Por Luis Paz
Buenos Aires, mayo 2 (Agencia NAN-2009).‑ Sí, Tomi Lebrero tiene su propia biblia junto al calefón: “Ya ni al baño podía ir, ciego que apunta con decoro. ¡Qué importa si llega a venir! La guitarra está junto al inodoro”. Su propio dilema moral: “¿Por qué me pasa todo justo a mí? Sé que soy artista y que digo alguna verdad; pero si sigo, oficial, juro ser inofensivo”. Y una anécdota que le es tan propia como a cada uno de los que alguna vez intentaron, con mayor o menor eficacia, componer una canción sin poder despegarse de una Ella: “Me pasé las vacaciones que tanto anhelé haciéndole canciones a mi ex”.
Sí, Tomás Lebrero es uno de esos músicos sensibles que dice curiosidades con amabilidad; uno de esos locos lindos que muestran genialidades; de los que no pueden despegar su ánimo del clima ni su alma de todas las que con él pasaron algo, de los amigos que comparten ahora, del mundo que sufre al mundo: “Los bueyes son de Freud, las vaquitas de Lacan. Soy sólo esto”, resume en “Milonga progresiva”, cuarto segmento musical de su reciente Cosas de Tomi, un álbum en el que cruza al rock con el tango, el vals y el folklore para hablar de gauchos, psicoanalistas y muchachos abandonados. Eso con frescura, memoria y humor.
Por momentos parece un artista de capital provincial llegado a La Cueva en su mejor época, que intercambió versos con Nebbia y Moris –“El amor en Buenos Aires”–. En otros su voz se presenta como la de una cantora de música popular entrada en edad, con buen registro y muchas canas –“Siete días”–. Y para sumarle a toda esa versatilidad, encima es multiinstrumentista y grabó bandas de sonido para cuatro films argentinos, entre ellos UPA, Una Película Argentina, distinguida como Mejor Película del Bafici 2007.
En resumen, un artista interesante con una obra consecuente que tiene de Joyce aquello de contar el todo mediante la reconstrucción de cada parte desde una óptica particular. Así, puede ser el porteño que espera el invierno, el enamorado que inventa litorales en su musa, el artista espontáneo, el gaucho descreído de la Teoría Psicoanalítica, el abandonado, el recuperado o el cronista que reseña la historia de “Nadalina”. Y este disco –menjurje un poco andino, un poco pampero y un poco capitalino– es la bitácora de esas experiencias que podrían haber intitulado a esta producción Vidas de Tomi. O La Argentinidad al palo, si no lo hubiera usado ya Bersuit Vergarabat.
La primera parte del álbum fue grabada en Dolores. La segunda, en Tilcara (Jujuy). “Ayahuasquico” es una canción tradicional peruana. En “Menos palabras” revisita a Macedonio Fernández y en “Siete días” a Vinicius de Moraes. Ese eclecticismo regional le sienta perfecto a estas trece canciones crudas, espontáneas y populares en el sentido en el que las entendería Jesús María Barbero; y que albergan, hacia el final del disco, algo parecido y distinto al «Niña de Tilcara» de Pity: «Fue en enero de Tilcara en una peña machado, eran cúpulas de iglesia, eran pechos tucumanos. Le bailé la chacarera, dije ‘vamos al cuartito’; parecía un film de Fellini: ella grande y yo chiquito. Entre sus ubres hermosas yo era fiambre Palladini».
Para esa producción federal, su grupo de acompañamiento, El Puchero Misterioso, se vio ampliado con músicos locales e invitados de toda índole. El resultado final es lo que promete contener el diseño de tapa: una serie de formas, colores y texturas encuadrados por la identidad popular argentina. ¡Si hasta aparece Miguelito, el amigo de Mafalda!
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