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Sócrates y la cicuta de la dictadura

SOCRATES_ENTRADA
#MUNDIAL2014 El capitán del Timão fue la cabeza de un movimiento social contra el autoritarismo brasileño de los ‘80. El voto copó un club, después las urnas. Ilustración: Juan Manuel Tumburus (Blogger)

Por Mariano Verrina

Yo siempre supe que estábamos haciendo política.
El fútbol, creo, es el único medio que puede acelerar
el proceso de trasformación de nuestra sociedad
porque es nuestra mayor identidad cultural.
Todos entienden de fútbol. De política, nada.
Sócrates

El día de la final del Campeonato Paulista de 1983 no cabía un alma en el mítico estadio Pacaembú. El Corinthians enfrentaba al San Pablo con el temor de que aquel castillo de naipes que había construido con igual convicción que delicadeza pudiera desmoronarse por una simple derrota deportiva. Había que marcar la cancha de entrada y por eso los jugadores del Timão (“equipazo” en portugués) salieron al campo de juego con una enorme bandera: “Ganar o perder pero siempre en democracia”. Fue triunfo 1 a 0 con gol de su capitán y emblema, Sócrates, el líder de la Democracia Corintiana.

Cuenta la leyenda que cuando tenía diez años Sócrates vio a su padre quemando libros. Brasil, como toda Latinoamérica, estaba inmerso en la dictadura militar, tras el golpe de Estado de 1964 que derrocó al presidente nacionalista Joao Goulart e impuso el régimen durante 21 años. Sócrates, a diferencia de muchos otros cracs del fútbol brasileño, no se trata de un apodo. Es un nombre: Sócrates Brasileiro Sampaio de Souza Vieira de Oliveira. Sus hermanos menores fueron bautizados Sófocles y Sóstenes, a gusto de su padre, un autodidacta que pasaba horas y horas leyendo filosofía. Más tarde, Sócrates seguiría la misma línea y le pondría Fidel a uno de sus hijos.

A Sócrates siempre le gustó el fútbol pero nunca abandonó los estudios. Jugaba como delantero en Botafogo cuando se recibió de médico. Al mismo tiempo y sin intenciones de ocultarlo, fumaba, tomaba alcohol y no se entrenaba lo suficiente. Al menos eso decían todos los entrenadores que intentaban sumarlo al rebaño. Tarde o temprano terminaban cediendo ante su enorme calidad.

Mientras en la Argentina se jugaba el Mundial de 1978, Sócrates pasó al Corinthians, el segundo equipo más popular de Brasil (después de Flamengo), con más de 20 millones de hinchas. Tanto acá como en Brasil, los gobiernos militares utilizaban el fútbol como una seductora caja de resonancia para apoyarse y sostener sus miserables postulados. En Brasil, el ejemplo más grotesco ocurrió en 1981 cuando decidieron que el Brasileirao (el equivalente al Torneo de Primera División en la Argentina) lo jugaran 94 equipos, una cifra irrisoria que generaba que nadie quedara exento de su porción de pan y circo. Por ese entonces, el Timão penaba en el fondo de la tabla y sufría serios problemas económicos. Hasta que la llegada de Waldemar Pires como presidente empezó a cambiarle la cara. Su primera gran decisión fue designar como encargado del Fútbol Profesional a Atilson Monteiro Alves, un sociólogo y ex militante universitario que no sabía nada de fútbol. Alves encontró en el plantel a varios futbolistas con los que podía “tirar paredes”. Con Sócrates a la cabeza, pero también con Wladimir, Walter Casagrande, Biro Biro o Zenon. Y así fue como empezaron a moldear un movimiento histórico e inédito en el fútbol que se ganó el nombre de Democracia Corintiana.

Todos tenían voz y todos tenían voto. Desde el capitán hasta el presidente, pasando por utileros, dirigentes, futbolistas titulares y suplentes. Cualquier decisión se sometía a debate: si había que concentrarse en la previa a los partidos, qué jugadores debían llegar al equipo, quiénes debían irse, en qué micro viajar a los estadios o qué comida era más conveniente. Mito o realidad, cuentan que en una asamblea se discutió si Casagrande podía abandonar la gira que estaban realizando en Japón debido a que extrañaba a su novia. Ganó el sí y el delantero se fue. “Cuando nadie podía votar —escribió el sociólogo Emir Sader y lo reprodujo el periodista Ezequiel Fernández Moores—, los jugadores de Corinthians conquistaron el derecho de decidir sobre sus rumbos.”

DE LA CANCHA PARA AFUERA

“Yo quiero votar un presidente” o “elecciones directas ya” fueron algunas de las consignas que aparecieron estampadas en la camiseta del Timão y que fueron sostenidas en pancartas al salir al campo de juego. Los futbolistas sabían que eran mirados de reojo y que no tenían margen de error a la hora de los partidos, pero el rendimiento del equipo fue en el alza y acompañó a potenciar la movida. De la mano de la Democracia Corintiana, el conjunto de Sócrates y compañía fue bicampeón paulista en 1982-1983 y semifinalista del Brasileirao. Por ese entonces, las finanzas también se habían democratizado. Cualquier ingreso económico por sponsor, televisación o recaudaciones de entradas era recolectado y dividido en partes iguales. Entre todos. Masajistas, médicos, vicepresidente o goleador cobraban lo mismo. “Cuando entrabamos a la cancha invertíamos en mucho más que en un simple partido. Luchábamos por la libertad en nuestro país”, sintetizó Sócrates.

El fútbol movilizó a las masas, pero ya no como un títere de la dictadura. El 15 de noviembre de 1982 se llevaron a cabo las elecciones para gobernador del Estado de San Pablo. “Día 15. Vote”, rezaba la camiseta del Corinthians en las semanas previas, lo que se considera como la primera publicidad en la indumentaria de un equipo. El club y el pueblo paulista se encolumnaron así en la campaña “Direitas ja”, con la exigencia de que quienes eligieran a sus gobernantes fueran los ciudadanos y no el Parlamento, como hasta entonces. Lo lograron.

Todos tenían voz y todos tenían voto. Desde el capitán hasta el presidente, pasando por utileros, dirigentes, futbolistas titulares y suplentes. Cualquier decisión se sometía a debate: si había que concentrarse en la previa a los partidos, qué jugadores debían llegar al equipo, quiénes debían irse, en qué micro viajar a los estadios o qué comida era más conveniente.

Los sindicatos y movimientos sociales que empezaban a emerger se acoplaban a la demanda. Uno de los hombres que más se acercó al movimiento Timão fue un metalúrgico que lideraba el ABC paulista, Luis Inácio Da Silva. Lula. “El Doctor Sócrates fue un crac en el campo y un gran amigo. Fue un ejemplo de ciudadanía, inteligencia y conciencia política, además de su inmenso talento como profesional del fútbol. La contribución generosa de Sócrates para el Corinthians, para el fútbol y para la sociedad brasileña jamás será olvidada”, lamentó el ex presidente de Brasil cuando murió el fenómeno de pelo enrulado, alto, desgarbado pero con movimientos finos y estéticos con la pelota en sus pies.

Rita Lee se ponía la camiseta del Corinthians para sus recitales y Gilberto Gil le dedicó a Sócrates la canción “Andar con fe”. “Anda com fé eu vou / Que a fé não costuma faiá” (Anda con fe, yo voy/ que la fe no acostumbra a fallar), dice el estribillo. Sócrates metió 172 goles en 297 partidos en el Timão, hasta que un día de 1984 jugó el último con la camiseta blanca. “Si no hay elecciones directas, me voy”, advirtió. No hubo. Y se fue a la Fiorentina de Italia, donde compartió plantel con Daniel Passarella. Nunca logró ser profeta fuera de su tierra, apenas jugó 25 partidos y metió seis goles. Por eso, ante la primera chance concreta no lo dudó: rápidamente volvió para jugar en el Flamengo y luego se retiró en el Santos.

Participó en dos mundiales con la verdeamarela. En España ‘82 integró un mediocampo fantástico: Toninho Cerezo, Falçao, Sócrates y Zico. Le ganaron 3 a 1 a la Argentina de César Luis Menotti, que soñaba con que fuera ése el Mundial de Maradona. Sólo por cuestiones innatas al fútbol, quedaron afuera a manos de Italia. “Mala suerte y peor para el fútbol”, resumió Sócrates. En México ‘86 fue el capitán del equipo que llegó hasta cuartos de final, instancia en la que quedó eliminado por la Francia de Michel Platini en una histórica definición por penales.

Su carrera como entrenador (el ignoto Garforth Town Football Club de Inglaterra y la Liga Deportiva Universitaria de Quito, en Ecuador) no merece hacer pausa en su rica historia.

Sin el fútbol, la adicción al alcohol del Doctor, como le decían, se potenció. No pretendía desprenderse de la bebida ni se lamentaba de padecerla, aunque reconocía que no podía dominarla. Con la pelota en los pies, mandaba él; con la botella en las manos, mandaba ella. Ejerció la medicina, escribió algunas canciones y hasta el guión de una obra de teatro. También fue consejero de una escuela en una favela de San Pablo. Y murió como él quiso, pero en este caso la frase no es una simple construcción para la ocasión. Sócrates lo declaró en un reportaje: “Quiero morir un domingo y con Corinthians campeón”. Fue exactamente lo que ocurrió el 4 de diciembre de 2011, producto de un choque séptico causado por una cirrosis muy avanzada. Tenía 57 años. Ese día el Timão ganó el quinto título de su historia, luego de seis años de sequía.

DEL PACAEMBÚ AL ARENA DO SãO PAULO

Al igual que en aquella final del Campeonato Paulista de 1983, no va a caber un alma. Pero el mítico estadio ya no será lo que era. Al Pacaembú ahora lo llaman Arena do São Paulo y será hoy el escenario del primer partido del Mundial, entre Brasil y Croacia. Lo remodelaron contrarreloj cientos de obreros, con sueldos y condiciones laborables lamentables, y fue el último estadio en ser entregado para la Copa del Mundo. En marzo, ahí murió Fábio Hamilton da Cruz, un trabajador que cayó al vacío desde ocho metros de altura. “Es normal, son cosas de la vida. Fue un accidente, nada que asuste”, declaró Pelé luego del tremendo episodio. Fue el séptimo obrero que falleció durante las cuestionadas obras.

Pelé estará presente en la inauguración. Junto con el presidente de la FIFA, el suizo Joseph Blatter, y el pope de la UEFA, el francés Michel Platini. El mismo que erró su penal en aquella definición del Mundial del ‘86 en la que, no obstante, Francia eliminó al Brasil de Sócrates.

El inolvidable Doctor, que entró a ese mismo campo de juego con una bandera que rezaba “Ganar o perder pero siempre en democracia” seguramente no habría ido a la cita. Su labor ya estaba cumplida. “Conseguimos probarle al público que cualquier sociedad puede y debe ser igualitaria. Que podemos desprendernos de nuestros poderes y privilegios en procura del bien común. Que debemos estimular que todos se cohesionen y que puedan participar activamente de los designios de sus vidas. Que la opresión no es imbatible. Que la unión es fundamental para superar los obstáculos difíciles. Que una comunidad sólo puede fructificar si respeta la voluntad de la mayoría de sus integrantes. Que es posible darse las manos.”