Por Sergio Sánchez
Fotografía de María Luz Carmona
Buenos Aires, noviembre 23 (Agencia NAN-2009).- Sin ningún ritual que adelantara su salida al escenario, Rodolfo «Cacho» González ingresó con perfil bajo al bar, se acomodó en la silla y se calzó la guitarra acústica. Algunos aplaudieron y otros tardaron en registrar la llegada de El Soldado al centro de la escena. Pero los primeros acordes de «Puerto sin ley» y la voz de hombre nocturno del solista sirvieron de invitación para disfrutar entre cervezas bien frías de casi dos horas de canciones ideales para rasguear en un fogón. Sí, los temas de El Soldado parecen pensados para el formato acústico. Y más lo parecieron en la velada del sábado en el bar porteño Ultra, durante el cierre de la serie de recitales que el artista brindó en ese lugar para presentar su último EP, Luna en el espejo (2009), y revisar los cuatro discos en estudio y los tres simples grabados en doce años de carrera.
Más solista que nunca, El Soldado se presentó sin la banda que lo acompaña en vivo. Aunque no siempre estuvo solo, ya que su hermana, Zulma González, ayudó con los coros en algunos segmentos y el armonicista Luis Millán ofreció sus vientos. Y el público, primero tímido y luego con demasiado protagonismo, condimentó una noche diferente para la extensa carrera del cantante, guitarrista y compositor independiente, quien conoció el campo del rock tempranamente, cuando era plomo de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota.
En un formato intimista, González continuó con «Fue», de Visiones de un rompecabezas (2006), y «Pluma de águila», de De cardo y clavel (2000). Al mismo tiempo, algunos chicos comenzaron a sentarse frente al pequeño escenario y empezaron a rendirle culto con banderas y cánticos. «Pan y vino / pan y vino / pan y vino / pan y vino / el que no / grita El Soldado / ¿para qué / carajo vino?», coreaban. Pero Cacho advirtió, con tono amable, por primera vez en la noche: «Chicos, escuchen tranquilos, porque este show es para eso». Y no estaba equivocado, porque a continuación vino «Como dos capullos», una canción poética digna de escuchar: «Pero en sus ojos ella ve / lo que nadie puede ver / árbol que quedó en pie / retoña en primavera», recitó el cantante.
Sus canciones recuerdan, por momentos, a bandas de rock country, blues, folk y rock and roll de finales de la década del sesenta; y por otros evoca a las canciones con estribillos súper pegadizos de Patricio Rey, suerte de padrinos de la banda en sus inicios. De hecho, el guitarrista redondo Skay Beilinson grabó las guitarras en su primer disco, Tren de fugitivos, publicado en 1997, y el Indio Solari prestó su inconfundible gola en «Ángel de los perdedores» (infaltable en las radios especializadas en rock argentino) y «Trago especial», también de ese disco. La relación con la histórica banda siempre le sumó un plus de público a El Soldado, aunque el reconocimiento que tiene el solista dentro del rock local no se debe a favores sino a méritos propios.
«Ahora vendrá a cantar alguien que yo quiero mucho y fue una fuente de inspiración para mí», presentó Cacho antes de invitar a su hermana a sumar su voz. Así, «El Secreto», un bello e hipnótico tema de De cardo y clavel fue el primero que recibió los coros de la invitada de honor. Pero no sería la única incorporación, porque el inmenso (en tamaño y talento) Luis Millán aportó su virtuosismo con la armónica para reversionar «Tren de fugitivos» y los rock and roll’s «El duro» y «Ella es», que se ajustaron a la propuesta de un show que invitaba a agudizar los oídos, dialogar en voz baja y reposar el cuerpo.
Sin embargo, el formato resultó un poco ajeno a los seguidores acostumbrados a los recitales en estadios y boliches, que no se pudieron separar del todo del «ritual» integrado por cánticos futboleros y trapos, propio del llamado «rock del aguante». Entonces, nuevamente González usó el micrófono para llamar la atención: «Hay tiempo para todo, respeten a los que quieren escuchar». Algunos se enojaron y se fueron. Otros entendieron el nuevo contexto. Pero más allá de ese pequeño inconveniente, la armonía y el clima agradable regresó, al igual que las canciones. Así siguieron «El coraje», «Lobo» y el atractivo blues «Inocente cuando sueñas», uno de los mejores pasajes del EP En marcha, publicado en 2008.
En esta línea, no desentonó «Canción de carretera», de Alas rotas. En el final del tema, Millán se cansó de estar sentado, se paró para jugar con su armónica y tocó un solo interminable. Luego, «Luna en el espejo», del homónimo EP, y «De Shelly a Emilly D.», de En marcha, comenzaban a cerrar la lista oficial. Pero si de repasar se trata, no podían faltar los clásicos de los primeros años de carrera: «Boleto de empeño», «Ángel de los perdedores», «Polvo y blues», «Veneno sabor miel», «Trago especial» y «La gran margarita», que conmovieron a los seguidores más viejitos. Ya no había más lista. Entonces, desde el fondo gritaron: «Tocá Rojo-tibio rufián, Cacho». Y como todo era tan intimista y el espacio tan reducido, el cantante escuchó y complació el pedido.
Pero antes de despedirse, el músico que tiene un lugar merecido en la historia del rock local se fue silbando «El Cofrecito» y pareció resumir su noción de la música: «Recorro los caminos, voy silbando mi canción / nacido bajo signo de sueñero corazón / infinito es mi dominio, yo cultivo rock & roll /guardo en un cofrecito todo lo que hay que saber / será mejor si en tu camino silbas una canción /tu canción».
Sitio:
http://www.elsoldado.com.ar