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“tirabas una piedra y nacía una flor”

la rebelión popular de 2001

Ilustración: Petre

Hace 15 años, Sergio Smietniansky estaba en donde hoy, el estudio que comparte con su papá, Samuel, en Lanús Oeste. Muy cerca de la estación de trenes, al fondo de un pasillo de pehaches que desemboca casi en las vías ferroviarias. Era la mañana de un jueves caluroso y estaba pegado a la tele. La noche anterior la cana había herido a Cárdenas, “que, mirá qué casualidad, era de Temperley”. Porque es así, “Cherco”: su vida está anclada en el sur del conurbano bonaerense, un territorio que defiende buscándolo y encontrándolo en cada una de las historias con las que se cruza. El “Cherco”, así lo conoce el sur del Conurbano. Las calles “estaban a punto de estallar”, recuerda desde el sillón del breve living recibidor del estudio jurídico lanusense. “Y la represión a las Madres en la Plaza prendió fuego todo, ahí dijimos: ‘vamos’”.

 

DICCIONARIO ROJO

 

Para Cherco, lo que ocurrió el 19 y 20 de diciembre de 2001 en el país fue una rebelión popular surgida desde una crisis de representación política. Desde ese sillón, discute con el periodista Miguel Bonasso como si lo tuviera enfrente y lo reta.

 

—No, Miguel, no fue solo rosca política, eh —mueve el dedo índice de un extremo al otro, cortando el aire—. Obvio que los caciques hicieron lo suyo (NdR: operadores políticos), pero hubo mucho más desbordes de los de abajo que interna del PJ.

 

Recuerda con nostalgia a esa rebelión que lo puso en la calle y lo hizo sentirse responsable de “haberlos rajado a esos hijos de puta”, al gobierno de Fernando De la Rúa, y en la que también quedó en el camino uno de sus compañeros de militancia, Carlos “Petete” Almirón. Fue una de las cinco víctimas fatales de la represión policial que el Ejecutivo de la Alianza desplegó la tarde del 20 de diciembre en los alrededores de la Plaza de Mayo como última carta antes de “caer”.

 

Fotografìa: Gonzalo Martìnez
Fotografìa: Gonzalo Martínez

Habla así, Cherco. Con terminología de izquierda y tonalidades épicas. Es zurdo, Cherco. Militante zurdo, pero de los “silvestres”. Su padre, el abogado Samuel Smietniansky, es afiliado del PC. Sergio arrancó la secundaria —primera división del Colegio Nacional de Banfield, CoNaBa— en 1985, “plena ebullición democrática”, y se sumó a la militancia estudiantil. Entonces, ya había grieta: la FES, comunista, y la UES, peronista. Sergio fue hacia la izquierda. Pasó fugazmente por la FEDE —la organización de la juventud comunista—, pero luego quedó “suelto”. No tomó esa conducta orgánica del viejo, pero sí su otra línea de compromiso: la de los derechos humanos. También bajo su influencia. Samuel era colega y muy amigo de León “Toto” Zimerman, que representó a los familiares de los jóvenes asesinados por la Policía en la Masacre de Budge, hace casi 30 años, y que en 1992 fundó la Coordinadora contra la Represión Policial e Institucional (Correpi), el espacio de pertenencia de Smietniansky desde joven, donde construyó su carrera jurídica y encausó sus deseos de cambio. Porque “siempre” estuvo convencido de que “este sistema de explotación nos destruye”. Sistema capitalista. Tonalidad épica. Terminología de izquierda. Ya no integra Correpi, pero hace lo mismo desde la Coordinadora Antirrepresiva por los Derechos del Pueblo (Cadep). A la Plaza de Mayo, aquel 20 de diciembre de 2001, llegó pasado el mediodía, acompañado de su padre y de compañeros de Correpi.

 

LOS DÍAS PREVIOS

 

Marca el paso previo de la “rebelión popular” de 2001 en “el voto protesta, los Clemente, las Mafalda” de aquella elección legislativa de octubre que “marcó un proceso de deslegitimación política que se sumó a la crisis económica en marcha”. Un paso previo “determinante”. Para entonces, los piquetes ya habían subido desde la patagónica Cutral Co y bajado desde las salteñas Tartagal y General Mosconi y eran identidad en las calles del conurbano y de la Ciudad de Buenos Aires. “Muchas de las organizaciones sociales que conocemos hoy en aquel entonces eran una sola: el Movimiento de Trabajadores Desocupados Teresa Rodríguez de Florencio Varela”, recuerda el abogado.

 

Los cortes de calle para reclamar comida sucedieron todo el año. Frente a municipios, frente a supermercados, frente a organismos de Gobierno. El Movimiento de Desocupados y Jubilados de Raúl Castells también era protagonista. En La Matanza, al Oeste del Conurbano, el sello era de Luis D’Elía y la Corriente Clasista y Combativa. “En un principio, nosotros subestimamos a todas esas organizaciones, como organismo de derechos humanos tomábamos distancia de sus reclamos por bolsones de comida. Fue nuestro error: no verlas como lo que eran, una olla de presión fogoneada por el hambre que había en el país”.

 

El “nosotros” de Cherco refiere a la Correpi, organismo de derechos humanos que integró desde que comenzó a militar hasta 2006. La Correpi sigue; él y otros compañeros fundaron la Cadep. El rol de ambas, y el laburo de Smietniansky en una y en otra, básicamente el mismo: darle cobertura jurídica a las víctimas y familiares de víctimas de los abusos de las fuerzas policiales, desde detenciones sin motivo hasta casos de gatillo fácil. Acompañamiento. Atención. Por Correpi, Cherco toma contacto con los movimientos sociales, que entonces, en su inmensa mayoría, era uno grande y piquetero.

 

“Petete” integraba la coordinadora en representación del movimiento social 29 de Mayo, de línea zurda. Con esa orga había ido a pedir comida a los súper aquel diciembre. Vivía en los fondos de Remedios de Escalada, partido de Lanús. Cursaba las primeras materias de Sociología en la Universidad de Buenos Aires. El 20 de diciembre de 2001 integró la ronda de llamados que cruzaron algunos integrantes de la Correpi Sur, que coordinaba Cherco, tras las imágenes de los caballos cayéndole encima a las Madres de Plaza de Mayo. Se reunieron en Lanús. Su viejo; Claudio Pandolfi, abogado de la coordinadora y varios compañeros de otras organizaciones políticas y sociales de izquierda también. Tomaron el tren a Capital.

 

LA REBELIÓN

 

“Era un quilombo.” En la estación de subte Avenida de Mayo, el equipo improvisado de militantes del Conurbano se separaron. Hubo algunos que encararon para Congreso, porque desde allí estaba naciendo una movilización que buscaría llegar a la Casa Rosada. Otros corrieron a “ver cómo estaban las Madres”. Hacia allá, hacia la Plaza de Mayo, fue el Cherco. “¿Cómo explicarte? Era un quilombo”, recuerda.

 

—Ya habían desalojado la Plaza así que nos desperdigamos por la calle. Bah, había gente por todos lados: corriendo, peleándose con la cana, armando barricadas en las esquinas, tirando piedras. Éramos 400 o 500 personas, no más. No había banderas, nada. Los caballos desbandados, corriéndonos. Era una locura de represión. Nos corrieron, nos gasearon. La actuación de los motoqueros fue infernal. Eran una caballería metálica que avanzaba sin tregua frente a la gorra.

 

Fotografìa: gentileza SubCoop
Fotografìa: gentileza SubCoop

 

En ese quilombo había quienes querían organizar un repliegue para proteger a las Madres y devolverlas a la Plaza para que pudieran marchar. Era jueves. Era día de ronda, “pero las Madres no estaban para marchar nada”. A “Petete” lo perdió de vista. Bah, perdió de vista a todos, porque se fundió en la bronca, ese denominador común de todos los “rebeldes”. “Y el objetivo era que se vaya el Gobierno. Hasta el más despolitizado de todos ahí en la calle quería que se vayan todos. No hubo ninguna otra consigna que no sea ‘que se vayan todos, que no quede ni uno solo’”, explica. El trabajo de abogado empezó aquella noche desde su casa y en coordinación con la Liga Argentina por los Derechos del Hombre, que concentró listas de detenidos, comisarías, reclamos, heridos. Muertos. En la calle, aquel día, “la legalidad quedó suprimida, era una estrategia de subsistencia tratar de que no te maten”. En la Ciudad de Buenos Aires fueron cinco los hombres que no lograron alcanzarla: Alberto Márquez, Gustavo Benedetto, Diego Lamagna, Gastón Riva y Carlos Almirón murieron aquella tarde. Sí, “Petete”. La lista de “caídos” en el resto del país aquellos días de locura ascendió a 33.

 

LA NIEBLA

 

El celular del Cherco —un lujo, por ese entonces— se quedó sin batería al rato de llegar a la capital. Cuando llegó a su casa y lo enchufó, “explotó con trescientos millones de llamadas perdidas”. Esa noche se quedó laburando con los datos de los detenidos que le iban llegando. Llamando a las comisarías, pidiendo nombres. “Era una locura”, califica Cherco. “El partido o la organización más chica contaba con 30 detenidos, pero después de la renuncia de De la Rúa los fueron soltando. Ya estaba. Si el que les había dado la orden de detener, pegar, reprimir, se había subido a un helicóptero y se había ido”. Diego Corradi, militante de Correpi sur, estuvo detenido. Lo liberaron a la mañana temprano, con una costilla rota. Llamó a Cherco enseguida.

 

—Me contó que en el calabozo, otro pibe le contó que le había parecido que a uno de los compañeros suyos le habían pegado un tiro. Por la descripción, parecía Petete. Yo no tenía idea de qué había sido de él en la calle, pero suponía que había llegado a la casa, como todos. Por las dudas, llamé. No me contestó nadie. Entonces, llamé a una compañera de militancia y amiga personal de él. Me atendió llorando, y entonces me cayó la ficha.

 

La muerte del compañero les bajó “de un hondazo” la “euforia de haber bajado a esos hijos de puta”. “Petete” cayó cerca de la boca de subte de la estación Avenida de Mayo. Justo desde donde se había sumado a la rebelión. Llevaba en el bolsillo un documento de la organización política en la que militaba. Cherco supone que “por ser un pibe de un barrio, un pibe pobre, militante de una organización chiquita”, no tuvo justicia en la memoria popular. “Debería haber tenido un lugar preponderante junto a Maxi (Kosteki) y Darío (Santillán) en lo que representó a esa generación. Las mezquindades le jugaron en contra”.

 

Nunca se pudo corroborar quién lo mató. El único dato que hay es que la bala que impactó en su pecho salió de un pelotón de policías dirigido por quien entonces era subcomisario y jefe de Caballería, Ernesto Sergio Weber. “No hay testigos, no hay material fílmico, con lo cual, sabíamos entonces que su muerte iba a quedar totalmente impune”, puntualiza Cherco. La muerte de Almirón fue una de las cinco analizadas en el juicio que culminó en marzo pasado.

 

EL DESPUÉS

 

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Sobre el marco de la puerta que separa la calle del pehache y debajo de la placa que anuncia a Samuel como abogado hay una para él. Además de su participación en Cadep, hace otras cosas. Casos civiles. No le hace demasiada justicia al fuero cuando lo describe, aunque haga tareas esenciales. “Como no era penalista, siempre me encargué de las boludeces: pibes llevados a la comisaría por tomar una birra en la calle, averiguación de antecedentes”. Hoy tiene 15 años más que en aquel diciembre. Está un poco más gordo y bastante más pelado. A veces, en el relato, se queja del paso del tiempo. “Qué viejo que estoy”, dice, de repente. Pero se nota que revive contando andanzas. Y relaciona a unas con otras. Como hace todo el tiempo entre el 19 y el 20 de diciembre y el 26 de junio de 2002, cuando la cana bonaerense mató a Darío Santillán y Maximiliano Kosteki. “La represión de 2001 fue defensiva: ante el avance rebelde del pueblo, bala. Fue organizada: palos, caballo, goma, plomo, goma otra vez. Hubo orden de disparar con plomo porque todos los muertos se producen en el mismo rango horario. La de (el expresidente, Eduardo) Duhalde fue ofensiva. Planificaron el ataque”.

 

Aquellos tiempos eran de “sensaciones encontradas”. Mientras “la efervescencia permitía esperanzarse con que tirabas una piedra y nacía una flor”, se recuerda “sufriendo mucho, sufriendo con todos”. Y otra andanza. A cuatro días de pelear contra la cana en Avenida de Mayo, de la caída de De la Rúa, del asesinato del compañero Almirón, muchos se reencontraron en la casa de uno de los familiares de los chicos de Floresta, asesinados por un policía en una estación de servicio, mientras miraban por televisión los hechos del 19 y el 20. Anécdota: “La primera calcomanía que pegamos por la muerte de ‘Petete’ fue en el marco de los reclamos por la masacre de Floresta”.

 

Pero después, poco a poco, todo fue fundiendo a nada, porque “pasamos relativamente rápido del ‘que se vayan todos’ al ‘acá no se fue nadie’”, se queja. Y reflexiona:

 

—Uno puede llegar hasta la puerta de la Casa Rosada, puede entrar, putear, patear, pero el poder real está en otro lado. Amalita Fortabat no te va a dejar tomar su empresa; Techint, las multis. Esa rebelión popular fue una crisis de representación y no una crisis sistémica. Eso generó el crecimiento de las organizaciones sociales con todo lo que eso implica. Organizaciones por primera vez tras la década del 70, con una identidad no peronista, empezaban a disputar territorio al peronismo tradicional, pero el proceso llegó hasta ahí. La gran enseñanza es esa: hubo una rebelión popular pero como organizaciones no estuvimos a la altura de las circunstancias para darle cuerpo en el después, para avanzar más. Y el kirchnerismo, con una muy buena lectura de esa crisis, llegó para recomponer la legitimidad de representación. El sistema sigue siendo socialmente injusto. Y ver el neoliberalismo volver sin que haya pasado tanto tiempo, la verdad es que me asombra.

 

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