de “un crecimiento a nivel cultural”. Mato amplía: “La gente está tomando más conciencia de dónde está parada. Están mirando su entorno en lugar de mirar afuera. Antes todo era cultura exportada. Se está rompiendo la idea de que lo de afuera es mejor. El entorno directo nuestro es el folklore, lo latinoamericano”. Para Lule, “hay un despertar latinoamericano súper fuerte”. Continúa: “Tiene que ver también con los presidentes que están eligiendo en la región. Hay ganas de construir algo distinto. Si hubiéramos tocado en los noventa, seguro hubiéramos hecho punk, con un discurso antimundo, antisistema. Y cantaríamos ‘váyanse todos a la concha de su hermana y muéranse todos los presidentes’. Internet también da una mano. Es la herramienta más revolucionaria que tiene esta era”.
―¿Qué implica para ustedes “reivindicar la calle”, como señalan en su perfil?
Mato Ríos: ―La calle fue nuestra fuente de trabajo. De viaje, salimos a la calle a buscar el día a día con la música. Era el contacto más directo que teníamos. En primera instancia fue una necesidad.
L. F.: ―Tocar en la calle exige poner el cuerpo mucho más, porque lo acústico no se escucha bien (en lugares abiertos). Lo de la calle es también una cultura muy de estar adentro. Vamos en contra de los discursos de inseguridad. Volver a la calle es alucinante. Brasil tiene una cultura súper callejera. La gente come en la calle. Empieza el carnaval y están veinte días en la calle, con la vecina sentada en la puerta, como era el corso acá hace algunos años. La dictadura y la década del noventa la terminaron por hacer mierda, pero había una cultura súper callejera. La calle es el lugar donde te encontrás con quién compartís un territorio. Es lo cotidiano. La calle es re sudorosa. Hay algo que pasa en los shows que quedó de la calle: el recurso de gritar y correr en el escenario.
M. M.: ―En la mayoría de las letras siempre estamos hablando de cosas que pasan todos los días.
―No es fácil romper con el discurso del miedo, que está tan instalado…
L. F.: ―Sí, también hay miedo a la cumbia. ¡Es algo tan alegre! Parece contradictorio. Si el arte es lo que percibís, ¿cómo podés percibir mal la cumbia si es pura alegría? Aunque la letra sea garrón, el ritmo es alegre. Por ejemplo, el samba brasileño habla mucho de exilio, desamor, y la gente lo baila. Lo mismo pasa con el huayno.
M. R.: ―Hay que salir a la calle y perder el miedo que te impone la televisión. Está bueno ver la realidad con tus propios ojos. Hay que estar siempre en la calle. Porque ahí sucede la vida real. Donde nos encontramos es en la calle, no en Facebook. Si salís a la calle y te conocés con tus vecinos, se genera una confianza.
Como les sucedió a muchos artistas, el viaje los modificó. Ríos cuenta su experiencia: “Definió mi profesión más que antes. Ya sabía que quería hacer música pero el viaje me dio la respuesta que estaba buscando. Me dio más claridad en lo que quería. Pasó de ser algo que proyectaba en la mente a una realidad concreta”. Allá la música les daba de comer, literalmente. En Cuzco, iban a tocar al mercado y luego pasaban la gorra. Pero no recibían dinero: “Tocábamos por comida ―sonríe Mato―. Ibas a la sección de verdulería y todos te daban algo. Lo mismo sucedía en unos pasillos enormes, en los que nos daban pan. Después teníamos comida como para cuatro días”. Franco se entusiasma y suma: “Si cada uno te da un choclo, un tomate y una papa es un montón. De Cuzco no nos podíamos ir porque teníamos ya un sistema operativo muy funcional. Además, tocábamos a la noche en bares y nos pagaban”.
* Los Broster & Sus Crujidos del Sur se presentarán mañana a las 22 en La Salamanca, calle 60 n°751, La Plata y el próximo sábado desde la medianoche en Uniclub, Guardia Vieja 3360, Ciudad de Buenos Aires.
Fuente: NaN #11 (marzo-abril 2012)