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Discos: “Luy” (Lautremont, 2012).-

El dúo cordobés, cargado de oscuridad, le agrega pop y electrónica bailable a su música en este segundo disco para cortar, aunque sea un poco, con la tristeza romántica de sus letras. 

Por Gustavo Obligado
Buenos Aires, octubre 22 (Agencia NAN- 2012).- A dos años de su disco debut,  Lautremont se arriesga al pop con beats bailables en Luy, su nuevo trabajo de estudio  editado por el sello “Ringo Discos”.  Sin dejar de lado su característica depresión surreal, mostrada en el homónimo disco debut, editado en 2010. El proyecto personal de Darío Bustos (a.k.a. Viejasound), que ahora cuenta con la compañía del baterista Guillermo Camusso, viene dando batalla desde 2005, homenajeando con determinación la figura del conde de Lautréamont, poeta franco-uruguayo que llevó a extremos inéditos el culto romántico del mal. 

El grupo, que  supo tener constantes cambios en su formación y quedó finalmente establecido como dúo, intenta generar una música un poco más digerible sin que eso implique un retroceso al estilo original. Este segundo disco, repleto de invitados, está encarado desde una intención más directa, más pop, más bailable. Allí surgen las notables diferencias con el primer disco. El cambio más evidente es que las diez canciones, ninguna de ellas llegan a los cuatro minutos, ahora se le animen al castellano, dejando atrás el inglés de las primeras letras de la banda. 

La pluma maldita de Bustos encuentra inspiración siempre al borde de la angustia, en varias situaciones: la imaginación, los recuerdos, los sueños, el tiempo y la búsqueda de identidad. Todas heridas que vienen de un pasado que tuvo momentos buenos y que ahora son sólo un recuerdo. “Lo que escribo es un bajón”, canta una voz  que amaga con apagarse en el final de “Dakota”. A su vez, aparecen estribillos más concretos emparentados al pop como en el caso de “El vendedor de mano o “Impulso Electrico”.

El dúo que promedia entre los 40 y los 30 años se autodefine como TripStoner, una combinación noventosa entre el trip-hop, a lo Portishead, y el stoner de fines de los sesenta y principio de los setenta, que combina rock y metal más las influencias de la psicodelia: Black Sabbath, vale como ejemplo. La más triphopera de “Luy” podría ser “Earl” y la más stoner “Horla”.  

En comparación con sus primeros trabajos, la música de Lautrement sigue teniendo, por suerte, intensos cuelgues electrónicos y originales efectos de sonidos programados, que son de lo más siniestros y que funcionan como estimulante para el vértigo que provoca la endemoniada forma de cantar de «Viejasound». Por momentos rememora a Jim Morrison y por otros al Indio Solari solista. En esta nueva etapa desaparecen los climas indefinidos y las texturas desordenadas para dar paso a los repentinos y  descolocados quiebres musicales, es psicodelia electrónica en su máxima expresión, difícil de escuchar por éstas tierras.

Las nuevas bases bailables mezcladas con las más grunge y con los agregados beats deformes tienen como resultado una dosis necesaria de adrenalina para que el cuerpo quiera bailar, saltar o agitar  la cabeza al compás del ritmo. La electrónica, muchas veces asociada al boliche, es en Lautremont un instrumento enriquecedor y con peso suficiente para darle sentido a la música que experimentan. Los invitados (Martín Rigatuso, Mariano Villegas, Pablo Maccario, Fernando Murawnik, Raúl Pandolfi, Benicio y Juan Boogie y «All Ringo boys») aparecen para casi todos los temas y son el importante detalle que enriquece el sonido del grupo, dándole color y fuerza. Lo mismo ocurre cuando el dúo suena en vivo. 

Como en su música, los efectos visuales en el arte de tapa combinan triángulos de distintos tamaños, colores y formas, provocando una sensación de mareo, una deformidad laberínteca para los ojos. El propósito de estos chicos es la alteración de los sentidos, vaya si lo logran.