
Por Emmanuel Videla
Luego de leer casi todos los diálogos de Platón, uno se queda con la sensación de que no se puede decir más nada en este puto mundo. Aparece entonces la angustiosa frase “todo queda en la forma, todo lo dijeron ya los griegos”. Ese pensamiento de mierda –medio retro y asquerosamente conservador– aparece también cuando uno está frente al libro El nudo celta de la calle Bioy Casares, de Gonzalo Santos. No es que esta ópera prima, editada por Malas Palabras Buks, sea una cagada. Es que uno no espera toparse en el comienzo de una novela de ciencia ficción con un entimema de Aristóteles. La filosofía, leída y releída, es un viaje de ida. De ahí vendrá el problema. No es menor el detalle y la reminiscencia a la filosofía. El protagonista de Santos es un tesista, un chabón que prepara, ad vitam æternamis (hasta la eternidad), su tesis con lecturas clásicas, alusión al academicismo que se hace sentir en el transcurso de la historia. Uno, capaz, busca otras cosas, por ejemplo que le hablen de topos. Eso también sucederá, pero luego.
Esa primera hojeada al texto detiene, te-hace-pensar-en-otra-cosa. “Resisto, luego existo” es una frase que podría resumir esta criatura que generó Santos en su novela. Es que en sus primeras páginas ya se demuestra la maldita intertextualidad –súper explícita –de la que aman hablar los limados estudiosos de literatura, con todo respeto: “¿Qué hubiera intentado Aristóteles, Cicerón, Toulmin, Perelman, los grandes teóricos de la retórica? ¿Qué hubiera hecho Hortensio, Demóstenes, Gorgias, Isócrates? ¿De qué me sirven todos esos papeles, si no puedo persuadir siquiera a esta chica que ahora está sentada frente a mí con la mirada perdida?”.
Más allá del logos que se desprende de este joven escritor y de la maquinea intertextualidad, uno es un lector obstinado y en lugar de tirar el libro e ir a otra novela, se mete en esa historia. El texto que creó Santos es una invitación a romper con algunos parámetros del mismo género. Todo parece transformarse en una acción intelectual, que se desarrolla en la psique. Hay un elemento llamativo que empuja este efecto. El preámbulo a la historia es la discusión de una pareja sobre el sí o no al aborto. Es que el tesista empieza a salir con una mujer “no humana”, hasta que ella queda embarazada, él quiere abortar, ella no. El mismo Santos le dice a NaN que lo que busca es generar una “parálisis en el lector”.
Al contrario de las novelas influenciadas por el lenguaje cinematográfico, el texto de Santos parece alejarse de la concepción en la que tienen que existir descripciones panorámicas para contextualizar al lector, primeros planos que se detengan en el rostro del personaje principal y el primerísimo primer plano que se apoya sobre el parpadear del tesista cuando lee y hace referencias constantes a los filósofos. Nada de eso. Ese estilo que vino tras la emergencia del cine queda afuera para el profesor de lengua y literatura. “La novela está construida en base de digresiones y referencias constantes a varios universos conceptuales, de la filosofía, las ciencias del lenguaje, la retórica, entre otros, que de algún modo reemplazan las descripciones de las que el texto carece”, fundamenta.
Hay tres planos contados por sendas voces en el transcurso de la historia: el tesista, que ya fue mencionado y que vive en una casa estilo gótico semejante a la catedral de Notre Dame; un profesor de historia sexópata; y los topos, que son seres que viven bajo tierra. Sobrevivieron a una guerra radioactiva y, a contramano de los otros personajes, viven en otra temporalidad. Sin embargo, los topos hacen de todo. Es interesante que el acto de conocer, analizar, sea propio del tesista y no de los topos. Pero, ¿será el tesista un topo? Leyendo algunas páginas se encuentra que “al principio los topos fueron llamados… topos, porque vivían, comían, defecaban y cogían bajo tierra”. Hay historias que se van a cruzar en los sueños: los personajes se sueñan mutuamente (“Fenómeno que en este universo diegético suele ser muy común”, aclara Santos) y algo ocurre que será crucial, trágico.
También existe otra lectura que se puede realizar del libro. Al contrario de menoscabar el concepto de imagen, la decisión editorial va en otro sentido. Te dan el libro de Santos: foto en tapa. Abrís el libro: un pibito te hace fuck you en la solapa. Se supone que es el joven escritor. Estirás tu vista un toque más y tenés a otro pendejo: Santos. Si se hojea la novela, mucho texto, letra un poco chica pero que se lee bien. Santos descorchando un champagne. Si querían desmitificar al escritor, bien lo lograron. Un curioso y chusma, como quien escribe esta reseña, se pone a delirar con las fotos.