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Filosofía hecha de movimientos

CHINGU_ENTRADA
En la ópera prima de Beli Rotela y Daiana Berlusconi, de la compañía Tinkunakuy, la danza es una herramienta de descubrimiento, un líquido que tiene dotes de revelación.   Fotografía: Tinkunakuy

Por Ailín Bullentini

Existe una presencia invisible pero tan potente como los cuerpos presentes, como las paredes y el piso que les sirven de límite, como la música que suena y que protagoniza Chingulain, la ópera prima de Beli Rotela y Daiana Berlusconi bajo el marco creativo de la compañía Tinkunakuy: el movimiento, que existe, persiste y arrasa con todo.

Un bolso con algo de ropa queda solitario en el centro de la sala de Café Müller. Su rol en la puesta será el de recibir algunas ropas de Beli, quien se desvestirá de la cintura para arriba en varios movimientos repetitivos. Más luego, Daiana lo dejará a un lado en la penumbra de otro pasaje más cercano al final. El bolso, la ropa, la semidesnudez, sin embargo, no serán más que detalles que conforman mínimamente el qué de la obra, que apunta más allá de lo que vemos y percibimos cuando un cuerpo se mueve rutinariamente.

A través de técnicas de danza contemporánea, el camino creativo que persiguen los integrantes de Tinkunakuy desde su nacimiento (la compañía surgió hace cuatro años y, si bien es residente del Müller, se preocupa por “generar contacto con otros públicos”, por lo que suele participar en el Centro Cultural del Hospital Borda, entre otros), y mucha pero mucha improvisación, Chingulain logra darle entidad a la energía que cada uno de nosotros emana cuando anda: la danza como herramienta de descubrimiento, el líquido revelador que permite entender que no somos sólo una bolsa de carne y huesos que va, viene, repite, copia, se agita y descansa.

Es que es justamente a través de esas tácticas —las de poner dos cuerpos a ir, venir, buscarse y repelerse mutuamente, darse órdenes, copiarse y escabullirse en el silencio de la quietud— que la estrategia general se lleva a cabo. La música, a cargo del DJ en escena Alejandro Rotela, se entiende como un límite al movimiento del cuerpo, al igual que lo son las paredes, el piso y el cuerpo de los otros. Se elije, desde la creación de la puesta, romper con la rutina para reflexionar sobre el contexto que rodea y acompaña a una persona cuando se mueve, y sus efectos. Así, las bailarinas reaccionan rápido, se sorprenden, dudan.

El resultado es bueno, aunque tal vez el despojo de la situación, la nada del espacio en el que los cuerpos son completados con un interesante juego de luces y música, deje al espectador con la sensación de que se podrían agregar más elementos sin alterarlo de manera negativa.

* Chingulain tendrá su última función el próximo sábado a las 23 en Espacio Café Müller, Lavalleja 1116 (timbre B), Ciudad de Buenos Aires.