Por Facundo Gari
Buenos Aires, febrero 28 (Agencia NAN-2009).‑ Jugar a descifrar el aspecto físico de un escritor a través de la lectura de su producción es divertido y sólo posible si la cara del susodicho no ha recorrido aún tantos mundos. Precisamente, el caso de Juan Pablo Díaz, para esta empresa, no es el de Jorge Luis Borges ni el de Julio Cortázar: su rostro es anónimo. Su única marca es un libro o, mejor, las más de cincuenta poesías que reunió en Despojo. El prólogo, del director de cine Eduardo Andrés Elli, aporta un dato que mientras por un lado apaña la consigna, por el otro atrae. Elli llama a Díaz “púber-poeta” e incluso traza un paralelo entre el acné de la edad y la eyaculación bucólica del autor. Sin embargo, la sencillez minimalista con que Díaz distribuyó las palabras en cada hoja y el ingenio de varios versos desorientan a quien parte de esa primera aproximación: ¿es realmente un adolescente quien escribe o la evocación del prologuista es una imagen extemporánea?
La sorpresa es inmediata. En “Géminis”, Díaz escribe: “Tu mano seca mi cara y yo seco las tuyas”. Se presiente curtido, no atolondrado. El verso “lamer las telarañas de uno”, seguido más adelante de un sabio “dar brazo a torcer”, adosarían a la imagen al menos un par de canas, quitarían al menos un par de pornocos, pero del púber-puerto quedaría muy lejos.
Mejor seguir por aguas claras. Pronto, Díaz propone otro camino. “Un viaje sin puentes no sería viaje”, arranca en “Puente”. “Hay una especie de continuidad/ entre el mundo anterior y éste./ (…) Te encuentro en otra persona/ y mi corazón vuelve al son”, aproxima, aquí un poco más previsible. Las canas, afuera. Ahora, los ojos avispados, inquietos. Un viaje en el “180” devino en unos versos también inocentes, pero con atisbos de madurez. Dentro del colectivo, los pasajeros “no sabemos nuestra suerte. / (Somos dados vírgenes)”.
Una treintena de páginas adentro, “Bises” encuentra a Díaz compartiendo su lecho con un “cadáver abandonado”. Y “Ser gris” lo pone melancólico, un poco ojeroso: “¿No has visto amaneceres gotear/ de los techos pobres?”. La tristeza, más alborotada, continúa en “Niebla”. Quizás haya sido ese vértigo azul el que lo llevó a filosofar en “Adiós”, a hablar de muchas ventanas y cuántos paisajes podrían haber mostrado unos ojos. Las canas regresan al prototípico Díaz tras leer “Umano” y esas líneas a mitad de hoja que dicen que “nunca han visto a alguien/siendo tan humano./ Serlo duele,/ como todo privilegio enorme,/ (que pesa toneladas)”. Conmueve su “Amor”, tan breve que se hace necesario citarlo entero:
«Pelados
tendremos que estar
para poder amar.
Las nucas peladas harán ver.»
Díaz es ahora calvo (¿?). A veces es certero en la elección de las palabras. Otras, pareciera vomitar un ejército de polisílabos que váyase a saber qué emociones contrariadas lo convocaron. Algo de eso sucede en “Miedo (temor del área)”, cuando afronta que “la vida en este lugar no significa nada, / es vivir y ya/ Me defecaría y nadie lo notaría”. Vuelve la sabiduría en “Baba Negra” (“ya mayor,/ descifraba palabras en doble sentido/ el doble discurso y los pasos doble”) y la calma en “Evaporación” (“las gotas del techo se iban haciendo hormigas al caer”). “Ventisca en las manos” hace posibles dos opciones: el abandono del juego o la amplitud de los márgenes para imaginar al hacedor siéndose viento.
Hay tantas hormigas que indefectiblemente se trata de un niño. Pero inmediatamente, le dice a “Carla” que su cuerpo es exquisito (“mi cerebro se acalambra con sólo rozarte,/ escucharte gemir”) como si fuera un Don Juan treintañero. Vuelve a ser, inmediatamente, un pibe: hace al lector leer “Juego de miradas” de cabeza o contra un espejo. Y vuelve a ser, luego, un anciano en “Hija, recibe estos sabios consejos de tu padre”. Y vuelve a ser, pronto, púber en “Post-sexo”. Y así, imosible adivinar la cara de quien también juega, del otro lado, a tener tantas, a ser tantos, a renovarse. O quizás no sea un juego el suyo. Tal vez, las cosas-poesías de las que Díaz se despojó lo hayan dejado sin rostro.