Fotografía gentileza de Daniela Silva
La Plata, abril 13 (Agencia NAN-2010).- Sensación de aislamiento en un pasillo con paredes de plástico y nylon. Situación de subte porteño o europeo. Encierro. Paredes pintadas con aerosoles y ladrillos descascarados. Al fondo del recorrido, un patio deshabitado y una mujer que con un megáfono recita poesía mientras un perro duerme una siesta nocturna. En una pieza aledaña, un robot de colores reproduce fotocopias. Es el último vestigio tecnológico en una tierra deshabitada o, al menos, así es como se lo imagina Juliat (o Julia Trillo), la creadora de El punto = 0. El sábado pasado por la noche, el Espacio Tentempié de La Plata se convierte en un lugar sin tiempo ni límites, donde el futuro parece haber llegado hace rato.
Después de dos años en Europa, la escritora y poeta quilmeña presenta su primera novela (se estima una segunda y tercera parte), escrita durante su estadía en el Viejo Continente y lanzada por Pixel Editora en noviembre de 2009. El punto = 0 retrata los dilemas de una generación de jóvenes que transcurre muchos años en la ciudad de La Plata sin consciencia de su momento histórico. “Desde Europa, vi a La Plata como un lugar donde hay movimiento, amistad y solidaridad. Eso es lo que quise retratar. Acá es donde yo me armé y donde se fueron generando esas cosas que perduran en el tiempo. Desde ese lugar nuevo en el que tuve que volver a empezar, escribí sobre el punto cero, el volver a arrancar. Así, el libro tiene un montón de preguntas existenciales sobre el ser, el vivir y el pensar. Hay una cosa muy importante para mí que es el tema de la memoria en todos sus sentidos, porque en el libro concretamente hay un personaje que pierde la memoria de golpe y tiene que recuperar lo vivido”, dice Juliat mientras su pareja, a su lado, reparte vino a quienes ingresan al centro cultural.
De esta manera, cada una de las personas que llega a Tentempié se congrega como si fuese parte del relato. Ese lugar fuera del tiempo, que es coordinado por la autora, es el que traza –a veces sin quererlo o sin saberlo– las líneas argumentales para la continuación de su trilogía.
Mientras Juliat termina de leer, los acordes de una guitarra comienzan a sonar. El público se ubica en el piso de la habitación donde descansa el robot ensimismado. Con vino gratis, la velada musical comienza a las 21 con una gran zapada de la mano de Poli, Edu, Ale (de Sr. Tomate), Shaman (de Los Hombres en Llamas) y Pinky (de Travesti Fea). Una improvisación comunitaria a pedido de la autora para retratar ese viejo espíritu de la generación indie platense de la última década: todos sentados alrededor de un gran fuego imaginario, tocando diversas canciones, pasándose la pelota.
Después de más de 40 minutos de música continua, la autora se para en un pequeño pedestal y se pone a recitar otro fragmento del libro. El número trece, ése que habla del público que la mira recitar desde el suelo. Juliat habla, levanta sus manos, lee en voz alta y todos la escuchan con total tranquilidad.
A partir de las 22, aparecen otros músicos en escena. Los Sr. Tomate ya no están y es el turno de Lisa (de Toro Salvaje), Reimon y Sebastián (de Fuckland). Nuevas canciones en el mismo formato de zapada para que el perro que había estado durmiendo se sume a las más de 50 personas que siguen sentadas en el piso.
A las 23, ya no son muchos los presentes. Los pocos que quedan se rebelan ante un poder que no está presente y rompen ese pasillo de nylon que los encierra. Ese que los apretujó durante más de tres horas y los empujó a entregarse a la música y la poesía de Juliat y sus amigos.