Por Esteban Vera
Fotografía de prensa de Nicolás Parodi
Buenos Aires, marzo 3 (Agencia NAN-2009).‑ Para las hermanas Albina y Lucía Kowalski es tiempo de ahogo, carga y presión. Ellas cuidan a su padre enfermo, que ya no puede moverse. Sólo engorda en su habitación, mientras ellas pagan una deuda familiar que va en aumento. Albina es albina; Lucía, no. Se dice que un mechón de albina cura cualquier enfermedad. “Trae suerte”, le agrega el padre. Pero todo es desdicha, ruina y desolación para las chicas Kowalski. Así, la pieza, con dirección y dramaturgia de Mónica Salerno, refleja un infierno chico: Albina, una fábula suburbana que acaba de regresar a la cartelera porteña para su segunda temporada.
Seguramente lo dicho dé la idea de un drama, a secas. Sin embargo, por momentos se trata también de una comedia desesperada. Entonces, podría definirse a la obra sintetizando ambas etiquetas genéricas, puesto que el relato de Salerno resulta dramático, gracioso y desesperante.
Las Kowalski son las únicas chicas en un barrio de hombres de pies feos y lastimados, apiñados alrededor de una fábrica. No hay certezas respecto de la geografía, si bien hay alusiones para presumir que la trama ocurre en un lugar del conurbano bonaerense. Viven en una pequeña casa que no es de la familia, sino de un vecino, de apellido Capalbo (un violento recuperado-mormón). Asomadas a la ventana y a la puerta, espían el exterior, lo que sucede afuera, lo que hacen los otros, los hombres. Salir de la casa es un imperativo para las hermanas. La Kowalski albina fantasea con irse a vivir con Lucía a otro lugar, lejos de allí. Le pide a una pequeña estatua de la Virgen María que le cumpla ese deseo.
Mientras tanto, Lucía, la mayor de las hermanas, la pasa mal debido a la falta de salud de su padre. Es la encargada de saldar las persistentes deudas familiares con un vecino. En su intención de proteger a Albina, Lucía se convierte en víctima de su hermanita. Ella, la menor, tiene un perro, de nombre Gallotti, que provoca daños a la propiedad e incluso mata a dos conejos del vecino-acreedor. De esta manera, Capalbo y otro vecino (Belisario, un baboso-asqueroso, más baboso que los caracoles) deciden la suerte de las Kowalski. Así, Lucía está turbada pero consciente de que ese presente de miserias y malicias no le traerá absolutamente nada bueno.
Lucía: – No hay modelos albinas.
Albina: – Lo mismo dijo Capalbo. No en este país, pero sí en Noruega, dijo papi. “Las albinas traen suerte”, y me besó el pelo. “Un mechón de su pelo cura cualquier enfermedad”, le dijo. “No sabe lo que cotiza el pelo blanco natural, por eso no puedo dejarla sola. Vio cómo es el barrio y yo sé que mi albinita vale…” y le dijo más: “Mírela, podría estar en una publicidad de Benetton, al lado de un negrito”. “Tapate la cara, hijita. Es que nos da pena ver cómo se arruina y nada podemos hacer”. Capalbo dijo bueno, que por ahora se lleva el ciclomotor, pero que con eso no le alcanza porque es una chatarra. En ese momento papi lo invitó a comer.
Lucía: – Papá está loco.
Durante 75 minutos las actrices Luciana Mastromauro (Albina) y Tatiana Sandoval (Lucía) dan cuenta del relato en el escenario del Teatro del Pueblo, sin la presencia de hombres, que, de todas maneras, sí influyen desde el exterior en la historia de las jovencitas. El dispositivo escénico utilizado en esta puesta (una cocina a medio terminar que se completa con una acertada iluminación) contribuye a acentuar las emociones que comunican Mastromauro y Sandoval.
Mientras que la canción «Me estoy volviendo loco», del cineasta, compositor y cantante Leonardo Favio, sirve de armonioso corte, con su cargado contenido melodramático.
La obra de Salerno –quien con Inesita de Baño recibió, en 2004, una mención en el certamen “Obras inéditas” del Fondo Nacional de las Artes– fue galardonada, en 2007, con el segundo Premio Germán Rozenmacher de Nueva Dramaturgia, en el marco del VI Festival Internacional de Buenos Aires. Y fue traducida al inglés y al francés. El premio permitió poner en movimiento el proyecto y conseguir una sala para montar el espectáculo. La dramaturga, además, dirige al grupo de artistas Voyeur, integrado por cineastas, pintores, fotógrafos, entre otros artistas. Y se encargaba junto a su par Marina Muñoz del guión de la historieta Nocturnos, publicada en la revista Fierro.
* Viernes a las 21 en el Teatro del Pueblo, Roque Sáenz Peña 943, Buenos Aires.
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