
Por Andrés Duprat *
Conocí a León Ferrari en los años noventa y al poco tiempo nos hicimos amigos. Por entonces, yo dirigía el Museo de Arte Contemporáneo de Bahía Blanca, que se caracterizó por promover y dar lugar a las expresiones más experimentales de la época. En 1999, organicé allí una muestra suya que anticipó, de alguna manera, lo que sucedería años después con su obra. A pesar de que León ya era un artista reconocido, en esos años ningún museo público se atrevía a montar una exposición suya por temor a la reacción que podía generar su obra que, entre otras cosas, ponía en evidencia contradicciones, excesos y aberraciones de la iglesia católica.
Hicimos la muestra y, por supuesto, se armó una gran polémica en la ciudad. En la calle, en los medios, en diversos ámbitos, se discutía con argumentos más o menos falaces: desde si era correcto que el Estado gastase dineros públicos en una exposición que vapuleaba la religión mayoritaria de la Argentina, pasando por fanáticos que proponían cerrar el museo, hasta dos señoronas católicas que luego de tratar de convencerme infructuosamente de que esa muestra era inconveniente y de que había que levantarla, me propusieron como último recurso: “Muy bien, ésta dejala. ¿Pero por qué no haces después una muestra contra los judíos?”.
En 2004, el Centro Cultural Recoleta le dedicó a León una retrospectiva que produjo gran escándalo. Hubo vigilia de fanáticos que rezaban en la puerta del centro cultural, alentados por toda una galería de personajes que, desde los medios, replicaban aquellos mismos argumentos absurdos que yo había escuchado en Bahía Blanca. Al entonces cardenal Bergoglio, secundado por el infaltable cruzado moral Mariano Grondona, unió su voz admonitoria Lilita Carrió. El clímax llegó cuando unos militantes ultracatólicos enardecidos irrumpieron en la sala destruyendo varias obras. La historia es conocida: hubo idas y vueltas, cierres y reaperturas, agravios y desagravios. Todo redundó en que aquélla rápidamente se convirtió en una de las muestras más populares de la historia del arte argentino. Ante las largas colas de espectadores, León, con amable ironía, agradecía a la iglesia católica por la publicidad extraordinaria que le había hecho y dejaba deslizar que le gustaría contar con ese “apoyo” en sus próximas muestras. Incluso llegó a cambiar el título de las obras despedazadas por el de “Gracias, Bergoglio”. Finalmente la justicia condenó a los iconoclastas a indemnizar al artista, y León, en una nueva jugada magistral, solicitó que esa compensación económica fuera entregada por ellos mismos a la Comunidad Homosexual Argentina.
Durante los últimos años frecuenté asiduamente su taller de la calle Pichincha. Era un lugar increíble, una enorme casona repleta de obras y objetos. Apenas cruzar el hall, uno ingresaba al universo Ferrari: vitrinas y estantes atiborrados de santos, cruces, estatuillas, juguetes, plumas, lápices, libros, alambres, botellas, las materias primas de sus trabajos. Las paredes cubiertas de telas, papeles y fotografías, el cielorraso abarrotado de esculturas colgantes de alambre o poliuretano, el piso sembrado de serigrafías amontonadas, catálogos de exposiciones y embalajes hacían de su estudio un lugar fascinante. León, siempre dispuesto a la conversación, solía invitar con una bebida espirituosa que extraía de un mueblecito estratégicamente ubicado junto a su atril: cachaça, whisky, ron, grapa. Un día me contó que por la mañana había ido a un banco cerca de su casa a cobrar un cheque. Una vez cobrado el dinero, dijo, había regresado caminando a su casa sin advertir nada extraño. Pero al llegar al portal de su edificio un hombre, que evidentemente lo había seguido, lo asaltó y se llevó todo el dinero. Alarmado por el relato, le pregunté si estaba bien, si quería que lo acompañase al hospital o a hacer la denuncia policial. León, sonriendo por mi preocupación, negó con la cabeza para tranquilizarme y con serenidad me dijo: “Socialismo compulsivo”. Ante mi mirada atónita prosiguió: “Hay pocas cosas y mucha gente. Y no alcanza para todos”. Me miró con ese brillo pícaro y esa expresión de inteligencia tan León Ferrari. Y brindamos por eso.
* Arquitecto, curador de arte y guionista de cine.