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“Este disco es un drenaje emocional”

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El cantante de Sai Amet presenta “Máquina del tiempo”, su primer álbum solista, en compañía de Los Compañeros del Vino. “Me movía la sensación que si no lo hacía me moría, de que si no sacaba estas trece canciones de adentro me iba a enfermar”, cuenta. Fotografía: Marcos Drago

Por Jorge Ignacio Merlo
@carrumbe

Discos, instrumentos y memorabilia por todas partes. Así es la casa de Juan Forche, su mundo físico, mientras prepara la presentación de Máquina del tiempo, su primer disco solista, en noviembre. Para este nuevo proyecto, el cantante de Sai Amet dio forma a un grupo que lo secunda, acompaña y guía: Los Compañeros del Vino. Presas de la necesidad de contar, cantar y expresarse, las trece canciones del álbum proponen un recorrido por la intimidad del artista, la sensibilidad del músico y la voz de la reflexión que trae consigo el tiempo.

—¿Cómo surge la idea de grabar un disco solista?
—Hay una cantidad de material que necesito ir sacando de adentro. Es un trabajo personal, es otra historia con respecto a la banda. Empezó siendo algo muy tranquilo, después me cebé y el disco terminó con muchísimo laburo. Además, los músicos generaron una energía difícil de explicar que puede sentirse en las canciones.

—¿Por qué Los Compañeros del Vino?
—Hice un viaje por las bodegas de Mendoza con mi abuelo, mi viejo y mi hermano, y de ahí surgió el concepto. Hubo un enamoramiento total con el vino, no de “choborra” sino por el ritual, la ceremonia. Decir “los amigos del vino” era bastante fuerte. En cambio, “los compañeros” tiene una cuestión más fraternal y que no te ata todo el tiempo a la botella; es más moderada. Hay algo lindo en la expresión, tiene esa cuestión como simpática. El vino desde la simpatía, no desde un problema de alcoholismo (risas).

—¿Y quiénes son en el disco?
—Lo grabé con Carla Vazzana en piano, Leandro Vargas en percusión y Ariel Gayoso en violín. Y con Juan Martín Zicari, un amigo con el que no me encontraba hacía muchos años. Se generó algo. Se dio una energía para hacer música, una conexión. Me siento bastante más por debajo de ellos en lo musical, pero dije “bueno, loco, esto está bueno”. El hecho de hacerlo solo fue por una cuestión de más practicidad: arriesgo más y ganaré más. Aunque ya gané, tener un disco ya es ganar.

—¿Cómo te juega el hecho de que el proyecto tenga tu propio nombre?
—Me costó muchísimo tiempo de terapia (risas). Me resultó difícil decidir el nombre. Al principio pensaba que se iba a llamar de tal forma o tal otra, pero no terminaba de asumirlo. Lo más difícil del nombre fue eso, sin dudas, asumir el lugar que me toca, porque no me termino de asumir como músico, y en algún punto está bien porque el día que lo haga creo que la cago (risas). De algún modo, incluí mi nombre en este proyecto porque es lo único que voy a llevar puesto de acá a la eternidad. Podría estar en Checoslovaquia y seguiría llevando mi nombre, sin depender de nada. Entonces surgió un poco por ese lado: tengo letras, músicas y ganas de cantar. Es un proyecto que existe y existirá hasta donde tenga que ser. Pero es algo que tenía que pasar. Me movía la sensación de que si no lo hacía me moría. Eso me moviliza. ¡Si no saco estas canciones de adentro me voy a enfermar! (risas). Cuando empecé a grabar, pensaba que había cumplido la misión, me sentía útil como ser humano.

Entre preguntas, y sin que la tormenta que amenaza su casa de Temperley se consume, Forche hace pausas largas, algún silencio; un impulso para la verborragia.

—¿Quedaste satisfecho con el trabajo terminado?
—Definitivamente. Estoy muy contento. Grabamos todo en simultáneo, salvo las cuerdas. Tenía un camino hecho con Sai Amet y pensé hacer exactamente lo contrario. Para ver qué onda, qué pasaba. Grabamos con Resiéntelo Producciones, estudio donde graba Gabo Ferro. Me junté con dos técnicos, dos artistas, y desde el vamos surgió una energía hermosa.

—¿Cuánto tiempo llevó el disco?
—Teniendo en cuenta el aprendizaje del pasado, dije: “Este disco va a tardar este año. Se graba este año, se termina este año”. Y así fue. Tendrá edición física con arte de Nicolás Corcos. También se generó algo hermoso. Pensé la tapa y le dije: “Esto tiene que ser como un cuadro, tiene que ser lindo”. Y es como un cuadrito, me encanta.

—¿Le das mucha importancia a la parte visual de la música?
—Definitivamente. Igual, en este caso está primero la música. Es una tristeza total esa movida de no editar los discos. No puedo con eso. Un disco físico, el día de mañana, dentro de 40 ó 400 años, lo encontrará alguien tirado dentro de una valija en una casa e inventará historias sobre eso. La cuestión del almacenamiento virtual me da la sensación de que en algún momento puede fallar. Es algo que está pero no está. Para mí es muy importante que el disco tenga un soporte. Prefiero tener menos comida en la heladera y el disco editado.

—¿Cómo es la difusión teniendo en cuenta cómo cambió la industria de la música?
—Ahora estoy medio virgen con todo este tema. La movida es tocar. Si vos tenés el disco y la música y salís a tocar, un poco con eso alcanza. Está buenísimo todo lo virtual, pero también hay una cuestión un poco cruel. Ver un video por Internet y decidir por una canción si una banda te gusta o no, me parece un poco fuerte. Y respecto a la difusión, la verdad es que no sé. Hay una parte medio chota en eso de poner el foco allá, en la difusión, y no pensar tanto en lo que pasa acá. La idea esa de “grabar para pegarla” no me convence. Es sólo un anexo de la música y se toma eso que debería ser accesorio como fundamental: la prensa es accesoria, la imagen es accesoria. Es como un ver y no ver, estar en un lugar y no terminar de estar. Me parece que la reflexión de ahora es ésa, sobre ese estar o no estar. En el momento en que uno se pone a ver ese “no ver” empieza a surgir algo interesante como producto creativo. Música, una pintura, una película, lo que fuere. Igual hay que amigarse con la difusión por Internet, es algo que no podés evitar. Aparte, el disco está y el que lo quiera comprar lo va a poder comprar.

Fotografía: Marcos Drago
Fotografía: Marcos Drago

Hay algo que cautiva a Forche: el hecho de que la criatura empiece a dar sus pasos, que la evolución le proponga crecimiento, recorrido, altura.

—¿Cómo te preparás para la presentación del disco?
—Estoy ansioso, aunque menos que antes. Entiendo que el 90 por ciento de las cosas no las manejo yo. Entonces, hay una energía de que pase, de confianza en lo que está pasando. Ocurrió con la grabación; se dio, se fue dando. El disco fue ocurriendo. Empezó como una charla con Juan Martín Zícari y Lean Vargas. Los dos dijeron: “Che, esto es tuyo”. Lo primero que pensé fue: “¡Qué hijos de puta, se bajaron!”. Y todo lo contrario, están. Pero esa limitación fue una gran posibilidad de hacer mío un lugar que no había. Así que, con esa misma dinámica, pienso la presentación del disco. Me encantaría que el lugar reventase de gente, pero las personas que estén van a estar con ganas de estar ahí, y eso está buenísimo. Estoy con menos vorágine.

—¿Cuándo se te dio por hacer música?
—En el secundario. De chico mi vieja me cantaba para dormir canciones de (Andrés) Calamaro. No registro el “Arrorró” sino “Mil horas” (risas). No éramos una casa muy musical, pero había dos o tres cosas: Queen, Calamaro y Víctor Heredia. Después, en el colegio siempre le hablaba a una chica que tocaba la guitarra en la misa y le decía: “Che, vamos a armar una banda”. Yo no sabía tocar y pensaba que si tocaba la guitarra, no importaba si tocaba en una misa, era rock (risas). Y ahí nació todo. Siempre escuché mucha música y fui a ver bandas. Es algo que me encanta y sigo haciendo. Me interesa lo que genera la música, lo que pasa entre la música y las personas. No es que (imposta la voz) “estoy todo el día tocando la guitarra”. No, me cautiva lo que pasa cuando alguien emite un sonido y otro lo recibe, lo que pasa en el medio. Entre la emoción que va desde el que emite y el que está recibiendo.

—¿Cómo te sentís al cantar?
—Es raro. Las cosas que están en mis canciones no son cosas que digo en la cotidianidad, en una charla. Pero me pasan, aunque pasen sólo en las canciones. Cuando no tenía mi espacio para contar lo que me pasaba me enfermaba. Para mí el disco es un drenaje emocional. Si no podés encausar la energía que tenés, te empieza a quemar, a hacer ruido.

—¿Qué responsabilidad sentís al cantar?
—La de no mentirme nunca. Por lo menos en ese momento, no mentirme. Cuando te mentís, se nota. Me doy cuenta cuando me estoy mintiendo, cuando escribo algo que no es mío, que no siento.

—¿Sos muy crítico de tu laburo?
—Sí, pero sin darme con un látigo en la espalda. Invertí bocha de guita en terapia (risas). Lo que veo intento corregirlo y en la próxima será mejor. Si no das el primer paso, el segundo nunca llega.

—¿Le sobra algo al disco?
—Es raro. No sé, la situación ideal no llega nunca, y lo que está ahí es lo que pasó en el momento de la grabación. Así se dio y así me gusta. Empezó siendo algo re tranqui y me cebé. Empezamos a probar unas canciones y dije: “Che, consigo 5 mil pesos y grabamos algunos temas”. Después sentí que sonaba de puta madre y pensé que había que conseguir 5 mil más y seguir grabando. Y cuando me quise dar cuenta estaba grabando con invitados como Alejandro Balbis, Tomás Lebrero y Peyo Campoliete.
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—¿En algún momento te jodió ser músico?
—A veces no podés parar de pensar hacia atrás y hacia delante, no podés darle bola al presente. El gran problema del ser humano es no estar presente. A veces pienso qué voy a hacer tal día y no disfruto lo que estoy haciendo ahora. Ahora me pasa que ante un error trato de entender lo que está pasando. Antes me costaba mucho más la equivocación. De todos modos, sin ser ultra naïve y estar pensando que las cosas se van a dar mágicamente, hay que disfrutar lo que está pasando.

Forche renueva el mate, cambia la yerba, la música y piensa en el disco. Está presente en todos sus pasos, voces y silencios: “La verdad es que quedó bárbaro”, explica.

—¿Qué aprendiste haciendo un disco solista?
—A ganarle a mis propios miedos, a vencerlos. Para la grabación me puse a pensar que no fuera parecido a nada. No puedo detenerme a ver qué es lo que va a pasar. Que llegue lo que tenga que llegar. Es una actitud ante la vida, te lo tenés que decir todos los días: despertarte y tocarle un poco el culo al miedo. Es lindo vencer al miedo. La sensación después de pasar un miedo es increíble: le gané a algo que no existía. Y eso trae mucha paz.

—¿Y cómo proyectás el futuro?
—La idea es poner el disco a sonar, que los cercanos vean también de qué va la propuesta. No es un lanzamiento, eso quedará para más adelante, pero es una presentación. Después hay ideas de salir a tocar por el interior y por donde surja.

—¿Qué te genera escucharlo?
—Me pone contento ver cómo se materializó todo lo que tenía dando vueltas en la cabeza. Trato de no buscarle errores desde la crítica, sino desde otro lado. Pensar que algo podría ser de una forma u otra, pero relajado.

—¿Qué te pasa con la música?
—Es el único arte que me transporta, totalmente, a un lugar, a un olor, a un momento.

* Juan Forche & Los Compañeros del Vino presentará Máquina del tiempo el sábado 8 de noviembre a las 21 en el Teatro Goñi, Cochabamba 2536, Ciudad de Buenos Aires.