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“El teatro es nuestra calle”.-

Hace más de dos años, las jóvenes actrices Carolina Iannuzzi y Mereces Ferrería brindan un taller de teatro en la unidad penitenciaria 46, de José León Suárez, dirigido a hombres y mujeres. Fruto de esos encuentros es Bar Los Amigos, la obra que los internos crearon en la oscuridad de sus pabellones. Agencia NAN asistió al estreno y capturó algunas impresiones.

Por María Daniela Yaccar 
 Fotografía gentileza de Carolina Iannuzzi
Buenos Aires, enero 5 (Agencia NAN-2012).- Una cáscara de hombre. Todos los días Javi podría sentirse como Erdosaín, el protagonista de Los siete locos. Como él, Javi lleva en sus ojos y en su rostro –en su cuerpo todo– las marcas de un paso poco feliz por la vida. Se le nota un pasado de necesidad. Ahora sus días transcurren en la unidad 46, de José León Suárez, frente al Camino del Buen Ayre, próxima al tristemente célebre basural del CEAMSE. Encierro. Basura. Olor a mierda. Atropellos constantes a los derechos humanos en la unidad vecina (la 48). Ése es el mundo de Javi. Pero un día, él no quiso ser más una cáscara de hombre. Caminando por el penal se topó con un par de cartones. Los agarró. Antes de hacerlo les había adivinado un destino más conveniente que el basural. Pronto escuchó una voz y no era la de su consciencia: “¡Ey! Dejá eso. ¿Para qué te lo llevás?”, le puso los puntos un oficial. “¡Vas a hacer mugre!”, completó cual madre. Javi no hizo caso. Siguió caminando. Sabía que esa parva de basura sería más que eso.
Ahora admite que podrían haberlo sancionado. Lo dice en el momento en que la cronista es testigo de la metamorfosis: las cajas de cartón, sostenidas por unos bidones de agua y forradas en los colores más aptos, no son ya basura si no un taxi. Las luces son los parlantes de un viejo grabador, los espejos están simulados con papel metalizado. Con lo que hay: así se hace arte en el “infierno”, palabra que no declama ningún pabellón “femenino” o “masculino”, sino personas de carne y hueso que –así como pueden transformar unos cachos de cartón en una escenografía más que digna, que también incluye una máquina registradora con un ticket saliente– se reinventan a sí mismas. En este caso, a través del teatro. Si no hay afuera evidentemente hay que fabricar uno. Y eso dicen ellos: “El teatro es nuestra calle”.
Este día de noviembre hay un movimiento inaudito dentro del penal. Los rostros se agolpan tras las ventanas enrejadas para ver qué carajo pasa, entre corpiños que le dan una pizca de color a una escena fundamentalmente blanca y verde. Aparentemente, así es en la cárcel. Cualquier ruido de afuera es motivo de curiosidad. Quien suscribe nunca olvidará el primer día en que visitó este penal, cuando un numeroso grupo de hombres transitaba por el patio detrás de unos oficiales, y las chicas, desde adentro de la sala donde se hace teatro, cuchicheaban a más no poder sobre los encantos (o la escasez de) de los muchachos. “¡A ese no le doy ni en pedo!”. Ja. El encierro se propone (y consigue, las más de las veces) eliminar la subjetividad. Pero no puede hacerlo del todo.
El movimiento inaudito de este día de noviembre se debe a que, por primera vez, doce detenidos (hombres y mujeres), agrupados en la compañía teatral Luces Libres, exhibirán una obra, con dramaturgia, escenografía y actuaciones a cargo suyo. Hace ya un tiempo asisten a los talleres que les dictan dos jóvenes artistas, locas y amantes de los criminales y ladrones llamadas Carolina Iannuzzi y Mercedes Ferrería, que cada martes abandonan su laburo para generar una pequeña revolución dentro del penal. Un poco solas en el mundo. Totalmente ad honorem. Sin ningún apoyo del Estado, con el aguante de la capellanía de la unidad.
El estreno de Bar Los Amigos –tal el nombre de la obra– confunde un poco al personal de la Bonaerense. Van llegando familiares y prensa; algo bastante inusual. Es gracioso ver a las oficiales preguntando si viene la chica que da el taller de acrobacia (apodada la China) para después poner el cuerpo y la expresión de un agente del FBI de película yanqui. O qué decir de oficial robusto que vacila entre el reto y la broma. Igual, hay que decirlo: el tipo es simpático como el Jefe Gorgory. “¡Parece que se olvidan de que esto es una cárcel!”, exclama al ver a Carolina deambulando por el penal con el taxi de cartón (prácticamente más grande que ella). La hippie le contesta: “¡No me digas! ¡Pensé que era un parque de diversiones!”.  Y sigue en la suya. Igual que Javi. En ciertas circunstancias debe ser el único modo de hacer las cosas: la obstinación.
La cultura popular
Suenan Calle 13, Resistencia Suburbana y Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota (y uno recuerda a Camilo Blajaquis). Ellas aparecen perfectamente maquilladas, con alguna torta para compartir en la previa; ellos preparan la escenografía en el SUM, poniendo sus cabezas en problemas menores que los que, seguramente, los desvelan en los pabellones. Ahora afortunadamente el único problema son los putos carteles que se resisten a quedar pegados por el viento y la humedad primaveral. Poco a poco, empiezan a caer algunos parientes. Alguno se abraza fuertemente con un hijo inquieto. Otros esperan a los que no llegan y la bajonean.
Esta tarde el humor colectivo es un sube y baja, un poco como la obra, que es fundamentalmente de humor pero que culmina en la melancolía. “Cometí un error pero no quiero pasar más por eso”, dice Matías, y resume así el espíritu de Bar Los Amigos, una historia de un grupo de hombres que recuperó la libertad perdida y se la rebusca en distintos oficios. Ante el riesgo de que uno de ellos vuelva a caer en cana, lo convencen entre todos de que delinquir no es la mejor opción.  “Yo tengo un hijo, y no quiero que pase lo que estoy pasando. Vengo de una familia así, es una cadena. Quiero darle un buen futuro y un buen ejemplo. Con la obra quisimos decir que no todos somos malos”, cierra Matías, de 24 años.
El modo de trabajo de Iannuzzi y Ferrería, que ya tiene dos años de existencia, viene del palo del teatro del oprimido. Ellas no llevan un texto de Shakespeare para que los internos se rompan la cabeza ensayándolo. Y lo suyo es lo más alejado de los programas oficiales que meten en las cárceles a caras conocidas de la televisión para que simplemente muestren. Mechi y Caro, como todos las llaman, trabajan con lo que hay, con lo que los internos tengan ganas de expresar. “Esto es la cultura popular –define Iannuzzi, empleando un concepto tan discutido a lo largo de décadas–. No sirve de nada que yo escriba una obra. A la hora de hacer teatro estamos todos en la misma”. Bar Los Amigos nació en los pabellones de los hombres. Los chicos llevaron al taller la propuesta y después las chicas se sumaron, en los roles de las parejas del grupo de ex convictos o como objetos de deseo. “Se nos complicó el tema de la mujer en la sinopsis”, se ríe Carolina.
“Con el teatro se redescubren. Es una linda patada en los huevos a la sociedad o a los que piensan que si alguien está en cana está para ser tirado a la basura.” El método de creación colectiva ha dado sus frutos. Hace poco, por ejemplo, Víctor escribió su primera obra. Además, muchos piensan continuar con el teatro cuando recuperen la libertad. Antes no lo conocían. Para Iannuzzi, el hecho de mostrarle la obra a espectadores es la última parte de un largo proceso y es fundamental, porque sólo así se completa el círculo del teatro. Lo cierto es que, al final del estreno, todos tienen ganas de un segundo round. Javi le habla al grabador. “Se lo dedico a mi familia, a Aymará, Carmen y Sergio, que son mis hijos; y a mi esposa Valeria.” Nobleza obliga, hay que ponerlo.
Volver a ser cáscaraCon Rosa la conversación pasa por los piercings y lo doloroso que es hacerse uno. La diferencia es que lo de ella fue más punk: claro, se lo hizo ella misma. Rosa está convencida de que hace teatro para sus once hijos. “Quiero demostrarles que su mamá cambió, que esto no fue al divino botón.” Rosa, que dice ser “vergonzosa y brutita”, es la encargada de cerrar la obra con una emotiva carta que escribió para sus profesoras. Y es también la que hizo la torta.
Hay un bailongo que tiene una protagonista: Romi, la más chica del grupo. Ella baila al son del reggaetón mientras público y actores se cruzan en un único centro, el morfi. La China, la acróbata, finalmente vino para la alegría de las oficiales y levanta las gambas y hace medialunas. En la compu de Fernando (otro amigo de Carolina y Mercedes) no hay mucha cumbia y eso desencanta. La tarde es larga. Bueno, seguramente para ellos no. Pero, más o menos, habrán sido cinco horas entre el audiovisual que explica la obra, la obra y el recreo final.
Habría que ser Rodolfo Walsh para transmitir con exactitud la sensación que genera en el medio de todo eso que un oficial de repente venga, mientras la música todavía suena, y grite “masculino” y después “femenino” o al revés. Una voz grave que intenta superponerse a la música. A todo. Una voz que pide a gritos que vuelvan los hombres y mujeres “cáscara”. Ese pendejito que correteaba, dibujaba y no sabía qué diablos hacer con su cuerpo tanto tiempo en el mismo lugar ahora tiene que abrazarse y besarse con su padre, a los apurones. Sentir bien ese abrazo. Y volver a casa nada más que con su mamá. Seguramente, matándola a preguntas.