/Archivo

Cuentos de la selva

JUAREZ_ENTRADA
“Araucarias”, el hermoso nuevo disco del cantautor de Olmos, tiene clima húmedo y juguetón. “La búsqueda de lo naif siempre fue intencional. Uno pone parte de lo suyo y lo mío es algo vinculado a la inocencia, un lugar en que podés hacer una lectura más básica y pura de las cosas”, asegura. Fotografía: Verónica Sarrió

Por Ana Esperança

Si no fuese arriesgado comparar la voz de Adrián Juárez con golosinas, podríamos liberar un kiosko entero en el mp3: una voz de miel administrada en pequeños relatos sobre la experiencia terrenal. Como si fuésemos habitantes de una Liliput naif y hundiéramos la nariz en un bosque reducido a la doceava parte de lo real para encapsular en los pulmones su versión del mundo.

Adrián Juárez creció en la localidad de Olmos, ciudad de La Plata, en un barrio de residentes paraguayos y correntinos dedicados a la producción de quintas. “En mi barrio se escuchaban cumbia y chamamé, eso me influyó un montón. A veces te forma más lo que no buscás deliberadamente”, dice. Y tilda entre sus influencias a Sigur Rós, Múm, Lisandro Aristimuño y Gepe, y a Andrés Calamaro y Los Redondos en la categoría “mentores del minuto epifánico en que supo que quería dedicarse a la música”. “El primer CD que tuve, a los doce años, fue Un baión para el ojo idiota; me acuerdo cuando mi viejo lo compró. Lo gasté. Era una época en la que te enterabas de las cosas por libros y revistas”, cuenta. Y agrega que cuando vivía en Olmos y tenía sólo un amigo, escuchaba a Los Redondos y a Calamaro, hasta que llegó Internet y accedió a música de Nueva Zelanda, Islandia, África.

Después de varios lanzamientos sin sello discográfico (Tu nombre es fresa, 2011; Marimba, 2012; el single Calculadoras, 2013), Juárez se encuentra presentando Araucarias, editado por el sello Caminar de Elefante, en el que se encargó de componer, tocar y grabar todo con su computadora. Es un sábado gris y el músico habla con NaN de su último disco. También de que se siente más del campo que de la ciudad.

El soporte estético de Araucarias es una jungla como de cuento. Pero a medida que la historia avanza se desenvuelve la metáfora: la misma cualidad salvaje que horadaba al sujeto aclamando su lado animal en “Selva”, de La Portuaria. Cualidad que llama a Juárez en la aventura visual y sonora del disco. “Ni hablar que hay una metáfora de lo social y su agresividad. Mismo siendo culturales, el salvajismo primitivo emerge de manera no menos violenta: lo ves en la ciudad, en el tránsito. Desde que empecé a manejar lo percibo más. No soy una persona naturalmente agresiva. Cuando empecé a laburar en una oficina me sentí agredido en varias oportunidades y no sabía cómo manejarlas, pero tuve que aprender. Si seguís las canciones de mis tres discos, se refleja ese incremento de agresividad y la manera de regularla”, afirma. Y se convence de que el ser humano es el mismo en diferente contexto: “Viví en una casa con terraza y miraba las estrellas con el mismo estupor con el que imaginaba que tenían los hombres de la antigüedad al estudiar las coordenadas del cielo y las constelaciones para ver a sus dioses y pensar las cosechas, como si fuera un mapa”.

Tal como expresó en una entrevista titulada “Tu nuevo cantante favorito” en Mundo Rosa, un medio digital mexicano, las canciones de Araucarias narran una jornada en la selva: empiezan amaneciendo, recorren el día. A mitad del disco anochecen, se tornan oscuras y terminan yéndose a dormir amenazadas por criaturas que observan. En esa entrevista también define a la música como “una cajita musical que al ser abierta cuenta historias sobre el heroísmo cotidiano y la búsqueda de la felicidad”.

“Las letras de mis canciones pueden llegar a hablar de cosas terribles, pero están hechas de una manera en la que prevalece lo naif y ese lado tierno desenfoca lo terrible. Me gusta esa ambigüedad.” Adrián plantea que siempre se habla de temor o sufrimiento pero se encuentra la vuelta para que tenga una gracia. “Es como un dolor disfrazado. La primera canción de Araucarias habla del salvajismo, una lucha entre lo racional y lo animal”: las fieras de la noche comparten tu temor, no temas sus garras, ama su corazón.

“Empecé a grabar Araucarias en enero. Primero solo, con la computadora y algunos instrumentos. Quería hacer algo africano, inspirado por Youssou N’dour, que es como el Charly o el Caetano de Senegal. África es un mundo aparte. Me encanta ese tambor cuadrado de la selva.” Acompañado por Adriana, quien en el trío con el que se presenta en vivo (y que completa un bajista) toca sintetizadores y computadora, Adrián empieza su relato hablando pausadamente, con un timbre pacífico y tranquilizador, y sus palabras se acomodan en una gran pieza cuyas partes están simétricamente alineadas: no desentona ningún color ni hay rebordes que emparejar. La conversación es como coser y que la aguja no se trabe ni el hilo se corte. Como si hubiese estudiado cada piedra debajo del río por el que sus canciones nadan hacia otro río. O como si hubiera dormido con cada una bajo la almohada muchas noches, calando su composición atómica hasta llegar al secreto, de manera tan eficiente que nada pudiera falsear su matriz. “Un chico de Misiones escuchó por Facebook el disco y me dijo que éste consigue esa sonoridad medio selvática. Busqué conscientemente que tuviese un ecosistema propio, una unidad de sentido fuerte”, explica.

La araucaria es una conífera que en América crece tanto en la Patagonia como en las selvas subtropicales. También en lugares como Nueva Guinea, Australia y Nueva Caledonia. Es un árbol extremadamente alto, resultado de su carrera al sol, dice Adrián. “Creo que Araucarias está tan cerrado conceptualmente que no podría incluir un tema de Marimba. No tendría nada que ver. Ahí estaba muy presente otra propuesta: el invierno, que siempre fue mi columna vertebral estética. De hecho, cuando pensé en la selva no supe cómo iba a representar el verano.”

Adrián estudió piano unos seis o siete años, de chico. Después entró a Bellas Artes, pero más allá de lo aprendido no le resultó mucho lo académico. Cree que hay una puja entre lo académico y no lo académico: “Para los rockeros soy académico y para los académicos soy rockero”, evalúa.

—¿Cómo empezaste con la música?
—En mi pieza, con una computadora, toqueteando. Desde que tuve Internet y entendí que podía grabar cosas. Al principio lo que hacía con midi sonaba como un karaoke o una pista de juguete. Con el tiempo encontré programas más sofisticados y aprendí a usarlos hasta que salieron cosas más complejas. A la par aprendí a tocar bajo y percusión, pero soy pianista. Toqué mucho clásico, por eso hay temas que me suenan de una onda Mozart. Para mí es difícil trabajar en grupo porque sé lo que quiero, desde un principio fue así. Después seguí solo por inercia. En vivo hoy estoy con el trío, con los chicos, y eso está buenísimo por la afinidad que tenemos como banda.

—¿Qué tanto de la música que producís está craneada previamente?
—Cuando la música está en la cabeza es más abstracta. La hago con la guitarra, después con los instrumentos y las programaciones. Está abierta a redireccionarse pero generalmente se parece bastante a la que tenía en la cabeza.

—¿Cómo llegás a esa identificación con lo naif?
—A mí me gusta mucho lo naif. Y lo visual. Por eso en mis discos eso está subrayado (tienen arte de tapa de la ilustradora Ciervo Blanco). En esto me inspiró mucho Henri Rousseau, un artista plástico con una estética que me gusta mucho. Como le doy mucha importancia a lo visual estoy permanentemente pendiente de eso. Me gusta que lo visual acompañe desde un lugar importante, es una parte esencial de lo que hago. De hecho, la producción del arte de tapa estuvo a la par del disco. Siete meses antes le dije a la ilustradora: “Vamos a empezar ahora porque lo vamos a laburar bastante”. La búsqueda de lo naif siempre fue intencional. Creo que lo asocio a lo infantil. Yo soy medio infantil (risas), me doy cuenta de que me sale componer así. Uno pone parte de lo suyo y lo mío es eso: algo vinculado a la inocencia, un lugar en que podés hacer una lectura más básica y pura de las cosas. En Araucarias el relato es la selva. Usa elementos de la música africana, pero desde una estética naif, infantil. Es una selva de enciclopedia, estilizada. Una especie de jungla de uno mismo, cerrada, como de juguete. Claramente no son utilizados elementos de la cultura africana.

—¿Cómo combinás recursos de otros géneros musicales a partir de esa base?
—Hoy me parece que no hay géneros puros. Se terminaron: se mezclan todo el tiempo. En los ‘80 un punk no podía ir a un concierto de hippies. Si se mezclaban ciertos clanes, se cagaban a palos. Ahora está todo mucho más relativizado. En mi música hay mucha mezcla: “Niño turbo” es un bolero que además tiene aires de cumbia, cuarteto y reaggeton: yo vengo de ahí, de esa música. Y por ser de ahí no tengo barreras. O por ser curioso, también, mezclé todo; lo que traigo de donde vengo y lo que busqué de manera más elegida.

JUAREZ_ENTRADA1
Fotografía: Verónica Sarrió

—¿Te da vértigo el escenario, tenés rollo con eso?
—A veces, si me pongo a pensarlo demasiado, me puedo frenar un poco, pero arranco. Soy tímido pero me fui acostumbrando. Cuando escucho que están pasando algún tema mío en la radio, por ejemplo, se me cruza pensar: esto lo hice en ojotas, en mi casa, en un entorno súper íntimo. O a veces por ahí estoy cantando una canción frente al público y escucho que aplauden y me pregunto si están escuchando lo que digo. Siento que estoy en el diván (risas).

—¿Cuál es la estructura que más te sienta para armar los temas?
—Tengo una cabeza pop: canciones con estribillo. Lo pop es lo más asimilable. Después las amplío, las reconvierto. También doy un lugar central a la percusión, intento hacer algo colorido. Para mí es una parte de la música muy amplia que permite mucho juego. Podés usar sonoridades diversas muy divertidas: he usado bidones de agua, bombitas, he probado de todo porque la percusión te permite eso. Me parece que lo rítmico es esencial; de hecho la música empezó pegándole a los huesos. Le doy un espacio grande. Marimba, el nombre del disco anterior, es un instrumento de percusión. Mis instrumentos son juguetitos, cachivaches.

—¿Qué termina ganando: la estética o el contenido?
—La estética es lo que media, y es muy importante. El concepto es el cuerpo y la canción el vestido. Siempre intento que vaya a un lugar puntual, que quede definido.

—¿Podemos decir que sos un ingeniero de tus canciones?
—Sí, sí, sí (risas). Todo es muy planeado: si una canción es triste, pienso en la manera de que todos los instrumentos lleguen a esa vibración, que todo vaya para ese lado. La resultante está compuesta más por lo pensado. Lo no pensado se filtra y se va.

—Tenés muchas canciones románticas: ¿cuentan escenas de tu vida o son pura ficción?
—Siempre te inspirás en la experiencia. Pero no son escenas específicas. A veces son historias de otras personas. O las dos cosas. Más que nada hay una mirada fantástica vinculada al mundo interior. Por ejemplo, “Chico Estrella” habla de la historia del divorcio de sus padres. Está ficcionalizado, habla desde la metáfora, pero busca la identificación de una vivencia muy común.

En lo sucesivo, Adrián Juárez seguirá presentando su nuevo disco. Con una iniciativa muy completa, que excede lo musical: al igual que hizo para la presentación de Marimba, que tuvo concursos y chocolates “para el día de San Valentín”, para Araucarias creará videoclips que subirá a Internet. El cantautor no deja nada librado al azar. Como un verdadero señor de sus canciones.

* Araucarias se consigue en La Plata (La Disquería), Ciudad de Buenos Aires (Mercurio Disquería), Córdoba (Mecurio Disquería Córdoba) y Rosario.