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Sólo los buenos mueren jóvenes

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A doce años de la masacre de Avellaneda, donde él y Darío Santillán fueron asesinados por policías de la Bonaerense, recuperamos este artículo publicado en 2010. El camino del artista de Don Orione que “ya no está” pero cuya obra pictórica y poética continúa en exposición intinerante. Ilustración: Lucía Lorenzo (Wix)

Por Nahuel Lag y Nicolás Sagaian

Estaba en su mundo. El joven —pelo largo, pantalones anchos, ropa desalineada— dibujaba con una birome y el cuerpo volcado contra un papel, ganándole al vaivén del tren que se dirigía a Constitución. Era un bosquejo de esos intrincados, con múltiples formas y relieves, que llamó la atención de un grupo de pibes que se fueron acomodando a su lado a medida que el diseño crecía de a trazos. De un halago lo sacaron del ensueño. Levantó la cabeza, devolvió la gentileza, y ahí comenzó otra historia.

—Somos del MTD de Guernica. Vamos a una movilización ¿Vos sos de por allá? Venite un día, si querés…

SUS PRIMEROS TRAZOS (O SAPO DE OTRO POZO)

Durante toda su vida emprendió una búsqueda constante. Nacido en plena dictadura militar, se crió en un ambiente muy cerrado: noticiero, no; tele hasta las 20; de preguntar, ni hablar. “Eso no se hace, eso no se dice, eso no se toca”, aleccionaba Serrat desde el diapasón de la casa de los Kosteki, donde Mabel Ruiz hacía resonar la música del español con frecuencia. Eran épocas de silencio, de “no te metás”, para Julieta, Javier, Vanina y Maxi, hermanos que recién pudieron vivir en democracia luego de unos cuantos años.

Del colegio a casa, de casa al colegio. Los amiguitos del barrio y no más que eso. Las directivas eran claras. En el hogar, las tareas se distribuían. Mamá tenía que salir a laburar todo el día para bancar a sus hijos ante la ausencia de una figura paterna que la ayudara a sostener servicios, bienes y alimentos.

En esa época era estar todo el día adentro o realizando actividades deportivas o artísticas afuera. En Don Orione, la iglesia del barrio se transformó en un lugar de gestación y formación. Maxi y Vanina vivían metidos ahí. Él era monaguillo, ella catequista. Andaban buena parte del tiempo juntos. Cantaban en el coro y aprendían guitarra con los chicos de La Obra. Obviamente, allí no encontraron todas las respuestas pero empezaron a toparse con “lo distinto”, una realidad con mucho de subyacente reflejada en cada uno de los chicos internados en el Cottolengo.

En el trato cotidiano con sordos, mudos o jóvenes con síndrome de Down, Maxi reconoció otros caminos posibles. Poco a poco, entendió que hay gente excluida del sistema por ser diferente. Una charla con su hermana y uno de los internos lo zamarreó:

—¿Por qué estás acá?
—Y, porque estoy loco…
—¿Qué es la locura para vos?
—No sé…
—¿Entonces por qué decís que estás loco?
—Porque eso dicen…

Maxi también se sentía “sapo de otro pozo” pero al mismo tiempo trataba de encajar en el mundo, entrar por la ventana para abrir la puerta grande.

Él y su hermana siempre quisieron ser “artistas famosos”. Los dos escribían cuentos o poemas y dibujaban. Esa veta creativa creció como un germen en el chico calmo pero inquieto que esbozó sus primeras obras con lápices, marcadores o fibras. Totalmente equipado, con sus elementos en la mochila, fue a sus primeras clases de dibujo entre sus ratos libres y sus horas de cursada en la escuela Nº 50.

Abandonó porque si bien adoraba adquirir técnicas, no le gustaba lo teórico. Se aburría. Prefería sentarse en el vacío de la nada y ponerse a pensar. Lo mismo hacía con su guitarra, un pianito o una armónica, tirado en su pieza. Entre papeles y cuadernos, la exploración a través del arte era una búsqueda de sí mismo. “Al mismo tiempo, lo que intentábamos era compensar una falta. Mi viejo nos dejó de chicos y nos aferramos a algo para buscar compañía, quizá por encontrarnos en un ambiente de soledad”, explica Vanina.

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Maxi y su hermana escribían cuentos o poemas y dibujaban, veta creativa que creció en el chico calmo pero inquieto. Fotografía: gentileza de Vanina Kosteki

DE LAS CHANGAS A LA MILITANCIA

Mabel no dejaba de preocuparse e intentar influenciar en las decisiones de su hijo. Inquieto, curioso, abandonaba cursos para iniciar otros, y como si fuera un taller de plástica o folklore, dejaba la secundaria. Mamá tenía sus motivos.

Desde la adolescencia, Maxi prefirió la independencia antes que el título. Probó pasear perros, ofrecerse como letrista y vender flores en las estaciones de Adrogué y Burzaco. El tren estaba siempre cerca para llevarlo a sus múltiples actividades o de vuelta a casa.

En la estación de Banfield miraba los murales que retratan a artistas y deportistas eruditos de esa ciudad. Mabel le preguntó:

—¿Qué vas a hacer de tu vida?
—Eso quiero —respondió, señalando el mural.

Pasaron pocos días hasta que se inscribió en el Museo Claudio León Sempere de Burzaco, pero a los dos años dio otro portazo. Siguió con circo y se mandó a La Plata, donde vivía Vanina, para hacer malabares a la gorra en la plazas San Martín y Moreno. Veía a los estudiantes, de todas partes del país, de un lado a otro, con esos aires bohemios que eran señalados bajo el techo propio: en casa festejaban cuando se cortaban por algún cumpleaños en el que tenía que calzarse un traje.

“Venite acá. ¡Sabés todos los hippies que hay!”, lo cargaba Vanina. Él se sentía cómodo en su uniforme de artista constante: si le pedías un dibujo, te lo hacía en un boleto, en papel de pizza o en un folleto. Por eso, en el año 2000 le puso punto final a la intermitencia académica y sintió que el secundario era la formalidad a cumplir para llegar a Bellas Artes: se bajó en Lanús y se inscribió en la Escuela Media N° 15, de orientación artística.

A dos cuadras de la estación, iría todos los días en turno noche hasta la mitad de segundo año. En las clases, Maxi no se destacaba por ser el chistoso del curso, era más bien retraído, pero nunca faltaba en el centro de las rondas de mate. Las horas de artes visuales eran su fuerte, aunque los profesores de folklore y psicología lo recuerdan como una persona “en experimentación permanente”.

En otro de los viajes del Roca hacia la escuela lo encontraron dibujando los pibes del MTD de Guernica. La charla se abrió con sorpresa para Maxi, mal acostumbrado a que alguien cruzara la barrera del trato indiferente hacia un joven con pinta de bohemio. Ése fue el puntapié de conversación con Vanina, el 31 de mayo de 2002, durante el festejo del cumpleaños de Mabel en casa de Julieta. Estaba toda la familia: comieron, escucharon música y Maxi jugó con todos sus sobrinos. Por última vez.

—Bueno, cuando terminás el colegio, ¿te venís a casa? Te hacemos un lugar y arrancás en Bellas Artes.
—Sí, pero mamá… ¿Cómo le digo que la voy a dejar sola? Capaz me busco un trabajo y puedo viajar.
—Pero contá con venir y quedarte unos días en casa.
—Sí, pero además estoy con unos amigos armando una banda. Y empecé a ayudar en un comedor…

Esa tarde en el tren, Maxi no se sumó a la movilización del MTD, pero no pasó mucho tiempo hasta que visitó la organización. Cuando conoció el espacio del comedor, se ofreció a dar un taller de dibujo. Y cuando se dio cuenta de que los pibes desayunaban con tortas fritas hechas en un horno a leña, donó el que tenía para trabajar cerámica. También sacrificó algún que otro cuadro para la organización: escribía en sus reveses consignas para las movilizaciones.

—¿Así que estás en una organización?
—Sí, el Día del Trabajador fui a Plaza de Mayo.
—Mirá qué chico es el mundo, yo también estuve ahí. ¿Con cuál fuiste?
—Con el MTD.
—Yo también milito en el mismo espacio en La Plata. ¡Tené cuidado, eh!
—Quiero un cambio. Quiero dejar de ser el Maxi tranquilo.
—Está bien, pero tené cuidado. Se están viviendo tiempos jodidos.

“Maxi picoteó de varios lados. Estaba buscando y encontrando un recorrido muy personal, con mucha energía. Era un pibe con mucha imaginación y receptividad a las vanguardias. Era un emergente de una época con una calidad que no se puede medir en los parámetros clasemedieros.” M. Jitrik

LA VIDA EN UN INSTANTE

El 26 de junio de 2002, Maxi partió desde el barrio con veinte compañeros del MTD. Compartió mates, marchó con su columna al Puente Pueyrredón hasta que se desató la feroz represión. Mientras estaba retrocediendo sobre la avenida Hipólito Yrigoyen, a la altura de la entrada de Carrefour, un disparo policial lo hirió de muerte. Héctor Fernández lo cargó de inmediato cuando lo vio tambaleando sobre la vereda. Perdía sangre a borbotones desde su profunda herida en el pecho.

Su compañero lo resguardó en el hall de la estación hasta que se sumó Darío Santillán para intentar reanimarlo. Con el último aliento, le dijo a Héctor y a otros dos militantes: “Vayan, después los alcanzo”. Atravesaron el patio interior y se fueron por los andenes; Darío se quedó a su lado. En ese momento, el comisario Alfredo Fanchiotti y su chofer, el cabo Alejandro Acosta, ingresaron a la estación, escopeta en mano. “¡Eh, pará! No tiren, no tiren”, suplicó Santillán, que se incorporó con un salto eléctrico e intentó escapar en vano. A menos de dos metros de distancia lo hirieron con un tiro fatal, a sangre fría, por la espalda. Mientras, el bonaerense Carlos Quevedo crucificaba a Maxi en el piso y se reía para la foto. Después los llevarían sin vida, en la caja de un patrullero.

Los asesinatos fueron parte de una represión organizada que provocó 90 heridos y 160 detenidos. Sólo Fanchiotti y Acosta fueron condenados a perpetua por el Tribunal Oral Nº 7 de Lomas de Zamora. El resto de la patota que actuó como grupo de tareas (entre ellos Quevedo) recibió condenas menores por “encubrimiento agravado”.

Las cámaras captaron todo, como nunca antes sucedió en una masacre así. A nueve años, no hubo imputaciones sobre las responsabilidades políticas que tuvo el gobierno de Eduardo Duhalde en la represión, debido a la falta de investigación de la Justicia Federal. Todavía se deslindan de responsabilidades el ex presidente Duhalde; los ex funcionarios de la SIDE Carlos Soria, Oscar Rodríguez y Jorge Vanossi; el ex secretario general de Presidencia y actual jefe de Ministros, Aníbal Fernández; y los ex ministros de Seguridad, Juan José Álvarez; de Gabinete, Alfredo Atanasof; y de Interior, Jorge Matzkin.

En los medios los funcionarios pasaron a segundo plano. Lo que perdura es el encasillamiento de ambos jóvenes como “piqueteros violentos”. Por eso, cuando Maxi falleció, su familia se encargó de dejar en claro que la realidad era otra: “Él no era un militante, no era la cabeza de una organización. Era un chico que quería un cambio social, que no es poco. El único delito que pudo haber cometido es andar con dos lapiceras en el bolsillo”.

EL ARTISTA QUE NO FUE

A Maxi lo frenó la muerte. Dos semanas antes había expuesto veinte obras en las Casa de la Cultura de Adrogué, pero sus planes de estudiar en Bellas Artes y la idea de convertirse en un artista famoso se apagaron detrás del gatillo policial. Había sólo una forma para demostrar que delante de él había un proyecto de artista amputado por ponerle el cuerpo al cambio social. Eran él y sus obras. “Por eso dejamos el duelo de lado, para que se lo conozca a través de ellas”, remarca Vanina.

Entonces comenzó el vínculo de Mabel y las hermanas con artistas y organizaciones políticas para iniciar un ciclo de muestras. El primer espacio en el que se colgaron sus trabajos, tiempo después de su asesinato, no fue una galería sino una fábrica recuperada: Grissinópoli. En uno de los salones del edificio, poco más de 50 dibujos con las firmas de Maníaco o Duende, sus seudónimos, se exhibieron como testimonio de esa vida detrás del piquete.

Los artistas Magdalena Jitrik y León Ferrari fueron curadores de la muestra. Ambos se subieron una tarde a un auto y le pegaron derecho por Hipólito Yrigoyen camino a Glew para conocer a “los 233 nietos”, dibujos y pinturas que conservaba Mabel en su casa. León fotografió todos los trabajos para elegir los mejores; incluso intentó adquirirlos para donarlos al Museo Nacional de Bellas Artes y al Museo de Arte Moderno.

“Tal vez Maxi no hubiera mostrado todo lo que nosotros elegimos –cuenta Jitrik, que estuvo acompañada en el grupo de curadores por Gabriela Bocchi y Alejandro Michel— pero para nosotros fue un privilegio.” En sus obras aparecen retratos y figuras abstractas y simbólicas, con tintes inscriptos en el informalismo y el surrealismo. “Maxi picoteó de varios lados. Estaba buscando y encontrando un recorrido muy personal, con mucha energía. Era un pibe con mucha imaginación y receptividad a las vanguardias. Era un emergente de una época con una calidad que no se puede medir en los parámetros clasemedieros”, analiza la curadora.

Desde las reproducciones de sus trabajos en las paredes de las estaciones de trenes hasta los montados en una pizzería de Glew, la esencia de Maxi creció fuera de esos límites institucionales. Quizá el caso paradójico sea la estación de ferrocarriles de Avellaneda, ya convertida en una galería y un centro de intervención constante por parte de un amplio colectivo de artistas que conforma la iniciativa “Estación Darío y Maxi”.

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Magdalena Jitrik y León Ferrari se subieron una tarde a un auto camino a Glew, a conocer los 233 dibujos y pinturas que conservaba Mabel en su casa. Fotografía: gentileza de Vanina Kosteki

Incluso desde diciembre de 2009 comenzó a construirse un centro cultural que llevará el nombre de los dos jóvenes asesinados, en un terreno lindero a la estación cedido por la Unidad de Gestión Operativa Ferroviaria de Emergencia (Ugofe) para ofrecer talleres de oficio, formación y arte.

Donde Maxi se formó, la exposición de sus trabajos se mantiene imborrable. En el hall de la entrada de la Escuela N° 15 sus obras fueron readecuadas por estudiantes en lienzos de un metro por tres. “Son obras muy disímiles. Parecen tener una fuerza propia y hablan de un creador que no sigue una sola línea sino de alguien que estaba buscando un lenguaje propio”, explica el vicedirector y ex docente del joven, Juan Wille.

Esos trazos de expresión pueden observarse en el diseño de una ciudad que toma forma con edificios destruidos de un lado de la vereda, donde caminan un monstruo, un policía y un linyera; y del otro, con rascacielos impecables, pibes jugando y gente encontrándose. O en el dibujo estampado en las baldosas de Plaza de Mayo durante su primera movilización: un ángel con una guadaña: “El ángel piquetero”. “Siempre aparecían dos caras. El mundo perfecto que nos pintaron lejos del real y el mundo que queríamos construir”, resume Vanina.

Las interpretaciones dependen de la persona que sea atravesada por la obra de arte; los artistas Diana Dowek, Adolfo Nigro, Ricardo Longhini y los integrantes del colectivo Veintiséis Seis, quienes impulsaron la muestra de 2005 en el Palais de Glace, hicieron las suyas. Y nada impide que en los próximos años los trabajos conservados por la familia Kosteki sigan girando y generando nuevos sentidos.

Son pocos los que poseen títulos o fechas que permitan estudiarlos. Para colmo, la mayoría de sus esbozos contienen figuras intrincadas y complejas, características de alguien que recorre un camino lejos de lo conservador. La tarea se hace difícil. “Podemos recorrer su obra editando un libro o realizando millones de muestras. Pero lo que impera es la imaginación. El artista, quien puede explicar los motivos de su inspiración, ya no está”.

RECUADRO: “Laberinto”, poema de Maximiliano Kosteki

Fuente: NaN #2 (mayo-junio 2010)