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Discos: “Disparen!” (El Festival de los Viajes, 2009).-

Con una estética audiovisual basada en el spaghetti western, el último disco de este quinteto propone un relato épico sobre un grupo de bandidos que busca sobrevivir a la adultez.
Por Luis Paz
Buenos Aires, noviembre 1 (Agencia NAN-2010).- Los cinco músicos que integran El Festival de los Viajes no tienen berretines de secretismos. Más bien están en los antípodas de la banda críptica: el nombre que los distingue como agrupación musical, el título puesto a su segundo disco, cada título de sus diez canciones y el arte de tapa de Disparen! son la prueba gráfica de eso. El Festival de los Viajes parte de una búsqueda creativa muy poco común aquí, al menos en dos aspectos. El distintivo musical: que su estética audiovisual esté basada en el spaghetti western, esos films de vaqueros vindicadores, de bandidos rurales justos y mujeres robadas. Y el narrativo, con el intento de un disco conceptual por donde se lo mire, originado en la hipotética historia de un tropel de bandidos que surca el desierto mientras resuelve cómo sobrevivir a las fulgurantes aguardientes de la adultez.
El disco apareció en un momento muy oportuno, el otoño de 2009. Por casualidad, el tercer tema se llama “El tambero cruel” y, en aquella época de conflicto agropresidencial, decía: “En el campo no saben su nombre, un misterio se ha hecho del hombre. Es el tambero cruel, su mirada sacude la tierra, a su paso el lobo se hace piedra. Quien lo ha buscado no lo ha contado”. Pero más allá de lo curioso de la descripción, redondeable hacia cualquiera de los dos lados de aquel conflicto, si el tema y el disco han sobrevivido al affaire Cobos fue por mérito propio más que por aquella coincidencia histórica.
Como obra –porque distinguir aquí entre canciones es desatender la historia marco–, Disparen! es un disco certero desde que con el recurso a esas imágenes (desierto, taberna, tambo, lo que fuera, pero siempre cubierto de tierra reseca), a ese relato épico y al sonido logrado por Sabina Schapiro, Federico Wolman, Adrián Feleman, Martín Rodríguez y Mathias Harbek retrata por un lado una odisea, construye por otro una cosmogonía y propone en fin un juego siempre introspectivo hacia la llanura de la vida en muchedumbres.
Cada una de esas virtudes subvierte determinado orden: el de la odisea vuelve a traer a aquel héroe original en lugar de este nuevo héroe –el sujeto exitoso en el mercado (laboral, sentimental, deportivo)–, su cosmogonía propone una espiritualidad simbólica ligada a la tierra (y de ella, a su polvo, su ripio y sus chiqueros) en lugar de otra conectada al cielo; y en ese juego entre lo que está dentro y lo que está fuera del vaquero denuncia a gritos el saqueo espiritual a manos del convoy de la Maldad.
O al menos ésa es una de las interpretaciones posibles de este viaje.