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“favio tenía más cultura que varios con título”

alejandro venturini

Fotografía: gentileza prensa de Favio: Crónica de un director

El documental Favio: Crónica de un director es la ópera prima de Alejandro Venturini. Después de un largo recorrido en el circuito de festivales de cine (Mar del Plata, Bafici, Pantalla Pinamar y Lima, entre otros), esta semana hace su estreno oficial en las salas argentinas. La película de Venturini cuenta con los testimonios de los protagonistas de las películas de Favio (Graciela Borges, Juan José Camero, Edgardo Nieva), sus compañeros de rodajes (Juan José Stagnaro, Eliseo Subiela, Iván Wyszogrod), y sus familiares más queridos (Zuhair y Horacio, sus hermanos, y su hijo Nicolás).

 

“Es fuerte que venga alguien llorando y te diga que hace años que no llora en el cine”, dice Alejandro, después de su experiencia con la película en varias ciudades. La voz en off de Favio, que le da sentido y continuidad al documental, proviene de una entrevista que Venturini tuvo con Leonardo en 2009. La excusa para conocer a su ídolo había sido la creación de una web con reportajes a directores argentinos, pero ese proyecto no prosperó. Junto a otros compañeros había preparado una lista de preguntas que no sirvieron para nada porque cuando comenzó la entrevista Favio tomó las riendas de la charla y llevó la conversación para donde quiso, con su habitual amabilidad y talento.

 

“Favio tenía más sabiduría y cultura que varios con título universitario”, dice Venturini, y luego comenta que Leonardo fue infinidad de veces a ver El Ciudadano para ver qué podía robarle a Welles y aplicarlo dentro de su estilo cinematográfico. “Era muy estudioso de todo y trataba de rodearse de gente que sabía más que él. No trataba de competir, sino que trataba de retroalimentarse. Él tenía la parte emocional, mientras que otros aportaban el conocimiento técnico. Por ejemplo, Juan José Stagnaro, el director de fotografía de Nazareno Cruz y el lobo, le enseñó a usar la luz, mientras que Leonardo le explicaba cómo usar los sentimientos”.

 

De todas las voces que aparecen en Favio: Crónica de un director, la de su hermano y guionista Zuhair Jury quizás sea la más conmovedora. Fue la última entrevista que hizo Alejandro, antes de terminar el rodaje. Le costó llegar hasta Zuhair, pero la extensa charla que tuvo con el principal compañero creativo de Favio valió la espera. “Era una sociedad que funcionó a la perfección durante muchos años. El padre de ellos fallece muy joven y Zuhair siempre tuvo una actitud muy paternal con Leonardo”, cuenta Venturini.

 

Después del largo recorrido en festivales que tuvo tu película, ¿te sentís una especie de apóstol del mensaje cinematográfico de Favio?
—Yo sé que él recibía a varios estudiantes de cine, no sé si todos lo grabaron. La idea era hacer extensivo el mensaje que da sobre el cine, que no está expresado en las universidades. Estudié en la FUC (Fundación Universidad del Cine) y te perdés en tecnicismos, intelectualidades que no te conducen a hacer cine. Estéticamente, todas las películas de la FUC están buenísimas, pero después no hay un sentimiento. No dejan deslizar un sentimiento que te permita conectarte.

 

—Lo dice Leonardo en el comienzo de la película: “Si te metés en el cine, lo tenés que amar”.
—A los 5 años, había agarrado una caja de zapato y le hice una ventanita. Hacía tiras de cartulinas con dibujos y las iba pasando por la ventana. De alguna forma, desde esa edad hasta los 18 que empecé a estudiar, eso siguió por abajo, pero en la facultad queda medio abolido ese sentimiento. Y lo que me hizo la entrevista fue conectarme con eso.

 

—Aunque en el documental se habla sobre muchas cuestiones técnicas en sus rodajes, el amor de Leonardo por el cine está presente en todo momento. ¿Desde qué lado quisieron abordar a una figura tan grande como la de Favio?
Si te ponés a leer a cosas sobre Favio, ninguno puede abordarlo de una forma estricta, porque es sentimiento puro. Lo quieren intelectualizar y no pueden, se les escapa. Se chocan contra una pared. Sí, hay puntos autorales que son distintivos de su cine, pero no podés ir más allá de eso. Entonces, dijimos: “¿para qué vamos a hacer algo que no pueden hacer personas mucho más inteligentes que nosotros?”. Quisimos abarcar el documental desde el mensaje de Leonardo hacia los estudiantes y desde el lado más pasional y sentimental de su cine.

 

—Al principio, pensé que la película iba a tener el orden de la filmografía de Favio, porque empieza con las historias de Crónica de un niño solo, pero después se va rompiendo esa estructura.
—Es raro, porque sin quererlo terminó teniendo el orden de la entrevista. De lo último que hablamos fue del peronismo. Y lo primero que hablamos fue sobre cuando fue al cine a ver Rashomon, que aparece al principio del documental. Y a su vez, como la entrevista casi que la dirigió él, sin quererlo quedó una asociación libre con Leonardo dentro de la película.

 

—Aunque todos los testimonios de los actores son fundamentales, creo que las palabras más emotivas son las de Edgardo Nieva, el protagonista de Gatica, el mono.
—De Nieva quedaron un montón de cosas afuera. Por ejemplo, que Leonardo les decía a los dos boxeadores que no se vayan a dar en serio, y después les hablaba por separado, cada uno en su rincón, y a Nieva le decía: “Cuando se distraiga, lo ponés”. Entonces, cuando se para Nieva está esperando el momento para pegar, y de repente ve que le pegan a él: Favio le había dicho lo mismo al otro boxeador. Y terminan pegándose en serio. Eso era lo que quería hacer Favio, una especie de Toro salvaje argentino, pero que las peleas no sean inverosímiles como en la película de Scorsese. Favio quería hacer algo como Rocky. Entonces, quedó un Toro salvaje con mezcla de Rocky.

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Fotgrafía: rodaje de Gatica, el Mono

—¿Cómo se ve hoy a la figura de Favio en Las Catitas y en Luján de Cuyo?
—Ahora lo quieren todos, pero de chico no era así. Eso me lo dijo gente cercana a él. Favio de chico era un renegado, al que dejaban de lado. No era que hacía maldades o delitos, ni porque era un forajido. Estaban aburridos y, al mismo tiempo, había una necesidad material. Entonces, quizás era común robar una gallina o un melón. Horacio también me contó que lo tiraban al medio del río cuando tenía dos o tres años, y competían entre Leonardo y Zuhair para ver quién llegaba primero. Era una locura, pero se divertían así, porque era un pueblo aburrido.Pero donde más se refleja Luján de Cuyo es en El dependiente. Había como una aristocracia del pueblo. Zuhair me contó que venías caminando por la calle, la vecina se asomaba cuando te estabas acercando, y cuando veías que te estaba mirando, cerraba la puerta. Pero cuando pasabas, la volvía a abrir y seguía chusmeando.

 

—¿Qué sabés de El mantel de hule, el proyecto que en el que estaba trabajando Favio?
—Creo que el guion ya estaba terminado. El día anterior a que lo fuera a entrevistar, Favio se había desvelado y había escrito una escena. Era sobre un nene que, desde una ribera, miraba cómo se armaba un campamento de gitanos al otro lado del río. Y contaba el asombro de ese niño, que veía por primera vez ese espectáculo. Me hizo acordar a The Clowns, un documental de Fellini, que era él de chico observando el circo. Nosotros queríamos recrear esa escena, con la estética de Favio y su voz en off. Lamentablemente, por una cuestión de presupuesto, no lo pudimos filmar.

 

—¿Es verdad que ya había hablado con algunos de los actores de su filmografía para que formen parte del elenco?
—Sí, algunos me habían comentado eso. También supe que la fotografía la iba a hacer Stagnaro. Parece que era sobre un tipo que vuelve a su pueblo, después de muchos años, y que empieza a recordar cosas en su vuelta al pueblo. Y toca un tema que él no había tocado nunca, que era el del exilio. Esos son los únicos comentarios que escuché sobre la película, pero no tengo idea cómo era. Creo que iba a ser un guion sobre recuerdos de su infancia.

 

pulpa@lanan.com
 

Nº de Edición: 1670