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Blanca Lema: “La basura no miente. Nos delata”.-

De chica, revolvía los residuos junto a sus padres. En su novela Taper Ware, Pablo se dedica a analizar semiológicamente la basura. Busca hacer “un viaje” hacia su verdadera identidad: la historia cruza el fenómeno “taper ware” con la apropiación de menores durante la última dictadura. Su autora conversó con Agencia NAN de su primera novela, su militancia en los ’70 y el surgimiento de las editoriales independientes.

Por Esteban Vera

Fotografía gentileza de Blanca Lema

Buenos Aires, junio 11 (Agencia NAN-2010).- Nada se pierde, todo se transforma. Ése parece ser el leit motiv de la escritora y guionista Blanca Lema en su ópera prima narrativa, Taper Ware (Paradiso). De pequeña, sus padres –artistas plásticos españoles exiliados por el franquismo– la llevaban a una quema de basura, donde buscaban materiales de descarte para sus obras. “Fue una época maravillosa. Hallábamos elementos divinos, con mucha belleza, en medio de cascaras pútridas”, recuerda Blanca, con voz aniñada. “De adolescente -–continúa, mientras mueve su dedo índice creando un círculo en una mesa–, usaba una camperita hecha por mi madre, con la goma del tapizado de un auto.” Muchos años después, los residuos irrumpieron en la trama de Taper Ware, como recurso para zurcir la historia. “Todo vuelve, como un Moebius”, dice la autora, cuya primera novela gira alrededor de un joven lingüista (Pablo) que abandona la “seguridad” de la vida cotidiana y se dedica a indagar en bolsas de basura de sus vecinos y luego de barrios de “personajes espectrales”, que lo ven como un pendejo con auto que les roba “inescrupulosamente el abrigo o la cena”. En esos barrios, conoce a las parteras Priscila y Nidia (él las llama “las hermanas hormiga”) y a un pibito flaquito de doce años llamado Bowling por su alopecia prematura.

“La basura no miente sobre nosotros: nos delata. Además, nunca nos deshacemos de la basura. Siempre vuelve. En la novela lo dice Juan, la contrafigura. Por eso, lo que el protagonista encuentra como única salida para vivir, con sus conocimientos de lingüista, es el análisis de marketing a partir de la basura de las personas”, explica la escritora. Pablo es un semiólogo sobresaliente, hijo de un médico que trabaja en la Patagonia para las fuerzas armadas, que abandona su empleo en un centro de investigación lingüística para quitarse la “sensación de ser un ‘taper ware’, o sea uno de esos pocos jóvenes en ascenso que envasados herméticamente conseguían, entre otras cosas imposibles, que su primer trabajo tuviese algo que ver con la carrera que había estudiado”.

— ¿En qué consiste el fenómeno “taper ware”?
— No es un fenómeno nuevo, porque surgió en los ’90, como consecuencia del postmodernismo. El personaje “taper ware” nace de la observación de cuando llegué a Argentina tras varios años, en 1987, y me encontré con pares conservados al vacío. A partir de ahí, prosperó el fenómeno. Son modalidades de un imaginario en común que tiene que ver con lo clandestino romántico, de aquél que tiene que usar una máscara para protegerse. Hay una “evolución” del héroe, porque en los ’70 el héroe no se enmascaraba y ahora lo tiene que hacer. Sólo se enmascaraba cuando pasaba a la clandestinidad. Lo «taper ware» tiene que ver con ’80 y los ’90, con esa necesidad de exponer el híper valor que adquirió la juventud en esas décadas.

La historia de Taper Ware también hace hincapié en la apropiación de menores durante la última dictadura cívica-militar y el vaciamiento del lenguaje, a partir de un realismo “fantástico”. Y Si bien la novela apareció a fines de 2009, cuando las dudas por la identidad de los jóvenes adoptados por la principal accionista del Grupo Clarín comenzaron a colarse en los medios nacionales, Lema aclara que es “sólo una coincidencia con este caso y con muchos otros», ya que terminó de escribir la novela en 2001. Pero considera que “criar a un hijo de alguien que despreciaste hasta matarlo es muy perverso”. Lema militó en el anarquismo y en diversas agrupaciones de izquierda durante los ‘70, hasta que el terrorismo de ultraderecha de la AAA la fichó y tuvo que exiliarse en 1974, con veinte años, con un pasaporte y una visa de muchacho y un corte de cabello de varón. “Danielito, me decían”, trae a la memoria, entre risas. Estuvo en Paraguay, Perú, Colombia y Ecuador. Regresó al país en 1987. Antes de emigrar forzada por la temida organización paramilitar de José López Rega, aparecieron sus primeros libros, dos poemarios. Con sólo dieciséis años publicó La rosquilla, o menjunje degenerado de poemas paranoicos, prohibido para menores de 18 fracasos. Luego, a los veinte, Poemas de tristeza violenta.

— Por momentos, parece que se lee una historia con una impronta biográfica de una ex militante de izquierda…
— Es una lectura. Intenté en principio, como recurso de escritora, que el protagonista sea lo más diferente posible a mí. Por eso la elección de un hombre: creo que sirvió para protegerme de esa emotividad biográfica. Aunque hay personajes que sí entran en sintonía con mi historia, como la madre biológica del protagonista. Y hay cartas de ella, que son recogidas de la basura, como una que dice que “fui todo lo que quería, no me han tocado”.

— En la novela hay secretos de familia que ocultan la verdadera identidad de Pablo, lo que provoca una búsqueda para saber quién es…
— Es una identidad que va más allá de la sangre. Pablo emprende un viaje abandonando toda la seguridad y el éxito que tenía. Hace un viaje por la basura. Tiene que ver con una identidad que va más allá del nombre. Se trata de una búsqueda del ser y recuperar lo que perdió.

— Por otra parte, en la historia hay una familia ensamblada, diversa, compuesta por dos mujeres y un pibito, que es hijo de una travesti y pese al discurso conservador que dice que no se les debería permitir adoptar hijos porque los van a pervertir, convertir en “anormales”, Bowling es brillante, no es “anormal”…
— En realidad, son dos hermanas, creo. Habría que preguntarles (risas). La novela trata, en un punto, sobre la maternidad y la paternidad, que es algo que no tiene nada que ver con la sangre. Incluso Pablo comienza a entender la paternidad a través del vínculo con Bowling.

— ¿Cree que el proyecto de ley de matrimonio gay será aprobado en el Senado?
— No puede no salir. Pero ojalá el Congreso trate otros proyectos que faciliten la adopción.

— En la novela refiere al surgimiento de las editoriales independientes, ¿qué provocó su aparición?
— Leo bastantes libros publicados por estas pequeños emprendimientos literarios y trato de colaborar con algunas. Es un fenómeno que se sale de la maquinaria de producciones artísticas y surge de la imposibilidad de publicar. Pero también de la posibilidad de establecer un nuevo diálogo entre el autor y el editor. Que el editor sea otra vez un participante del hecho creativo como lo era en el principio del siglo pasado. Son un fenómeno absolutamente admirable, pero no todas son garantías de que el producto final sea maravilloso. No obstante, la intención es lo importante. En algunos casos la obra resultante es impecable, como en el caso de las editoriales Plebeya y Mil palabras. O de emprendimientos que comenzaron muy caseros y lo siguen siendo, que no hablan del producto final, sino del movimiento que generaron, como las plaquetas de Color Pastel o Proveedora de drogas. De todos modos, dan espacio a nuevos escritores. Y crean una mística que genera unión, movimiento.

Al respecto, Lema vivió en carne propia las dificultades para publicar su novela pese a elogios de pares, como César Aira. Aclara, sin embargo, que a muchos no les gustó Taper Ware. Finalizada en 2001, recién llegó a las librerías en 2009, tras varios intentos fallidos en editoriales medianas. “La hice circular en varios concursos, pero nunca ganaba. También por varias editoriales. A algunas le interesaba, pero siempre ocurría algo y no la publicaban. Era la novela fallida que iba a ser publicada, pero nunca sucedía”, cuenta.

— ¿Cómo fue el paso de la poesía a narrativa?
Taper Ware es una novela con una impronta poética. El cine publicitario me ayudó mucho a dar el salto a la narrativa mediante la edición. Me permitió tener una seguridad para no saber cómo llegar al final. Eso me hace deliberar para que en algún momento aparezca el cómo recorrer el camino.

— ¿Está escribiendo una nueva novela? ¿Quizá un poemario?
— Nunca dejó de escribir poesía. No estoy escribiendo un libro de poesía, pero sí lo hago en márgenes. Estoy con una segunda novela que me había prometido finalizar a fin de año. Me era muy difícil decir de qué se trataba Taper Ware; decía que hablaba de la zurcidora y de la basura. En este nuevo libro, aún no sé cómo nombrar lo que estoy escribiendo. Es sobre una bailarina de butoh (“la danza que no es tradicional”) que empieza a agujerar su casa y cada hoyo que hace la compromete terriblemente. Es una novela filosófica relacionada con el paradigma de seguridad. Tiene una carga poética. Tiene que ver también con la clonación, aunque no desde la ciencia ficción, sino de preguntas filosóficas. Este personaje tiene más coincidencia conmigo. Coincide con el hecho de que bailo butoh, estudio epistemología y con mi interés por la clonación como índice de todo lo que la humanidad viene copiando.