
Por Mariano Verrina
Don Julio se levantó temprano. Tenía esa costumbre desde que vivía y no la iba a cambiar por el simple hecho de haberse muerto. Puso la pava y enfiló al baño para los pasos de rutina. Después de lavarse la cara y los dientes retomó para la habitación, un cuarto muy lindo, cómodo, con poco uso porque llegó al barrio hace un año y pico y compró todo nuevo. Como un ritual, agarró de la mesita de luz su anillo y se lo calzó en el meñique de la mano izquierda.
No era un día más para Don Julio. Sabía que se trataba de una jornada movidita y por eso había cancelado el habitual partido de jenga de los jueves con Gerardo. Una pena, porque esta semana se sumaba el uruguayo Berugo, recién mudado. Cuentan por el barrio que el yorugua tiene una habilidad medio extraña para mover las maderitas… pero bueh, será cuestión de verlo el próximo jueves. No bien manoteó el celular, Don Julio se encontró con varias llamadas perdidas con números largos, interminables, de esos que sabía que traían malas noticias. “Estos deben ser los suizos del hotel, no les respondo ni en pedo”, pensó sin abrir la boca.
Encendió la tele y se fastidió al ver al tipo de barba en cadena nacional. “Queremos avisarle a nuestra comunidad que tenemos el agrado de anunciar el arribo en los próximos meses y después de tantos años de espera de la señora Mirtha…”. Don Julio cambió enseguida y no terminó de escuchar el orden del día.
Clavó el control remoto en Cielo Sport, el canal 33 de Telecielo, y ahí se topó con la noticia.
—Nélida, cayeron. Nélida, levantate que cayó José Luis. ¡Nélida! José Luis, ¿escuchaste? Sí, Nélida, el que venía a comer a casa, el amigo de Aníbal. Cayó. Yo sabía… estos yanquis de mierda que me obligaron a botonear… Yo sabía. Y bueh, qué se le va a hacer… Uy, la puta que me parió, se me hirvió el agua.
Al mediodía Don Julio fue a comer con Videla y, entre copa y copa, organizaron dónde iban a pasar las fiestas, ya seguramente con Havelange, que planea viajar desde Brasil. Por la tarde, durmió una pequeña siesta y, luego sí, llegó el momento de arrancar con el plan. Tomó su libretita, extrajo la birome del costado interno de su oreja y empezó con los garabatos. Mientras, le llegaban mensajes acusándolo de co-conspirador de no sé qué mierda, pero no les dio pelota. Siguió con lo suyo. Había algunas cosas que él podía manejar desde ahí. Hagamos llover. Pum. Listo. Llueve. Siempre tiene más dramatismo, está bueno, quedan mejores las fotos. Así que anotó arriba de todo: lluvia. De ahí bajó una flecha para el segundo punto: humedad. Lo escribió y le pasó resaltador amarillo. Parecía una boludez pero había recordado que su amigo patilludo le había contado una vez que la mejor manera de disimular dos boletas pegadas era generar un clima bien húmedo, pegajoso. Por eso también pidió que sacaran los aires acondicionados y los ventiladores del salón. Pensó que alguien iba a protestar por el calor sofocante, pero todo salió perfecto. Los giles se apantallaron con papeles.
Don Julio tenía línea directa con los muchachos del predio. Por algo lleva su nombre, ¿no? Allá arriba solía hacer alarde de todas las propiedades que puso a su nombre hasta que en 2010 cayó el Tuerto y le pintó la cara. Cuentan que el Tuerto ya inauguró varias nubes en su honor, aunque hace un par de semanas que se lo ve bajoneado y ni eso lo consuela.
Las órdenes para los muchachos de Ezeiza fueron concretas.
“Que se haga todo en el salón de la despedida, eh. Todo ahí. No se muevan que la señal de ahí me agarra perfecto.” Justo ahí fue la última vez que lo habían visto los muchachos, hace un año y medio cuando lo despidieron. Estaban todos. Marcelo, Chiqui, Hugo, Luisito, Humbertito…
“Ah, otra cosa —se plantó Don Julio para la segunda y última exigencia—. La urna. Nada de la gilada electrónica. La urna. La vieja. La de la llave. La mía. ¿Ta claro? Eso es todo, mi viejo. Que sigan bien. Y cuiden que no haya goteras para no hacer papelones. Ta luego.”
Todo listo. Fue a comprar pochoclos al almacén de Lita y en el camino se cruzó con el pelado Bulat, que llevaba poco tiempo en la zona y estaba pintando el frente de su casa de amarillo. Para cambiar un poco, ¿vio?
Al volver, Don Julio se sentó frente a la tele a ver la obra. Su obra. La primera sonrisa se le escapó cuando escuchó al periodista Marcelo Analfabenedetto decir que la historia ya estaba juzgada y que había una diferencia amplia para uno de los candidatos. O al menos eso fue lo que entendió que quiso decir.
Fue manejando el streaming a su gusto. Todo iba bien. Nadie sospechaba nada. El zapping escupía alegría y orgullo al ver lo que estaba ocurriendo. Don Julio esperaba su momento. Hasta que vio a Luis agarrar el celular. Don Julio tomó el suyo. La tele devolvía imágenes confusas. Se escuchaban murmullos. Al Pifie Varela se le desfiguraba aún más la cara. Gestos. Nervios. Tensión. Y el aparato vibró.
—Nélida, bajo un segundo. Ya vuelvo.