
Por Agustina Sulleiro
Lo lograron. En diciembre del año pasado, los centros culturales por fin consiguieron sancionar su ley. La que redactaron, la que militaron, la que cranearon en una ciudad de infinitas (y costosas) clausuras. La que les permite habilitarse como lo que son: centros culturales. La política de hostigamiento del gobierno de la Ciudad de Buenos Aires tuvo que enfrentarse a su contracara: la organización del sector cultural. “Esta ley existe por la movilización, la militancia y la comunicación viral”, dice Claudio Gorenman, director del Club Cultural Matienzo y referente del Movimiento de Espacios Culturales y Artísticos (MECA). Ahora que los humos están más calmos y que el proyecto ya es ley, NAN conversó con él para que nos cuente cómo fue esa lucha.
—¿Están conformes con el texto de la ley finalmente aprobada? ¿Cuál fue su impacto a partir de la sanción?
—El proyecto de ley que soñó y escribió MECA está muy cerca de lo que fue sancionado. Realmente va a ser una herramienta de crecimiento para la cultura. El impacto por ahora es muy poco porque todavía no hay nadie habilitado como “centro cultural”, pero entendemos que hubo un cambio. La Agencia Gubernamental de Control (AGC) bajó un poco la intensidad de las clausuras, y no es que ahora de repente todos los centros culturales cambiaron, simplemente están siendo un poco más razonables a la hora de poner una faja de clausura. Y creo que —tiene que ver con el movimiento político que se generó en su momento y que se genera cada vez que clausuran.
—¿La ley ya está en plena vigencia o quedan cosas pendientes, como su reglamentación?
—La ley no se reglamenta porque es plenamente operativa tan pronto como se termine de aprobar la parte que le falta. Al ser una ley habilitatoria, lo que hace es incluir el rubro “centro cultural” en los códigos de habilitaciones, de edificación y de planeamiento urbano. Este último determina en qué lugares de la ciudad se pueden realizar determinadas actividades. Por ejemplo, en un barrio residencial no se puede poner una planta de tratamientos químicos. La modificación al Código de Planeamiento implica una doble lectura, es decir que la Legislatura tiene que aprobarla una vez, después llamar a audiencia pública para, luego, volver a tratarla en el recinto por segunda vez. Por eso la ley se desdobló: hay una parte que ya es ley pero está en proceso la incorporación al Código de Planeamiento. Para esto ya se hizo la audiencia pública, que permite la participación de la ciudadanía, y ahora estamos esperando que se vuelva a tratar. Para nosotros, un centro cultural puede o no estar en una zona residencial; creemos que la cultura tiene que estar en todos lados, no hay que polarizarla. Lo interesante de la propuesta cultural tiene que ver con su inserción barrial, con la participación de las personas que lo construyen y que van permanentemente. Si no le permitís a la cultura estar en las esquinas, en los barrios, en las casas, estás poniendo una traba insalvable al desarrollo cultural de la ciudad.
—¿Cómo fue el proceso político que tuvieron que llevar adelante en la Legislatura? ¿Cuáles fueron las fortalezas del sector que hicieron posibles la sanción de la ley?
—Todo el proceso de aprobación de la ley fue sumamente complejo. Esta ley existe por la movilización, la militancia y la comunicación viral. No lo hubiésemos logrado sin “La cultura no se clausura” y Cultura Unida. Hicimos un movimiento que nucleó a las organizaciones de la cultura de la ciudad y que fue absolutamente masivo, sin aparato político partidario y con un mensaje claro de defensa y unidad de la cultura. Con “La cultura no se clausura” logramos que entrara en tratamiento. Al volverse público, todo el mundo quiso tener su proyecto y se terminaron presentando seis. Tuvimos mucha resistencia, sobre todo del sector más conservador del PRO y de la AGC, que escribió un proyecto ridículo: querían que los centros culturales cerraran a las 12 de la noche y que no pudieran vender comida y bebida. Es más, la persona que lo redactó nos dijo: “Yo voy a un centro de cultura griega y hacemos clases de baile a las 6 de la tarde y tomamos té”. Ése no puede ser tu parámetro. Si algo aprendimos al militar la ley es que hay de todo en todos los partidos, hay gente que realmente escucha y gente a la que no le importa nada. En el PRO tenés gente copada y gente que es un asco, y eso pasa en todos los lados. Después hicimos la manifestación de Cultura Unida, el 11 de diciembre, que fue una maravilla. En la Legislatura no podían creer que hubiésemos juntado a casi 10 mil personas, sin un peso de difusión ni de nada. La última sesión fue ese mismo día pero nosotros seguimos yendo a la Legislatura, nos reunimos con el interbloque K, con UNEN, teníamos interlocutores del PRO. Para ese momento ya estaban todos de acuerdo salvo en el tema de la gastronomía: querían incluir una habilitación como café bar, algo ridículo porque todas las leyes de rubros culturales prevén que puedas vender comida accesoriamente. Finalmente el miércoles 17 tuvimos una reunión con Cristian Ritondo (diputado PRO, vicepresidente de la Cámara). Fue un momento de hombres: nos sentamos con cara de “qué mierda está pasando acá”. Me dice que el tema de gastronomía era complicado. Pero nosotros vivimos de eso. El 70 por ciento de los tickets se lo damos a los artistas. ¿Cómo pago el alquiler? ¿Cómo sostengo el proyecto? Entonces propone que sólo podamos vender alimentos y bebidas envasados. ¿Y si quiero hacer un fernet no puedo? Y ahí cruzamos una mirada… faltaba un habano y un whisky. Le hago un guiño de “¿en serio me estás discutiendo esto? Hace meses que venimos con esto y sabés que tenemos razón”. Me mira y con su vozarrón me dice: “¿Sabés qué? Tenés razón”. Al día siguiente se votó la ley.
—Hablás de un sector más conservador del PRO que resistió la ley. ¿Cuál creés que sería la fundamentación ideológica por la que no querían que saliera?
—Ellos usan Cromañón de una manera absolutamente irresponsable e inmoral. No tienen idea de lo que pasó ni de lo que es un centro cultural, pero ante cualquier cosa te dicen “queremos evitar un Cromañón”. Pero no tener una ley es mucho más peligroso porque implica tener gente asustada, que no sabe qué hacer, que tiene que habilitarse como cualquier cosa porque no hay una ley. Pensar que un teatro de 50 personas es un potencial Cromañón es no entender nada. Ese desconocimiento, apoyado seguramente también en intereses económicos detrás de la AGC y todo el proceso de multas y clausuras, configura una situación compleja.
—Más allá de la sanción de la ley, ¿cuáles son las ventajas de haber generado una mayor organización y articulación del sector cultural?
—Una ventaja a corto plazo fue entender el valor de estar todos juntos y de defender lo del otro como propio. Por ejemplo, si no sale la ley de los músicos callejeros o la de actores nos afecta, y por eso la reciprocidad es importante. Lo que pasa es que es difícil sostenerlo. De por sí a todas las organizaciones nos cuesta horrores sostenernos porque, al no tener recursos del Estado y al ser tan difícil la gestión cultural, nuestro tiempo está puesto en nuestros espacios. Sin la urgencia, es complejo conseguir la movilización y la reunión permanente, pero lo cierto es que dimos el primer paso, y tenemos que saber cuidarlo y construirlo con tiempo. Lógicamente, por cómo terminamos el año pasado, empezaron a surgir ofertas del tipo “venite con nosotros”, “candidateate”, “sacate una foto con tal”, cosas normales a partir de la visibilidad y del logro. Pero tomamos la decisión colectiva de quedarnos quietos porque sería embargar un proyecto que tiene otro camino, mucho más valioso y transformador. Porque en el momento en el que a un proyecto político no partidario, con una bandera cultural, le ponés una camiseta partidaria, le cambiás la naturaleza. No quiere decir que no suceda en el futuro, pero sí en otras condiciones y con otro camino, cuando ya sepamos qué queremos a futuro, qué ciudad y qué país nos imaginamos colectivamente. Antes de llegar a eso, sería rifar un movimiento que tiene la chance de cambiar las cosas.
—¿Qué objetivos a mediano plazo se dieron como movimiento?
—Tenemos que seguir generando vínculos entre nosotros, armar foros, espacios de debate y de creación, festivales en conjunto. Cada entidad cultural tiene sus mecanismos internos de organización y participación y, paralelamente, en Cultura Unida hacemos un plenario cada seis meses. Empezamos a conocernos y eso es lo que nos va a dar proyección porque sin confianza lo que podés armar es sólo coyuntural. Queremos que se termine de sancionar la ley de centros culturales, que se regularice la situación de los teatros, que salga la ley de artistas callejeros, la de actores y la ley federal de las culturas. Y, sobre todo, que empiece a llegar plata e infraestructura a los proyectos culturales independientes. Toda la parte de fomento es una vergüenza, la plata no llega adonde tiene que llegar. A nivel nacional, hace un año que no salen los subsidios del Instituto Nacional de Teatro y el Instituto Nacional de la Música no tiene presupuesto. Acá sólo 19 espacios de música fueron subsidiados por BAMúsica en una ciudad donde se programan más de 500 fechas semanales. Tenemos que hablar seriamente de cómo se puede hacer para contar con un apoyo estatal que permita arriesgar un poco más, mejorar la técnica, mantener precios. Porque si vos tenés que pagar 200 pesos para ver a una banda, no vas a poder ver todo lo que te interesa. Entonces, lo que está en juego es el acceso a la cultura, que no se vuelva algo privativo. En este sentido, armamos un proyecto de ley de incentivo para los centros culturales para que se reasigne una partida presupuestaria por única vez, para darles 25 mil pesos a los espacios más chicos y 35 mil pesos a los más grandes para que se puedan pagar la nueva habilitación.
—¿Por qué el Estado debería fomentar estos espacios?
—Porque es mucho más fácil poner un restaurante. Porque la motivación de quienes hacemos arte, de quienes nos la jugamos por un proyecto cultural colectivo, hay que cuidarla: es lo que nos da una identidad colectiva. ¿Qué nos hace argentinos? El mate, el fútbol, la música, el teatro, los modismos. La cultura nos da identidad y por eso es tan importante protegerla. Si vos no cuidás y fomentás esto, perdemos todos. Las propuestas artísticas verdaderamente transformadoras, los que se animan a probar algo nuevo, los grandes artistas de los próximos 15 años son los que ahora están haciendo agua. Si ningún espacio tiene margen para probar, para perder, para tener funciones vacías pero bancarlas igual porque vale la pena el contenido, nunca vas a tener lugar para lo nuevo, para la experimentación. Esto está en la Constitución de la Ciudad, en tratados de derechos humanos, pero más allá de lo que manda la ley, lo ves en gestos muy concretos: desde hace un año la Argentina tiene Ministerio de Cultura. Estamos hablando de preservar y darle lugar a la cultura como una herramienta de transformación social y política, como lenguaje, como herramienta de vínculo. Ahí está el verdadero valor.