
Por Loreta Neira Ocampo
Mauricio Castillo (aka Chinoy) tiene una mente que vuela. Su mamá lo pensó loco, él se pensó loco y los medios chilenos lo describieron como una especie de bicho raro difícil de comprender. Aún así —y quizás un poco gracias a esto— su andrógina voz, una alada poesía y unos potentes rasguidos lo han convertido en una de las figuras musicales chilenas más escuchadas.
—¿Cómo fue el proceso de pasar de ser una especie de rumor de puerto a una figura más bien pública?
—Fue rápido. Fui a meterme a Valparaíso porque tenía una novia allá. Ella fue una de las que me impulsó a irme. Varios amigos también me empujaron al viaje. Además tenía la sensación de que me podía ir bien allá, como por instinto. Me fui metiendo en los bares, encontrándome con gente más vulnerable al candor o a la inocencia que provoca una canción bien hecha. Me llevaron a sus radios y a sus mitines, y entonces terminé pasando a ser uno más de la fauna de Valparaíso. Ahí las canciones empezaron a pegar y me llamaron de hartos lugares. Canté sin darme cuenta de que me estaba ganando una pequeña fama.
—¿Y cuáles son los pro y los contra de esa fama?
—No sé si hay muchos contra. Es que es una pequeña fama, nadie rompe una vitrina por entrar y saludarme. Son saludos así nomás. Vivo tranquilo. Hay veces en que he tenido algunos contra, como gente que me grita cosas de envidiosos en la calle. Igual no sé cómo pueden envidiar mi voz de bicho raro, no hay cómo entenderlos.
—Que tus temas suenen en la radio, ¿coarta cierta libertad creativa? ¿Te riges a veces por determinadas cosas que sabes van a funcionar radialmente?
—La libertad creativa te la pueden quitar hasta tus amigos. Mi idea es estar bien desconectado y no familiarizarme mucho con lo convencional. Con respecto al arte, trato de hacer algo más bello que las cosas mecánicas de la vida. Siempre que empiezo escribiendo algo siento una contradicción al mismo tiempo. Mi disco ahora va a tener algunas canciones de seis, siete minutos. O sea que no tengo idea de si las van a poner en la radio. No creo que me vaya a pasar eso de hacer algo que funcione radialmente. Les ha pasado a otros pero no me va a pasar a mí. Es muy feo. Para eso me dedicaría a otra cosa.
—El nuevo disco viene con banda incluida. La última vez que tocaste en Buenos Aires estabas ya con tu grupo, que le da otro sonido al proyecto, más agresivo quizás…
—¿Agresivo? Sí… El formato de rock n’ roll es así, no me voy a quedar en la balada de los ‘70 u ‘80. Hay que levantar una canción más contemporánea. No tengo la edad de Sabina tampoco, ¿cachai? Hay que agregarle el toque de la juventud que acaba de pasar o a la que uno apunta. No escuchamos la balada de Camilo Sesto, na’ que ver…
—¿Qué te motivó a cambiar a formato banda?
—Es que nunca he dejado de tocar con banda de rock. Desde que empecé a los 15 hasta los 17 estuve tocando así. A los 25 retomé mi banda antigua y tocamos en Valparaíso, pero duró muy poco, como nueve meses. Después volví a tocar con banda pero las canciones de Chinoy, que fue para hacerlo un poco más con mis amigos, para no tocar tan solo, por apostar a otro sonido. No me quería quedar metido en el saco del cantautor, del trovador. Siempre me ha gustado el sonido que hago y otros más pesados también. No vengo de la escuela de Violeta Parra. La mía es más punk rock. Empecé escuchando Sex Pistols y 2 Minutos, no vengo de la escuela folk y tampoco la entiendo. Bueno, no es que no la entiendo, pero me encuentro con los Inti Illimani y no sé ni quiénes son, ¿cachai? Mi mundo musical lo encontré puertas afuera. No recibí escuela del mundo lana, fueron los chicos de chaqueta de cuero los que me dieron más escuela. Crecí en un lugar muy decadente y a la vez particular donde no había mucha información. Al mismo tiempo existía una inocencia grande, entonces perdidamente logré ligar mi vida a otra cosa.
—No obstante, se le podría encontrar una ligazón al punk y a un folklore quizás precario como el de Violeta Parra.
—Seguramente. Yo sigo uno de los mandamientos de Violeta Parra: tocar la guitarra como uno quiera nomás. No he hecho escuela de la cueca ni de los valses ni nada parecido. La música me salió como me salió. Y me salió, parece, un estilo particular sin saber cómo.
—Tu poesía es bastante abstracta y volada de a ratos, lo cual da mucha libertad de interpretación a uno como oyente. ¿Te parece que eso ayuda a llegar a más gente o que más bien restringe por no ser líricas explícitas?
—Creo que la gente está lista para escuchar y relacionar las cosas, para entender los símbolos. Me imaginé las cosas así: si doy datos vagos es porque sólo puedo hablar vagamente de lo más profundo. Ésa es mi experiencia, ésa es mi canción. No sé si es muy fácil entender lo que digo, no lo tengo en cuenta. Tampoco creo mucho en las cosas convencionales. Tiene que ver con una manera de ver las cosas, de reflexionar, de percibir la imaginación. Es muy difícil la pregunta porque para mí es muy claro lo que quiero decir en una canción. Abstracta será para otra persona, pero yo entiendo muy claramente lo que quiero decir.
—¿Qué influencias literarias tienes?
—Leí un montón de poesía. Soy admirador de ella. Trato de escribir un poema a diario. No sé de todas maneras si mis influencias son tan en serio. Uno puede pasar una semana leyendo a Enrique Lihn y escribir un poema como él, pero es un montón de lectura la que uno agarra, es un ciclón de cosas que influyen. Al escribir se produce un estado epifánico: uno se sienta a hacer una canción, sale así de rápido y no sabe de dónde viene. Al parecer todas las canciones son muy del inconsciente. Si me quedo callado un rato y me echo a caminar por calles que no conozco, empiezo a sentir que me caminan palabras. Esa probablemente es la manera en que dispongo del lenguaje.
—Viviste en la Argentina un tiempo. ¿Cómo fue esa experiencia? ¿Qué te llevaste de acá?
—Me llevé un montón de canciones, dibujos, amigos que no he visto más y con los cuales compartí mucho tiempo en piezas pequeñas, viajes en trenes, lluvias de las que no me quiero ni acordar porque no había cómo llegar a la casa. Fue muy bonito, mucha conversación, mucha sobremesa, mucho cariño. Volví a Chile soñando lograr algo con mi música, así que le debo mucho a mi estadía en la Argentina. Volví confiando en mí. Volví siendo otro un poco más fuerte y más valiente.