Con una puesta en escena mínima, la obra narra la travesía de una adolescente de 15 años del interior del país que viaja a Buenos Aires para probar suerte, pero termina sometida al comercio sexual.
Por Juan Manuel López Baio
Fotografía gentileza de prensa.
Buenos Aires, febrero 26 (Agencia NaN).- Es la historia de un tránsito. La historia de una partida en un día cualquiera, y su llegada, algún otro día, mucho tiempo después. El relato de una vida contenida entre esos dos puntos mínimos. Historia paradigmática que es a la vez una y muchas, por ser la semblanza singular de un destino colectivo: las migraciones internas que llevan a miles de hombres y mujeres a dejar sus pueblos natales y dirigirse a las metrópolis en busca de mejores oportunidades, soñando con el “progreso”, poderosa entelequia. Victoria es una adolescente de 15 años que viaja hacia Buenos Aires, la ciudad-puerto de ensueño que ella se imagina llena de bichitos de luz. Allá la espera un empleo de mucama, en el departamento de una acaudalada anciana. A poco de llegar la realidad áspera y frenética de la urbe rápidamente la desconcierta y abruma. A causa de un inesperado infortunio el empleo pautado dura poco, y a partir de aquí el periplo para Victoria se vuelve amargo. Un consejo taimado la lleva al lugar equivocado, donde se ve sometida a una explotación que ni siquiera sospechaba: obligada a vender su cuerpo, se encuentra en breve tiempo inmersa en un mundo del que ya no podrá despegarse. Desde ese momento será conocida como Alma. Así, alrededor de la trata de personas y el abuso se sexual se estructura la obra “Alma (de cuando dejó de ser Victoria y empezó a ser Alma)”, que se puede ver los ´sábados a las 21 en el Vera Vera Teatro (Vera 108, Ciudad de Buenos Aires).
El espacio se construye con lo mínimo: un cuadrilátero demarcado por una alfombra; en un extremo una silla, en el opuesto una pequeña planta en una maceta. En el medio el personaje Victoria/Alma recorre tiempos y lugares cercanos y distantes con su valija a cuestas. Lorena Székely es la actriz que interpreta a la protagonista, a los personajes que la interpelan, así como también a la narradora que presenta la historia e interviene periódicamente para reflexionar y dar una mirada distanciada pero compasiva sobre el personaje. Se vale para ello de un lenguaje que el grupo Sin Guardia viene investigando desde sus producciones anteriores (Bengala y Pocholo y sus pompas múltiples, unipersonales protagonizados por Néstor Navarría, otro integrante de Sin Guardia): a través de la composición física y vocal de los distintos personajes, recursos expresivos como cambios de ritmo y de energía para instalar las convenciones del diálogo y del avance y retroceso del tiempo, y elementos dramatúrgicos y espaciales que se proponen como un código accesible que el espectador va asimilando, la actriz puede construir con gran detalle los pormenores del relato.
A su vez, los pocos objetos que Székely dispone y utiliza concentran y hacen resonar sentidos que le dan densidad a la obra. La valija como soporte y fondo de la memoria, cargando en su interior toda una vida de sueños y tribulaciones. La soga, elemento lúdico, hebra que la mantiene unida al tiempo idílico de su infancia. La planta, que la actriz en su función narradora coloca en un determinado lugar al comenzar la obra, para retirarla únicamente al final (mientras, nuevamente en su rol de narradora, cierra la obra con unas palabras que hacen las veces de epílogo), también funciona como un símbolo que actúa doblemente: por un lado como referencia que remite al origen, al pedacito del propio pago que uno se lleva en las travesías, a las raíces personales, cuestiones vitales que atraviesan a la protagonista. Por otro lado, la planta refuerza la condensación temporal que el hecho teatral suscita; dado que la planta crece, respira, se desarrolla real e imperceptiblemente en el transcurso de la obra. De esta manera, la acción de la actriz al colocarla y luego retirarla al final enmarca y realza el pequeño ciclo en que ese tiempo-otro, el tiempo ritual de la obra, produce su efecto sobre los espectadores.
Alma es una obra que a través del episodio de una vida, trabajado con delicadeza y sin dejar de atender a la voluntad poética propia del teatro, desde su lugar aporta visibilidad a una problemática urgente que, si bien en estos tiempos ha ganado un pequeño espacio en los medios masivos de comunicación, no deja de constituir una realidad que se evade de los pensamientos cotidianos, del imaginario colectivo, que tiende a esconderse por resultar insoportable: la esclavitud de miles de mujeres, prisioneras dentro de un sistema perverso de dominación y explotación.
Desde el sitio que incumbe al arte y sus esferas posibles de acción e intervención, el grupo Sin Guardia viene apostando, con sus producciones, al desarrollo de una sensibilidad particularmente popular, contemporánea, manteniendo un vínculo que se nutre de su contexto social y vital de producción y desarrollo, a la vez que elabora un lenguaje estético propio. Con esta obra ofrece un nuevo retrato de la galería de personajes que de este modo van revelando, y continúa componiendo, pieza a pieza, un cuadro que nos interpela desde la emoción y la reflexión.
