/Archivo

Chacovachi: “Un payaso es el peor actor del mundo, no puede dejar de ser él”.-

Desde Plaza Francia hasta la Costa Atlántica, pasando por Europa, Fernando Cavarozzi formó su vida como artista callejero. Por poco más de dos décadas, viejas, punkys, locos y millonarios lo vieron desparramar el arte que carga en su equipaje completo de humor, crítica e ideología. Según dice, no tiene grandes virtudes: “No soy buen malabarista ni monociclista, no canto ni bailo”. Pero es el payaso callejero más reconocido del país.

Por María Daniela Yaccar
Fotografía de María Luz Carmona (1) y gentileza de Chacovachi (2)

Buenos Aires, julio 2 (Agencia NAN-2010).- Nadie lo conoce por Fernando Cavarozzi: se hace llamar sencilla y simpáticamente Chaco. Sus planes del día, esta vez, no incluyen ninguna función callejera con “viejas, punkys, locos y millonarios” como espectadores, pero su remera roja de letras amarillas indica a gritos quién es (“payaso”), tanto como su cabello al estilo Larry de Los tres chiflados. Verlo parado en esa esquina, esperando a Agencia NAN luego de hacer trámites y ansioso por ser convidado con un cigarrillo, ofrece una lectura posible: el lado B de un payaso. La misma sospecha despierta la charla: Chaco (una abreviatura de Chacovachi) confesará que estuvo preso por fumar porro durante la dictadura, que no terminó el secundario, que es un pésimo artista, que se metió de lleno en el arte para comer.

Malentendido. Chaco y Fernando no materializan ninguna metáfora de cassette. En sus funciones suele portar un viejo saco de su mamá fallecida. Carga con todos sus muertos siempre, dice. Lleva la historia en la piel; también su opinión, su mirada. Entonces, ese tabú que implica ver a un payaso –muchas veces pensado como inocente, gracioso, infantiloide– despidiendo humo por la boca, en Chaco se rompe.

Es artista callejero, ciudadano del mundo, aunque siempre “payaso tercermundista”, como reza su carta de presentación. Sus comienzos fueron en Parque Lezama cuando gobernaban “los hijos de puta” de los militares, pero su época de gloria llegó con la conquista del público más difícil: el de Plaza Francia, al que capturó durante dieciséis años. Retirado de momento de las calles locales y pleno con la tranquilidad que le brinda su hogar platense –donde vive con Maku Jarrak, otra payasa, y Ringo, hijo de ambos–, el artista irreverente se prepara para pisar de nuevo tierras europeas. Un amigo vende sus espectáculos allá. “Hice calle acá durante veinticuatro años todos los sábados y domingos. Tengo casi cincuenta años, ahora lo tiene que hacer otro”, subraya. En verano se lo puede ver en Villa Gesell. Y, al momento de esta charla, se encontraba negociando presentaciones en anfiteatros porteños para fin de año, luego de la Convención Argentina de Circo, Payasos y Espectáculos Callejeros que encabeza.

— ¿Por qué se presenta como un payaso tercermundista?
— Cuando mi amigo Pasta Dioguardi, actor de televisión, se recibió en el Conservatorio Nacional de Teatro, se hizo una tarjeta que decía “actor nacional”. Para joderlo a él, me hice una con la leyenda “payaso tercermundista”. No tenía sentido en ese momento, lo tomó después, porque soy un payaso distinto a los europeos. Mi persona es totalmente distinta. Tiene que ver con la idea de los curas tercermundistas, de que hay otra opción y podemos pensar en otras cosas.

— Entonces, ¿ser payaso es un servicio social?
— Hacer reír es tan social como ser colectivero, que lleva a la gente a su trabajo y al mismo tiempo cobra. Si le sirvo a mucha gente a la vez hay un hecho importante, si se ríe o le saco un sentimiento. Cuando algo te entra desde el lado artístico, lo hace de otra manera. Un artista sin ideología yo no lo concibo.

“Cuando hacés un espectáculo, entran cuatro órganos vitales y un quinto externo: tu cabeza, tu corazón, tu estómago y tus bolas. El quinto es el bolsillo. Yo empecé con el estómago y los huevos.” La frase sirve para entender el modus operandi del hombre de pelo drásticamente rígido, que habla rápido y se desconcentra cada tanto mirando el partido del Mundial del día. El caso de Chaco y sus inicios es bien pragmático: “No me cortaría una oreja. Soy artista desde la primera vez que pasé una gorra y me di cuenta de que podía vivir de esto. Y ser libre.”

— ¿Libre en qué sentido?
— Me enamoré de la libertad física, al darme cuenta de que el mundo estaba lleno de plazas y de que había sábados y domingos siempre después de cinco días. En lo que va del año, salí del país cinco veces y me faltan otras cinco. Tengo mi casa y mi familia, y mi mujer hace lo mismo que yo… Después llegó la libertad psíquica, cuando me di cuenta de que no tenía que ser el mejor ni bueno. Tenía que ser artista callejero. Y creativo de vez en cuando, para repetirlo con rutinas. Veo otros desesperándose por hacer reír en televisión, algunos muy buenos, pero ¿cuál es el precio de la locura? Por último, está la libertad económica. Un artista callejero gana en relación a su capacidad y su esfuerzo. Cuando ganaba diez pesos con la gorra y necesitaba cien para vivir, hacía diez funciones.

— ¿Es una filosofía de vida? ¿Resignarse al lujo?
— Yo lo tengo: los miércoles a la mañana estoy en mi huerta levantando tomates. Estoy en la casa de un amigo en el culo del mundo, feliz. A partir de vivir de mi profesión, encontré una filosofía que sostenía lo que yo hacía: vivir casi treinta años de un trabajo inventado, el más viejo de todos. En la Edad Media pasaban un platito.

— ¿Y cuándo se convierte en gorra?
— No tengo la más puta idea. La primera vez que la pasé fue para Dios, como monaguillo. Si ibas a un colegio de curas te tocaba. Siempre hice funciones con mucha gente. Como un sombrero no tiene estabilidad, hice un palo largo con una gorra en la punta que es lo que hace la Iglesia para que no se le escape ninguno.

— ¿Qué tal la experiencia en el colegio religioso?
— Me echaron de varios colegios… Y no lo terminé, me faltan tres o cuatro materias. Siempre supe que no iba a necesitarlo. ¡Sé tanto! Tengo una cultura muy grande, de hacer ocho años el secundario, dar quichicientas materias en diciembre, en marzo y repetir.

— ¿Y por qué lo echaban?
— Tengo mis cosas y siempre me gustó hacer humor. Tanto me gustaba que cuando tenía quince años tenía una banda de rock. Tocaba la guitarra, pero era tan malo que me mandaron a tocar el bajo. Era de Almagro, de donde viví toda la vida. Era la época de los militares. Cada vez que me veía preso, mi vieja se ponía contenta, porque me veía. Me cagaron a trompadas miles de veces. Estuve trece días en las leoneras de Tribunales porque me encontraron con porro a los veinte años. Tuve que ir durante un año a ver a un juez para convencerlo de que quería ser médico. En la dictadura reinaba el miedo, la vergüenza. Cantaba mal pero cantaba y hacía chistes. Es igual que ahora: como artista no tengo grandes virtudes. No soy buen malabarista ni monociclista, no canto ni bailo y soy el peor actor. El payaso es el peor actor del mundo: no puede dejar de ser él.

“En los noventa, yo era ‘grasísimo’ como payaso. Es más fácil criticar a lo que parece mersa que algo que parece fino pero no significa nada. Es como criticar el arte raro. Uno se pregunta: ‘¿Seré yo un pelotudo, que no entiendo?’ Es fácil decir ‘no me gusta la bailanta’”, analiza Chaco. Para luego contar que vivió en carne propia un prejuicio y su transformación. Amante de la conquista de los públicos difíciles, Chaco se paró un día en Plaza Francia, frente al Centro Cultural Recoleta y se quedó ahí durante dieciséis años.

— ¿Cómo fue la experiencia de trabajar en esa zona?
— Hacia unas funciones terribles. Los mataba de risa, diciendo pedo, culo, teta y chistes políticos. No vas a ver un clown haciendo chistes políticos, parece que te dicen ‘buscamos el niño interior’. Si yo fuera un niño me garchan en la calle. Yo soy un loco, un viejo, un adolescente, un hombre maduro. ¿Cómo ser inocente hablando de temas jodidos? Soy lo que puedo ser y cambio con mi persona. No soy el mismo payaso que hace veinte años. Mi mama vivía y mi hijo no existía. Estoy seguro de que trabajo en Plaza Francia modificó a muchísima gente. Los chicos que me vieron de los tres años hasta los veinte me escriben “Chaco, hay un chiste tuyo que escuché muchas veces y lo entendí a los catorce”. No es lo mismo que crecer viendo otra cosa. Es crecer viendo la libertad. ¡Yo era igual que su papá! Y me veían llegar antes, fumar, estar de buen o mal humor. Un payaso callejero en una plaza o en un pueblo que va a trabajar todos los domingos transforma e influencia la cultura de la gente. Tenía que trabajar para los ricos en un lugar que no conocía, para gente muy distinta a mí y me pintó la crítica, porque era natural en mí. Me transformé en un payaso crítico. Ahora soy un payaso filosófico.

— ¿Criticaba al público?
— Al mundo y ellos estaban involucrados. El espectáculo callejero tiene eso: hay una vieja, un punky, un millonario, un loco, el tipo que salió de la cárcel… Y hay críticas para todos. Me acuerdo cuando se murió (Roberto) Viola. Lo iban a enterrar en Plaza Francia, a cien metros de donde yo trabajaba. Me dijeron que no podía trabajar, cuando la plaza era mía. “Está por entrar el cortejo fúnebre, no vas a estar haciendo vos funciones mientras entra”, me dijeron. Yo me puse a hacer la función igual. Y en un momento la paré. La gente sabía cuál era mi ideología porque yo la llevo todo el tiempo conmigo. Les dije “hoy es un día muy especial. Ayer murió el general Viola. Ahí entra el cortejo fúnebre”. Entró así al cementerio Viola. Entonces, dije: “¡Pido un minuto de barullo en deshonor a la muerte de este hijo de puta!” Se desataron un montón. Al fin de semana siguiente fui a trabajar y me secuestraron el auto. Estuve tres, cuatro meses sin trabajar. Como salió una regla que impedía andar disfrazado y pasar la gorra, empecé a trabajar vestido de persona y sin cobrar. Al tercer fin de semana me comían los albatros… Le dije a la gente “ustedes saben que no puedo pasar la gorra y no puedo sobrevivir. Ese auto que está ahí es mío, ¿ven que tiene la ventanita un poco baja?”. Y todos empezaron a hacer cola para meter guita adentro del auto. Al otro domingo los tipos no me jodieron más.

— ¿Con ese episodio se sintió parte de la historia?
— Tu país sos vos. Tus muertos, el gol que te emocionó por primera vez… Salvo en la época de Alfonsín, que no hice humor político, el resto de los gobiernos me parecieron terroríficos. En el gobierno actual creo, porque pelea contra quien yo quería pelear, toma decisiones de fondo que me representan, apoyo a Cristina (Fernández) todo lo que puedo, desde mi profesión y mi persona.

— Al no apuntarle a un gobierno, ¿cómo se las arregla con el humor político?
— La crítica, siempre existe. Es a Clarín, mi enemigo absoluto. Es muy fácil criticar al gobierno. Pero un payaso tiene que ser honesto.

— ¿Nunca militó?
— No tuve tiempo.

— ¿Y de la Iglesia qué dice?
— La critico muchísimo. Tengo un número con una aguja y un globo en el que convenzo a la gente de que puedo atravesarlo sin que estalle. Les digo que necesitan tener un poco de fe. Aparece una música de un evangelista que dice “sean todos bienvenidos a la congregación del Señor que está en el cielo”. Les empiezo a comer la cabeza. “¿Es posible atravesar con esta aguda, filosa, imperialista y degenerada aguja este frágil, inocente, vegetariano y medio pelotudo globo?” La gente muere de risa. Y dice que sí. Entonces, les digo que no. Y se hace un silencio. Y le digo que tiene que aprender es que cuando un tipo tiene una túnica y está parado arriba de un banquito, no tiene por qué estar diciendo precisamente la verdad.

— ¿Estar vestido de payaso da inmunidad?
— Mi payaso tardó mucho en encontrar su ropa. Pero cuando me calcé el traje de militar de San Martín cambió todo. Me dio un poder absoluto. Como me dice un amigo mío, yo no soy un militar. Ese saco es un militar menos… cuando vos veías un indio con el saco de un militar era porque lo había matado. Tiene mucho fetiche mi ropa. Llevo colgada toda mi vida. Tengo un saco de mi mamá que yo quería mucho cuando era chico porque brillaba, las llaves del auto, mis muertos, mis cosas… Uno tiene que trabajar eso. No sé cómo se preparan los actores. Pero yo, antes de salir a escena, no digo ningún texto. Me conecto conmigo, la felicidad de ser y lo que pienso.

Sitio: http://www.chacovachi.com/