El músico y artista plástico presenta su tercer disco con un enfoque realmente ecléctico y delirante. Un viaje hacia una isla donde la soledad no es bievenida.
Por Facundo Arroyo
Fotografìa gentileza de Alfonso Barbieri
Buenos Aires, mayo 14 (Agencia NAN – 2012).- El tercer disco del ex Los Cocineros –banda oriunda de Córdoba con la que grabó 5 discos– se debe escuchar como obra completa, como a una muestra. No por partes, no por canciones al azar sino de principio a fin, del reggae inicial al fox-trot final. Y algo más sobre Barbieri cuenta esta obra, porque además de ser músico es artista plástico, ¿recuerdan cuando en 2010 un grupo de ortodoxos católicos le rompió una muestra entera en Córdoba?
Detrás del ampuloso y picante título que recibe el trabajo –una costumbre en su obra: Banda de sonido de una película que nunca se filmó (2002) y Las canciones que se me cantan (2009)–, el río que propone Barbieri parece llegar hasta una isla, donde la corriente junta todo lo que hace naufragar. Desde los arreglos de cada una de las canciones (con acordeón, piano, teclados, loops, moog, armonio) hasta los ritmos que decide encarar (reggae, valses, baladas, progresivo), el trabajo es tan ecléctico como ese dibujo original del autor que trae el packaging del disco.
Pero en la isla no está solo. Alfonso es el encargado de la supervivencia, pero cuenta con un gran equipo de colaboraciones: desde Adrián Dárgelos (en “Amor por ti”) y Palo Pandolfo (en “Renacer”) hasta Graciela Borges (leyendo un texto de Woody Allen en “Cantautor medieval”) y Lucas Marti (en “El pintor verdadero”). También se oyen las letras de Jimena López Chaplin y Sol Pereyra y la compañía de la Banda Sinfónica Juvenil Municipal de Córdoba junto al grupo de músicos cercanos a Barbieri.
La psicodelia de homenajear a Giorgio Moroder y a Jean Paul Sartre, de traducir al castellano a Edmundo Santo o, directamente, de interpretar esa canción (“Jamás en Nottingham») en clave acústica –con algunos efectos, versión que le quedaría encantadora a la banda platense Crema del cielo– es decididamente un buen naufragio hacia esa isla donde está Barbieri. Y ni hablemos si ahí se puede bailar al menos un vals, cuando haya nuevamente una luna llena en el calendario, y así reventar y erotizar ese río, el de tu madre.
