
Por Andrés Valenzuela
Fotografías de fantasmas. No hay que googlear demasiado para encontrarlas. Aparecen en videos virales en Facebook, también. Sus protagonistas son objeto de leyenda y comentarios por lo bajo en campamentos. ¿Pero qué sucedería si una ciencia pudiera capturar su presencia, a simple vista evanescente? Eso es lo que creen, exploran y sistematizan los protagonistas de Informe sobre ectoplasma animal, la novela de Roque Larraquy con ilustraciones de Diego Ontivero que publicó recientemente el sello Eterna Cadencia.
Larraquy cuenta a NaN que el libro es fruto de una serie de fotografías retocadas que tomó en la finca de una amiga en Mendoza. “Había mucho animal de campo dando vueltas y cuando volví retoqué burdamente algunas de esas fotos y empecé a subirlas a un Fotolog acompañadas por un breve texto”, precisa y agrega que “por estar retocadas en su contraste, las imágenes daban la impresión de representar animales espectrales”. En esa instancia, había una “fuerte literalidad” entre la imagen y los textos. Sin embargo, Larraquy decidió cerrar esa bitácora fotográfica y proyectar el libro. “Pero esas imágenes iniciales eran muy literales, entonces convoqué a Diego porque me interesaba mucho su trabajo como diseñador gráfico”, explica. El resultado es una novela relativamente corta acompañada por una serie de ilustraciones de corte abstracto que, sin embargo, representan y narran en paralelo una/otra historia.
“Te diría que la presencia de las imágenes originales restringía el potencial de lectura del texto. Me interesaba más un tipo de imagen que planteara su propio recorrido, su propio relato, sin superponerse al texto y que en lugar de acotar o dirigir un recorrido de lectura, tendiera a ampliarla y conflictuarla”, observa sobre el trabajo de su compañero, con quien discutieron cada pasaje, tanto gráfico como literario. Más allá de su interés personal por el arte, la arquitectura y el urbanismo, para Larraquy era clave que el libro estuviera acompañado por estas imágenes. “Si bien el texto narra la historia de esta pseudociencia que retrata espectros de animales, es también un libro sobre la captura de imágenes, sobre los límites de la restricción de imágenes inefables, sobre aparatos ópticos y sobre la interpretación de las imágenes; entonces me parecía conveniente, enriquecedor y adecuado para el texto que le adosara otro, visual”.
—En muchos pasajes de la novela estos espectros afectan el cómo se manejan los personajes con su entorno. ¿Viene de su interés por el urbanismo?
—Por un lado, en la novela se plantea que la disciplina de estos ectografistas provoca efectos perceptuales o mentales en ellos, una cierta desafección emocional que está muy planteada a lo largo del libro. Pero también es cierto que el ejercicio de la disciplina produce alteraciones en los recorridos y las relaciones de los personajes con el espacio. En el texto, lo que tenés es una serie de bares o confiterías conocidas de la época, como la Richmond, el Parque Centenario, Plaza Miserere. Hay focalizaciones en ciertos lugares de la Ciudad de Buenos Aires que me parecen atractivos per se y también en otros edificios que aparecen mencionados, como el Ministerio de Obras Públicas. Sí, hay una presencia de lo urbano, pero es lateral.
—Un tema central del libro parece ser la pervivencia del pasado.
—No sé qué tanto la idea del pasado, pero sí me interesa la idea del tiempo no lineal. Es algo que también trabajo en la novela anterior (La comemadre), que comienza con una cita de Saussure sobre la supervivencia del pasado en las marcas de los nombres y los signos presentes. Por otro lado, no creo en los fantasmas, ni en la sobrevida ni en la pervivencia del alma. Pero me resultan atractivas esas figura porque vienen a negar el tiempo. Son un residuo o supervivencia de algo que fue, pero al mismo tiempo se manifiestan en el presente. En ese punto de inflexión que plantea el espectro me interesa ubicarme. En la negación del tiempo.
—¿Y la elección del período en el que se ubica la historia?
—En eso también hay continuidad con la novela anterior. Esa tiene dos partes: la primera transcurre en 1907 y la segunda en 2009. Informe sobre ectoplasma animal transcurre en la primera mitad del siglo XX. Me interesa porque es el momento en el que termina por definirse qué va a ser considerado de ahí en más una ciencia y qué no, en el que se terminan de definir ciertas lecturas sobre lo real propias de Occidente y en el que también fracasan muchas otras lecturas sobre lo real. Es la divisoria de aguas entre la ciencia y la pseudociencia. Quería establecer una relación con el momento político que describe lateralmente la novela, que es el primer golpe militar en la Argentina, el que derroca a Yrigoyen, en el cual leo muchas resonancias con la situación actual.
—¿Cómo?
—Fue un golpe mediático, con los medios intentando desgastar la figura presidencial, de poderes concentrados que veían con muy malos ojos ciertos avances sociales que se estaban planteando. Sin establecer una relación directa ni especular, hay muchas resonancias con lo que ocurre hoy, con la relación que construyen los medios hegemónicos sobre las políticas del gobierno y también con el modo en que una enorme porción de la clase media sigue acríticamente las consignas de los medios.
—¿Qué hay del registro en el que está narrada la novela, ese tono de informe que también da título al libro?
—Eso surge de que hubo un plan: escribir una novela que fuera desde la periferia del mundo una propuesta hacia el centro. Que fuera de la presentación de casos a conceptos, y de ahí a la acción. Y que fuera del fragmento de la orientación descriptiva hacia el relato. De hecho la novela recién accede a cierta forma de relato más convencional en la cuarta sección, en la que te vas a encontrar con un personaje que tiene un conflicto que desea resolver. Hay una cierta curva que recorre el personaje. Quería que a eso se llegara después de que los parámetros de esta pseudociencia estuvieran instalados fragmentariamente dentro del texto. Pero al mismo tiempo el plan era que esta fragmentariedad no se equiparara a una fragmentariedad de la lectura. Creo que es un texto que, para ser leído como fue planeado, tiene que ser leído linealmente, de principio a fin.