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“Las casas íntimas” en Silencio de Negras

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En la segunda dramaturgia de Eugenia Pérez Tomas, Candelaria Sesín interpreta a una cuida-casas, dueña de una peculiar capacidad de mimetizarse con los espacios. Fotografía: Luisina Jacinto

Por Daniela Rovina

Dice el cliché que “cada casa es un mundo” pero no aclara de qué tipo, forma, gusto o color. Cuatro paredes, un techo, dos ventanas y una puerta bien podrían convertirse en una casa. Eso mismo, más un quincho y algunas macetas o una hamaca paraguaya y un lindo jardín, también. Las combinaciones infinitas de ladrillos, cemento, chapas, maderas y materiales varios hacen de cuerpo para eso que llamamos “hogar” (una ambigüedad, porque puede remitir tanto al “hogar dulce hogar” del felpudo como al “Dios, patria, hogar” del régimen franquista). Si todas las casas son un mundo, ¿qué dice cada una de quien la habita? ¿Qué resguardan las paredes que fraccionan la Tierra? ¿En qué momento la rigidez del concreto se convierte en sinónimo de amor, intimidad o calma? Sobre la arquitectura y el alma de esas porciones de mundo cercadas habla Las casas íntimas, pieza escrita y dirigida por Eugenia Pérez Tomas e interpretada por Candelaria Sesín, los sábados a las 21 en Silencio de Negras, Luis Sáenz Peña 663, Ciudad de Buenos Aires.

Durante poco menos de una hora, Sesín albergará en su cuerpo a Anís, una joven de profesión cuida-casas, dueña de una peculiar capacidad de mimetizarse con la mística y el ritmo que conjugan sus espacios de trabajo. Camaleónica e hipersensible, cada propiedad destila singularidades que se incrustan en su memoria, una composición imprecisa de relatos sobre esas jornadas de excitante intromisión. “Adopto con velocidad los rituales que esconden las cosas y me trasvisto de personalidad llevando una vida prestada”, dice y, al instante, se exorciza del placer de sentirse parte de lo ajeno.

Cada casa es un número y una cualidad que la define y, a la vez, un relato que pone a Anís en el centro de esa intimidad que, en los papeles, no le pertenece. Tan verbal como corporal, los recuerdos de Anís son un salpicado de anécdotas expuestas sin una ilación cronológica clara. Son arranques oníricos, paseos, anécdotas laborales cortadas, acomodadas y exhibidas a criterio de la protagonista, versiones sin tiempo ni espacio claro para el espectador. El orden del monólogo es el que le imprime ella misma, a fuerza de capricho o asociación libre.

En su segunda incursión como dramaturga, Pérez Tomas ofrece en Las casas… un texto cargado de metáforas e imágenes que disparan tantos sentidos como espectadores haya en la sala. Las palabras de Anís se escuchan, se huelen, se palpan y son tan intangibles y etéreas que parecen alejadas de ese presente escénico, como despegadas del acto del decir. Son instantes de comedia, como cuando afirma: “Los otros son personas que mucho no me importan”; y momentos de melancolía, como cuando desnuda la soledad de su rutina: “Hago al revés de los que se cuidan del ‘por las dudas’. No llevo nada. No sé lo que necesito”.

A media luz, un sillón que se hamaca, una alfombra de pelo de mono, un televisor desintonizado, un micrófono y una valija, acompañan la metamorfosis de Anís, como un eslabón más de una larga cadena de aciertos estéticos. Es la composición escénica y, sobre todo, el diseño de luces, los que le aportan corporalidad a la introspección de la protagonista, los que la densifican sin restarle volatilidad poética. Son las estrechas dimensiones de la sala, las que potencian el tono intimista y confesional de la obra. Son esas cuatro paredes las que resguardan a Anís y a cada una de sus casas íntimas.