Por Valeria Tentoni
Fotografía de Agencia NAN
Buenos Aires, mayo 14 (Agencia NAN-2009).- “Como si fuera real”, la escritora Liliana Díaz Mindurry entra en el departamento. Y aunque la entrevista bien podría haber sido infinita, si tiene punto final es por capricho del tiempo. Pero Díaz Mindurry se continúa a sí misma en sus libros y es toda un universo indecible, en el que busca desinstalar al lector, hurgando en lo perturbador y exponiéndolo, sin ninguna intención de construir una literatura amable sino, más bien, una que inquiete, que corra el límite. Así ocurre en la novelas Pequeña música nocturna (Premio Plantea 1998), Summertime, y Hace miedo aquí; en los poemarios Sinfonía en llamas, Paraíso en tinieblas y Wonderland. O los relatos Buenos Aires, ciudad de la magia y de la muerte y La estancia del sur, entre otros. En ese camino diagonal, en ese vacío sostenido por palabras, la autora (galardonada con varios premios en su recorrido de más de 25 añ0s por las letras) charla con Agencia NAN.
— ¿Cómo llegaste a la literatura?
— Solía inventar cosas y a mi papá se le ocurrió la genial idea de regalarme un diario, a mis ocho años. Ahí viene un poco la historia del diario de Pequeña música nocturna. Eso en lo que hace a la escritura. En cuanto a la lectura, al principio fue bastante desperdigada. Lo primero que leí fue teatro y estaba muy fascinada con eso. Empecé leyendo a Shakespeare, prácticamente no leía más que teatro y poesía. Después comencé a leer cuento, luego novela, en ese orden. A escribir empecé, creo, a los 18.
— ¿Tenías a alguien que te guíe con los gustos?
— En mi casa se leía mucho y había una eterna pelea entre Borges y Onetti, porque mi papá era argentino y mi mamá uruguaya. Yo creía que era un tema de nacionalidades. Después empecé a entender lo que querían decir con eso. A Onetti no lo leí hasta que me exilié. Mi mamá me ponía siempre en la cartera, para que lo leyera, algún libro de él, pero yo veía el libro y lo sacaba, no lo quería leer. Pero como me tuve que ir en avión, intempestivamente, encontré El astillero en mi cartera y lo leí. Me transformé en amante literaria de Onetti. Pero antes había leído a Faulkner, había leído las lecturas base de Onetti. Quise hacer un tipo de lectura más orientada a latinoamericanos y españoles, me pareció que yo tenía que manejar primero mi propio lenguaje, no me quería contaminar con otros idiomas.
— ¿Y a Borges cómo llegaste?
— Borges me gusta mucho. Lo leí entero, de un golpe, y me gustó. Me divierten muchísimo sus ensayos. Hay cuentos que no me gustan, ni siquiera El Aleph. Pero hay otros que para mí son inolvidables, como La espera o Sur. Me tomé el trabajo de meterme en su universo, cuando me interesa un autor leo toda su obra y después paso a otra. Así hice con Onetti, Saer, Faulkner. Leo mucha filosofía también. Creo que leí más poesía que novela. La poesía es la base de la escritura. A mis alumnos de taller siempre les digo que lean poesía. Te abre la cabeza hacia lugares diferentes y te ayuda a ver otra manera de escribir. Te enseña a no tenerle miedo a las palabras. Yo soy muy brutal y desprejuiciada en el uso de las palabras, y la poesía te da mucha libertad.
— Tu prosa es muy poética. Eso te emparenta mucho con Saer.
— Si, yo me siento absolutamente unida a una escritura como la de Saer. Me gusta mucho la cuestión experimental, por ejemplo el relato que no se puede contar, como El limonero real, ese tipo de literatura, incluso la literatura de la mancha, del borrón, de la pérdida del lenguaje, del deslenguaje, de la recuperación, de contar una cosa veinte veces y no saber cómo contarla.
— Si, eso se ve en vos…. “Como si fuera real”.
— Si, creo que lo que más influyó en mi manera de escribir no es lo del diario ni nada de lo que te dije, sino un sueño que tuve de chica, ahora que me pongo a pensar. Soñé que me acercaba a una persona que tomaba consistencia de cortina, se volvía irreal. Hablaba con otra y lo mismo. Yo estaba absolutamente asustada, me preguntaba ¿entonces no hay persona? Lo primero que hacía, en el sueño, era ir a mi casa a buscar a mi papá, porque mi viejo tenía que existir. Mi papá estaba durmiendo y yo me acercaba y le preguntaba “¿Papá, vos existís?” y él me respondía “Si, claro”, pero de repente veía que se transformaba, él también, en cortina. Ahí me despertaba y lo iba a buscar a mi papá y le preguntaba. Y él me decía; “lo descubriste a Berkeley”. Y me pareció tan fascinante esa posibilidad de lo irreal, que creo que eso marca todo lo que escribo.
— Lo indecible es el elemento que une todas tus obras.
–Hay un escritor que yo recomiendo siempre, argentino, que me parece muy poco leído y creo que tendríamos que leerlo; Jorge García Sabal. En un poema habla de la sospecha, de aquello que no se quiere escuchar. Creo que esa sensación de no poder alcanzar a decir aquello que está absolutamente prohibido, y aunque estuviera permitido es imposible para el lenguaje, es lo que está más cerca de lo que quiero decir. Tanta fuerza para mí tuvo esa cuestión de no poder llegar a decir “aquello”, aquello que está ahí, afuera, afuera de lo decible pero no por una cuestión de que sea algo más o menos siniestro, sino que es algo que no se termina de entender. Y que es la clave de lo que uno está buscando, y no encuentra palabras para decirlo.
— ¿Es el límite del lenguaje?
— El límite del lenguaje y el límite también de lo que se siente. El día que deje de interesarme por eso no voy a poder escribir absolutamente nada. La palabra indecible me suena a muchas cosas, no sólo a la más clara (que sería lo que no se puede decir porque no hay palabras para decirlo), sino también aquello que es terrible –un grado de terribilidad o de violencia extrema–, de cosa que llega al límite. Lo indecible sería traspasar un límite, un límite que no sólo engloba el lenguaje. Todo lo que escribo trata de decir “eso” y, por supuesto, fracasar.
— En tus personajes se advierte esa obsesión…
— Mis personajes están obsesionados, de alguna forma, con eso también, y fracasan. Creo que lo que puedo entender que se cifra en mi literatura es pasión, pensamiento diagonal y paradoja. Pasión no sólo en el sentido de padecer, sino en el de energía, o exceso de energía o deseo intenso; casi como una libido puesta prácticamente en eso.
–-¿Y cómo interviene la paradoja?
— A mi nada me interesa si no existe la paradoja, es decir donde algo sea eso y a la vez lo contrario; no sólo la ambivalencia sino también la situación. La ironía siempre está mostrando una situación paradójica; me parece un recurso muy interesante. Me adhiero a una concepción de Borges: la de que el hecho estético está ahí en el límite de la situación de una revelación que vos sentís que estás a punto de tocarla, y no se produce. En este no llegar se cifra la estética. Y en cuanto al pensamiento diagonal digo: si el objeto está aquí, tengo muchos caminos para llegar, pero el más lógico es el camino recto, el de la ciencia. El camino del arte es buscar el camino más largo, no va en pos de la utilidad práctica. Más que llegar al objeto interesa el desvío.
— ¿Por eso puede ser que tengas tantos personajes niños, que son esencialmente pasionales y juegan con el límite?
— Si, tenés razón en eso. Creo que en el niño debe haber menos mandatos o filtros desde el afuera, hay contenidos más auténticos y brutales. No creo en los niños buenos. El niño tiene, justamente, esa posibilidad de una especie de pureza, si bien no me gusta esa palabra. Hay a veces un extremo de ternura, de bestialidad, de sexualidad incluso; yo creo que la sexualidad en los niños es una cosa que todavía molesta, pero es un hecho. Y hoy todo el tiempo se habla de pedofilia y no se acepta lo otro, la pulsión sexual del niño; no es que esté aceptando la pedofilia ni nada por el estilo. Quiero decir que, por ejemplo, Pequeña música nocturna le molestó a mucha gente porque el tío, finalmente, no era pedófilo. Molestaba más que simplemente todo era un juego de una niña. Los niños me atraen muchísimo para escribir, como también los personajes violentos, psicópatas.
— Si, los perturbados. Tus libros son libros de perturbación.
— Si, la palabra es esa. Cuando leo un libro, busco que me perturbe y es lo que también busco cuando escribo. Siempre cuento que quiero desinstalar; si yo logro desinstalar un poquito al lector, me alcanza. En la vida misma me gusta desinstalar. Me acuerdo cuando era chica, en el colegio, tenía la costumbre de sacarle la silla a la chica que tenía adelante, para que se caiga. Esto de sacar la silla se ve que era un intento mío, que me quedó, como una cosa infantil, de desinstalar. No quiero dejar tranquilo al lector, no quiero dejar tranquilo a nadie que me conozca, no me quiero quedar tranquila conmigo misma. Me gusta, en general, que un libro me saque de todo lo preconcebido en mí. Las experiencias de límite son las que me mueven a escribir.
— En este momento, ¿qué estás escribiendo?
— Una novela autobiográfica que me cuesta mucho escribir. Se llama Estado de sospecha, y tiene que ver con los últimos días de mi hermano. Él fue la persona que más influyó en mi, más que cualquier escritor. Tenía sólo un año más y era un investigador, desde chico, de las palabras. Teníamos un mundo propio donde experimentábamos juegos cada vez más profundos con las palabras. Mi hermano fue enganchado, por no decir chupado, por la triple A. Salió de la experiencia luego de un año, de toda clase de torturas. Vino a París, donde yo estaba, e intentamos tratar de vivir de vuelta. Cuando volvimos a Argentina se puso muy mal. Los últimos días de su vida estuvo viviendo en mi casa, y estaba en una situación de desborde psíquico absoluto. Teníamos frecuentes discusiones, no sobre cosas personales, sino sobre las cosas en sí, o las palabras en sí; él estaba generando cada vez una mayor violencia respecto del mundo de las palabras. Yo sabía que se iba a suicidar, era obvio, y finalmente lo hizo; se pegó un disparo en la boca. Yo lo vi. Y acerca de eso estoy escribiendo, que viene a ser la única novela autobiográfica que tengo, pero me cuesta mucho. Sería como una novela que podríamos haber escrito juntos.
— ¿Cómo ves hoy el estado de autores contemporáneos que están publicando?
— Me siento fuera de campo, creo que no tengo nada que ver con nadie de los que están escribiendo en este momento. La literatura tipo Aira no me interesa en lo más mínimo, tampoco me interesa una literatura minimalista, de hechos cotidianos; no es que no me guste, sino que no lo haría. Creo que siempre trabajaría en esta cuestión de la locura, del límite, de la violencia mental, incluso en mi poesía, que no es una poesía amable. Incluso mi libro de poesía Wonderland es sobre una mujer borracha que pasa por las experiencias de agrandarse y achicarse, viviendo maravillas infernales, haciendo una poesía que cuenta. Después tengo mucha poesía que trabaja con cuadros.
— Tenés mucha influencia de lo pictórico. ¿Pintaste alguna vez?
–Intenté, con pocas ganas de pintar pero mucho interés por la pintura, al punto de decirte que me gusta más la pintura que la literatura. Antes de leer mi primer libro a mí me habían regalado libros de arte. Y te diré que la pintura me sigue conmoviendo más que la literatura.
— ¿Y la música?
— También. La música es la experiencia más límite de todas; prescinde de todo y se mueve en el universo de los sonidos. Lo que pasa es que yo me di cuenta de que lo único que podía hacer era escribir, no que era lo que más me gustaba. Lo bueno que tiene la literatura es esta posibilidad del no pensamiento y del pensamiento. Yo me siento cerca de las palabras por una cuestión vivencial. La influencia, en ese sentido, de mi hermano Leonardo fue muy fuerte; nosotros jugábamos, de chicos, sacando una palabra de un libro, y le preguntábamos a otra persona otra palabra, cualquier cosa, como si te dijera ahora “serpiente de inodoro”, y entonces teníamos que encontrar la relación que había entre una serpiente y un inodoro. Perdía aquél que no podía encontrar nada, y claro que era un juego absurdo. ¡Y después me dí cuenta que estábamos haciendo la analogía universal de los surrealistas!